Léxico crítico de estudios de género y feminismos

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que...

2021-10-02 Idioma: es 127 términos
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Nota de alcance

Existe una tradición milenaria que asigna a las mujeres al ámbito privado, mientras que el ámbito público ha sido el espacio de circulación y de actividad social reservado para los varones. Esta tendencia ha permanecido constante a través del tiempo y solo ha comenzado a modificarse en las sociedades modernas de Occidente. Por ejemplo, el ama de casa de la Grecia clásica, administradora del “oikos” y recluida en el gineceo, fue la figura que acompañó al varón de la clase dirigente, cuyas funciones sociales se referían a la política y la guerra. El advenimiento del industrialismo creó una segregación particularmente marcada de estas esferas de la vida social, debido a que el trabajo productivo y remunerado pasó a desarrollarse en espacios especialmente destinados a ese fin y alejados del hogar. Las mujeres pre modernas, que colaboraban como familiares no remunerados con sus maridos en la unidad doméstica, desempeñaron junto con sus funciones reproductivas y sexuales numerosas tareas productivas. Si bien la jefatura de la familia y del trabajo era masculina, sus aportes económicos fueron significativos y esa circunstancia les permitió detentar un estatuto de cierta consideración. La Revolución Industrial generó un período inicial de super explotación, donde la familia campesina que había migrado hacia las minas de carbón y hacia las ciudades en busca de subsistencia, estuvo a punto de desaparecer (Balbo, 1976). Pero una vez obtenida cierta acumulación de riqueza, las mujeres y los niños quedaron asignados al hogar y el trabajo remunerado se masculinizó por completo. El ama de casa moderna, consorte del obrero industrial y del empleado, percibió en los inicios esta situación como un ascenso de status. Liberada de las jornadas extenuantes, pudo dedicarse a la crianza de sus hijos, que eran menos numerosos debido a la urbanización, y esa situación contribuyó a un cultivo de la capacitación y de la subjetividad de las generaciones jóvenes que nunca antes se había producido. Pero al cabo de un tiempo, el nuevo hogar nido se tornó estrecho, y las mujeres, que accedieron a un mayor nivel educativo, enfrentaron una situación paradójica: su educación no podía aplicarse en el mundo del trabajo, porque las obligaciones familiares reclamaban su presencia en el hogar. Esa circunstancia fue uno de los principales factores que dio origen a la eclosión del movimiento feminista, y las nuevas mujeres universitarias que investigaron dentro de esta corriente de pensamiento, consideraron a la familia como uno de los principales enclaves responsables de la subordinación social femenina. El feminismo encaró el estudio de la familia como institución social, de modo crítico y con una clara finalidad política: lograr la paridad social entre varones y mujeres, considerados como colectivos cuyos intereses pueden entrar en conflicto. 
Si contemplamos las numerosas variantes históricas y geográficas que presentan las familias, se hace evidente que la organización familiar adopta diversas modalidades de acuerdo a como sea el modo de producción de la subsistencia para cada sociedad humana. Factores políticos tales como la existencia del Estado y la concentración del poder en la figura del soberano, versus la democratización institucional, afectan también las formas de familiarización. Las familias campesinas han sido extensas, debido a que el trabajo rural se realiza con el concurso de los familiares. En esos contextos preindustriales la elevada fecundidad fue un recurso adecuado para subsistir, ya que los niños eran futuros trabajadores rurales. La urbanización fue de la mano de la nuclearización familiar, porque la crianza se convirtió en una empresa costosa y la regulación de los nacimientos pasó a ser una estrategia de acumulación de recursos y de ascenso social. Las tradiciones culturales y las representaciones colectivas han jugado también un rol importante en las formas que los diversos grupos humanos crearon para subsistir y prosperar. Cuando las representaciones acerca de las mujeres las asemejaron a seres que consumen pero no producen, - negando que la principal fuente de sustento a partir de las sociedades de recolectores, ha sido el trabajo femenino -, se practicó el infanticidio de las niñas y la poliandria, tal como ha ocurrido en el Tibet. 
