Léxico crítico de estudios de género y feminismos

Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos...

2021-10-02 Idioma: es 121 términos Borrador
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Mercado de trabajo

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Nota de alcance

El mercado de trabajo es un concepto muy anclado en la cultura científico-social y en la vida económico-política; sin embargo, al dar cuenta de un segmento de la realidad, siempre resulta incompleto. Se habla de “mercado de trabajo”, de “mercados de trabajo”, de “mercado de trabajo interno o externo”, de “mercado único o segmentado”, de “mercado de trabajo dual”, de “mercado de trabajo formal e informal”. Así, hay quienes lo denominan “mercado de trabajo”, o “mercados de mano de obra”, o “mercado de fuerza de trabajo”, pero con el común denominador de mercado, que es, en última instancia, donde se conjuga la movilidad y el precio de la fuerza de trabajo. Pero ¿de qué fuerza de trabajo se habla?
Si nos remontamos a la historia –que, como sabemos, fue relatada desde el universal masculino–, observamos cómo se invisibilizó la temprana presencia de la mano de obra femenina en el trabajo, así como las acciones de resistencia presentes ante su incorporación. Heidi Hartmann, en su clásico texto El infeliz matrimonio entre marxismo y feminismo, describe el modo en que los trabajadores se opusieron a la entrada de las mujeres y lxs niñxs al mercado del trabajo y trataron de excluirlxs, tanto de este como de los sindicatos. En lo que constituye un claro ejemplo de la articulación entre los intereses del capital y los del patriarcado en desmedro del trabajo realizado por las mujeres, buscaron que ellas permanecieran limitadas al espacio doméstico. Claramente, fue necesario que el feminismo como disciplina repusiera las voces y acciones de las mujeres, quienes, como señala Silvia Federici (2010), en plena Revolución industrial y frente a la introducción de la maquinaria en las fábricas, fueran arrojadas junto con lxs otrxs integrantes de la familia obrera al mercado de trabajo, lo que obligó a contratar a quienes pudieran reemplazarlas en mayor o menor medida en las funciones de reproducción, insustituibles para la reproducción de la vida. 
Esto es un claro ejemplo de cómo, al quedar asignadas como responsables de la reproducción familiar, el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo se va a ver atravesado por esa condicionalidad, a la que la economista feminista Ingrid Palmer denominó como el “impuesto reproductivo”. Este concepto alude al trabajo no remunerado que realizan las mujeres en el hogar, resultado del pacto patriarcal que firmaron los varones tras la Segunda Guerra mundial por el que se consagraba al varón como proveedor económico universal de la familia y a las mujeres como cuidadoras familiares y domésticas, que las sitúa en desventaja para proyectar, acceder y desarrollarse en el plano del trabajo remunerado.
Si bien a lo largo de la historia, la conformación del mercado de trabajo se ha ido modificando, las categorías empleo, desempleo, actividad e inactividad son los supuestos que se mantienen implícitos en los enfoques tradicionales, y responden a la figura de un trabajador masculino que tiene un empleo estable, seguro y a tiempo completo. Como es de suponer, esa no es la forma de participación laboral de la mayoría de la población en América Latina, donde los niveles de informalidad son elevados; y menos aún de las mujeres y disidencias que, además de enfrentarse a un mercado de trabajo segmentado por sexos y sector social de pertenencia, asumen el trabajo familiar, con las restricciones de espacio y tiempo que ello significa. 
Distintos enfoques y perspectivas teóricas, como la neoclásica, la institucionalista y la marxista clásica, señalan la existencia de una división sexual del trabajo, en tanto mecanismo que se refleja en diferencias en la participación laboral y explica la variación salarial entre varones y mujeres. No obstante, si bien las explicaciones esgrimidas para alumbrar estas inequidades pueden ser útiles en tanto brindan elementos para predecir el efecto de la división sexual del trabajo sobre el acceso, demanda, la dinámica del mercado de trabajo y los condicionantes relativos a la estructura ocupacional y sectorial, suelen proporcionar evidencias de los aspectos individuales y familiares y de las preferencias laborales, dejando por fuera los factores estructurales que dan lugar a esas desigualdades y que actúan en su reproducción.
Desde los aportes del feminismo, se da cuenta de que la forma que asume la división sexual del trabajo en las sociedades reserva lo privado y reproductivo a las mujeres, y lo público y productivo a los varones. En esta división prima la noción de complementariedad entre los sexos, basada en la existencia de roles determinados por la naturaleza, y un modelo familiar tradicional de acuerdo con el cual son las mujeres las que “deben” conciliar trabajo productivo y trabajo reproductivo. 