La diversidad fenoménica hace difícil realizar una determinación conceptual acerca de qué es una familia. Esta preocupación no es solo académica sino social, debido a que en la actualidad atravesamos por una notable crisis de la conyugalidad. El auge de los divorcios ha sido tan elevado que la tendencia de los países desarrollados es que la mitad de quienes se casan se divorciarán. Es cierto que lo hacen para volverse a casar, pero aquellos que se casan nuevamente, enfrentan una posibilidad cercana al 60 % de volverse a divorciar (Wallerstein, Lewis y Blakeslee, 2000). Las generaciones jóvenes tienden a eludir las regulaciones legales y a preferir las uniones consensuales (Sullerot, 1993; Wainerman, 1994; Burin y Meler, 1998). Los niños y jóvenes enfrentan de forma creciente la perspectiva de pasar parte de su infancia y adolescencia conviviendo con uno solo de sus progenitores o en una familia recompuesta. Esta tendencia no transcurre sin conflictos y se ha registrado un monto elevado de patologías emocionales en las generaciones jóvenes criadas en estas familias, entre las que se cuentan la violencia, el abuso de sustancias adictivas, el abandono de los estudios, la depresión, problemas de aprendizaje, etcétera. Por ese motivo, la comprensión de los arreglos familiares y de los conflictos que desgarran las familias contemporáneas se hace muy necesaria para promover la salud mental y el bienestar general de las poblaciones. La impugnación feminista de la familia moderna, caracterizada por una estricta división sexual del trabajo, enfrenta el desafío de comprender el proceso de disoluciones periódicas por el que atraviesan las familias postmodernas, so pena de continuar luchando contra un enemigo muerto. Cabe plantearse como interrogante, si el conflicto entre varones y mujeres que se planteó en la arena pública a partir de los reclamos feministas de equidad social, presenta como correlato intersubjetivo la elevada conflictividad de las familias contemporáneas. Si el psicoanálisis ofreció el estudio de la psico sexualidad como clave para la comprensión de la subjetividad, la obra de Michel Foucault (1980), destaca la importancia de las relaciones de poder. Los estudios interdisciplinarios de género, muchos de ellos inspirados en teorías feministas, han adoptado las relaciones de poder como un aspecto central de su marco teórico. Sobre esta base podemos preguntarnos si las luchas públicas por los derechos de las mujeres mantienen un vínculo significativo con los conflictos privados que afectan la vida familiar postmoderna. 
Las alianzas se han establecido desde la Antigüedad, pasando por el Medioevo y por el Antiguo Régimen europeo, entre linajes familiares. El objetivo fue concertar relaciones entre grupos humanos con el fin de promover su prosperidad y persistencia. De hecho, los intercambios sociales de las sociedades pre estatales se redujeron a los intercambios entre familias (Leduc, 1991). Las uniones basadas en la afinidad datan de lo que Shorter (1977) denominó La Revolución Sentimental, un fenómeno moderno, ya que el amor cortés, que surgió en el siglo XII, fue por definición, extraconyugal. El hogar nido moderno giró en torno de los hijos, cuya salud y educación garantizaban la excelencia de la naciente burguesía. A fines de la Modernidad y comienzos del período postmoderno, la pareja conyugal ocupó el centro de la escena familiar. La afinidad constituye una base endeble para cimentar las uniones matrimoniales, porque se sustenta sobre el amor pasión (Fernández, A.M., 1993). Por lo tanto, estamos llegando a un período histórico donde una de las tendencias demográficas crecientes es el aumento de los hogares unipersonales. El sujeto contemporáneo ha alcanzado en ciertos sectores sociales un elevado nivel de individuación, y el precio es la soledad.
Tanto es así, que se registra en la actualidad una nueva tendencia social entre las mujeres educadas y bien insertas en el mercado laboral: la maternidad sin pareja por elección (Jociles et al, 2010, Meler, 2017). Esta tendencia se diferencia de la situación frecuente entre los sectores populares, donde una mujer joven e inexperta queda embarazada por su dificultad para regular la fecundidad y se inicia durante su adolescencia en una condición maternal expuesta al desamparo. Este no es el caso de las mujeres que, cuando transitan la década que media entre sus 35 y 45 años, ante la cercanía del cese de su capacidad reproductiva, y no habiendo podido constituir una pareja estable, deciden ser madres a título individual, mediante diversos expedientes. Algunas de ellas recurren a la adopción, otras eligen continuar con un embarazo casual, -a veces ante la oposición del compañero sexual ocasional-, otras adquieren semen o ambos gametos en el sistema médico y utilizan las tecnologías reproductivas hoy disponibles. Estas decisiones se producen en el contexto de una dificultad creciente para la constitución de parejas estables, que afecta a las mujeres más instruidas y laboralmente autónomas. El matrimonio como institución se encuentra en crisis en la actualidad, y