Así, la división sexual del trabajo, entendida como el reparto social de actividades según sexo/género –que implica la existencia de procesos de sexualización en la división social y técnica del trabajo y una inserción diferenciada de feminidades, masculinidades y disidencias en los espacios de la reproducción y en los de la producción social– es, junto con el racismo, uno de los dispositivos mediante los cuales se producen y reproducen diferencias y desigualdades en la participación laboral y en las remuneraciones de la fuerza de trabajo. 
Desde una mirada enfocada en la división sexual del trabajo, su lógica y sus efectos, podemos identificar las injusticias tanto al interior de cada uno de los momentos de producción y reproducción como en cuanto a la relación intrínseca entre ellos. Así, desde una perspectiva relacional de la dinámica social de acuerdo con la cual producción y reproducción son dos momentos de una misma realidad, podemos observar una matriz de conexión entre las desigualdades presentes en los mercados de trabajo y en los ámbitos del trabajo reproductivo y de cuidados. Entender las desigualdades entre feminidades y masculinidades en el trabajo implica observar qué sucede en el ámbito productivo y en el reproductivo y de cuidados, no como espacios independientes y autosuficientes, sino teniendo en cuenta los condicionantes y dinámicas de cada uno de ellos y aquellos que los conectan y entrelazan. Este abordaje se distancia de los que tienden a conceptualizar el trabajo en vinculación exclusiva con lo que se conoce y denomina en términos de “mercados laborales”. Dar cuenta de estos, entendidos como los espacios signados por la relación salarial, resulta de vital importancia, pero no es suficiente para realizar un análisis integral de las desigualdades sexogenéricas. Dejar de lado las articulaciones existentes entre las esferas de lo tradicionalmente considerado como productivo, de un lado, y lo reproductivo, del otro, impide observar en su complejidad las segmentaciones del trabajo presentes en la actualidad y ver la totalidad de la explotación laboral bajo el capitalismo, que no comienza ni termina con el trabajo asalariado (Goren y Prieto, 2020).
Desde los feminismos se ha señalado que, bajo una pretendida neutralidad, lo que llamamos mercado de trabajo se encuentra segmentado por género, raza, sexualidad, capacidad y otros vectores de desigualdad que fragmentan la fuerza laboral e imponen modos diferenciados e interconectados de regulación de la mano de obra. 
Así nos encontramos con distintas lógicas que organizan la oferta y demanda de mano de obra. El hecho de que existan ramas de actividad ocupadas por tal o cual sexo asignado nos habla del carácter no universal y desigual de la distribución de tareas y puestos de trabajo –que parecen tener sexo, clase y raza–, así como de la condición no homogénea de la fuerza de trabajo.
Focalizando en los mercados laborales, un grupo de factores que pueden explicar la persistencia de la división sexual del trabajo y las desigualdades que esta implica son las normas inscriptas en las instituciones laborales en cuanto a su contribución a la definición de la estructura de las remuneraciones y a su incidencia sobre las brechas, esto es, sobre los diferenciales de ingresos y la distribución generizada de tareas y sectores de actividad. Para ello es importante analizar las discriminaciones directas e indirectas presentes en la legislación laboral y en los convenios colectivos de trabajo, tanto aquellas que están en la propia letra de la norma como las que, por el modelo patriarcal vigente, se concretan en forma de discriminación (Goren y Trajtemberg, 2018). Un típico ejemplo de discriminación directa presente en parte de la legislación laboral en la Argentina es el hecho de que las licencias por “maternidad” sean abonadas por el sistema de seguridad social pero que no se conciban en términos de remuneración a los efectos de computar antigüedad y aguinaldo. Un caso extendido de discriminación indirecta, por otro lado, es la distribución de las horas extra por parte de lxs empleadorxs, quienes mucho más frecuentemente priorizan a las masculinidades a pesar de no existir norma escrita que las favorezca. Este tipo de desigualdades del mercado de trabajo nos lleva a pensar necesariamente en el impacto que estas medidas de la esfera productiva realiza sobre la reproductiva, que reafirman la división sexual del trabajo en lugar de abrir brechas de posibilidad. 
Pero es en esta instancia que resulta menester recordar que, en esta conformación histórica, más allá de los cambios acaecidos –“marea verde” mediante–, siguen vigentes las territorializaciones diferenciadas entre las tareas consideradas como típicamente femeninas o masculinas, las cuales se replican al interior de los mercados de trabajo, y que dan cuenta de la eficacia de los estereotipos de género. Así, trabajadorxs con ciertos perfiles, en términos de las “oportunidades” que ofrece el “mercado”, son “demandadxs” y/o se “ofrecen” en determinados segmentos y, a su vez, estos segmentos se van consolidando a partir de los perfiles de lxs trabajadorxs que se desempeñan allí. De esta manera, se van configurando territorios laborales femeninos y masculinos, con demarcaciones que raramente se desdibujan.
La demarcación de territorios hace referencia a la segregación horizontal y vertical de los mercados de trabajo. Las personas se insertan en las ramas de actividad tradicionalmente consideradas como naturales para uno u otro género, y esto reafirma la frontera entre dos terrenos considerados como bien diferenciados, aunque las prácticas demuestren lo contrario. Las mujeres se concentran en mayor medida en ramas de actividad tales como servicios personales, servicio doméstico, comercio, hotelería, gastronomía, enseñanza y servicios de salud, mientras que los varones se concentran en mayor porcentaje en la industria y el comercio. 
A su vez, al interior de estos espacios, la mayoría de ellas desarrollan tareas atribuidas de manera estereotipada a lo femenino, es decir, aquellas con menor reconocimiento y valor social y económico. De este modo, los distintos segmentos que estructuran el “mercado laboral” y en los que se agrupan distintos perfiles de trabajadorxs se caracterizan por condiciones laborales desiguales y remuneraciones fuertemente diferenciadas. En el marco de dicha segmentación, y con independencia de los niveles educativos alcanzados, se registran diferencias en cuanto a la inserción laboral vinculadas con la calificación de las actividades a desarrollar; por ejemplo, se observa que las mujeres asalariadas trabajan principalmente efectuando tareas no calificadas y operativas, al tiempo que se encuentran subrepresentadas en posiciones jerárquicas, de liderazgo y conducción –fenómeno conocido como techo de cristal.
La segmentación de los mercados laborales contiene, en el contexto más amplio de la división sexual del trabajo, algunos de los factores explicativos de las brechas salariales por género que, más allá de asumir dimensiones diferentes según si hablamos de trabajo registrado o no registrado, o en función de distintas territorialidades, procedencias sociales, etc., son desfavorables para las mujeres y disidencias. Asimismo, la segregación laboral sexogenérica conlleva efectos negativos no solo en un plano objetivo, sino también subjetivo: esta valoración diferencial se traduce en relaciones sociales desiguales, con una fuerte impronta en términos de falta de reconocimiento; produce y recrea asignaciones identitarias que colocan a las mujeres y disidencias en posiciones minusvaloradas, en el marco de un ejercicio de poder que pondera de manera privilegiada determinadas tareas en función de su asociación con ideas de productividad y supuesto aporte social, ligadas al modelo de masculinidad. 
Entonces, al abordar los mercados de trabajo con perspectiva de género se tornan evidentes sus desigualdades y segmentaciones, lo cual nos lleva a indagar las articulaciones con el trabajo reproductivo, doméstico y de cuidados. De modo inverso, al poner el foco en este último, se vuelve central el análisis del trabajo considerado como productivo. Esto se da en un contexto en el cual la evidencia histórica indica que la incorporación de la mano de obra femenina al trabajo asalariado no ha redundado en un cambio profundo de los roles estereotipados asimétricos de género, ni en el mercado de trabajo, ni en las tareas reproductivas y de cuidados, sino que más bien reforzó la carga laboral de las mujeres.

Nota bibliográfica

A. Andújar (2017). “Historia social del trabajo y género en la Argentina del siglo XX: balance y perspectivas”, Revista Electrónica de Fuentes y Archivos (REFA), 8 (8).
S.Federici (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños.
N. Goren y L. Prieto (2020), “Desigualdades sexo-genéricas en el trabajo. Las agendas sindicales feministas”, en Feminismos y Sindicatos en Iberoamérica. Buenos Aires: Edunpaz, CLACSO. Recuperado de https://edunpaz.unpaz.edu.ar/OMP/index.php/edunpaz/catalog/book/50
N. Goren y D. Trajtemberg (2018), “Brecha salarial según género. Una mirada desde las instituciones laborales”, Análisis, 32.

mención de responsabilidad

NORA GOREN

02/10/2021

Fecha publicación

14/07/2026

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