existe una amplia oferta sexual a través de la web, que facilita prácticas sexuales desvinculadas del afecto y del apego amoroso. Los varones, tal como lo planteó Engels (1884) en su momento, siempre han disfrutado de la poligamia, e impusieron la monogamia a las mujeres con el propósito de garantizar la legitimidad de su descendencia, y agreguemos, para garantizar una exclusividad sexual no correspondida. La desregulación actual de los intercambios sexuales es en consecuencia, acorde con la tradición masculina de coleccionismo sexual, pero genera sufrimiento emocional entre las mujeres. Esto sucede porque la socio-subjetivación del género femenino ha favorecido el cultivo de la emocionalidad y de los vínculos, a lo que se agrega la búsqueda de un contexto estable para la crianza. De modo que en la actualidad, la familia se reduce en ocasiones a una madre con un solo hijo, y esto no sucede a consecuencia de una separación o divorcio, sino que obedece a una estrategia deliberada desde el comienzo.
Otra tendencia familiar reciente se refiere a la creciente visibilidad y aceptación de las familias constituidas por progenitores del mismo sexo. Las relaciones amorosas entre gays y lesbianas, antes ocultas y proscritas, van ganando una legitimidad creciente y en muchos países, entre los que la Argentina se ha destacado por su legislación anti discriminatoria, reconocen hoy el matrimonio entre personas del mismo sexo. En algunos casos se acepta la unión entre adultos, pero no se reconoce el parentesco, es decir la capacidad que esas uniones tienen de formar familia criando a sus descendientes. Pero de modo creciente, aumenta la legitimidad de estas formas de familiarización, lo que sin duda constituye un avance en la democratización de la vida privada. 
Han surgido debates al interior de la comunidad homosexual (Butler, 2006) ya que si bien es innegable la mejora en la calidad de vida de las personas, a los fines sanitarios y patrimoniales, que implica el reconocimiento legal de su unión, el matrimonio entre parejas del mismo sexo involucra una cierta normalización que se hace eco del modelo heterosexual conyugal moderno. Esto ocurre de modo simultáneo con la tendencia de los sujetos heterosexuales hacia el abandono de la institución matrimonial, mediante el auge de las uniones de hecho, una tendencia que en Francia se ha denominado como “desmatrimonio”. 
La parentalidad, una condición que hasta hace poco resultaba obligada para las parejas establecidas, es hoy objeto de una novedosa capacidad de deliberación electiva. En ese contexto cultural, un número minoritario pero creciente de parejas opta por no tener hijos, con el propósito de aliviar su vida de obligaciones y restricciones, y disponer de su tiempo y recursos sin limitaciones. Esto puede vincularse con el creciente individualismo, que ha disminuido la importancia tradicional de la continuidad del linaje, el auge del hedonismo, y la secularización propia de la Postmodernidad. También se trata de una tendencia acorde con la superpoblación existente, que constituye una preocupación ecológica de gran magnitud en la actualidad.
Las familias de nuestro tiempo están fuertemente afectadas por la crisis del trabajo y del empleo, que ha generado a su vez, una de las más severas crisis históricas de la masculinidad (Badinter, 1993). El trabajo, principal emblema identitario del varón moderno, se transformó en un bien escaso. La tendencia hacia la exclusión social genera el estallido de las familias, entre otros motivos porque no se tolera la inversión de los roles tradicionales de género. En este contexto corresponde recordar que una función trans histórica de la institución familiar ha sido proveer una alianza que brinde intimidad y solidaridad ante el desamparo y genere condiciones de cierta estabilidad para criar a los niños y adolescentes. Si el conflicto entre los géneros es uno de los factores que influyen en la crisis familiar contemporánea, será necesario un nuevo pacto, que sea a la vez intersubjetivo, social y cultural, con el fin de crear diversas modalidades familiares que permitan ya no el lazo entre linajes sino contratos equitativos entre los sujetos adultos y la protección necesaria para las nuevas generaciones. 

Nota bibliográfica

Badinter, E. XY ( 1993), La identidad masculina, Madrid, Alianza.
Balbo, L. (1976): Stato di famiglia. Bisogni privato collettivo, Milán, Etas Libri.
Burin, M. y Meler, I (1998): Género y familia. Poder, amor y sexualidad en la construcción de la subjetividad, Buenos Aires, Paidós.
Butler, J.: (2006) “El parentesco, ¿es siempre heterosexual de antemano” en Deshacer el género, Barcelona, Paidós. 
Engels, F. (1984): El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, México, Nuevomar. 1984.
Fernández, A. M. (1993): La mujer de la ilusión, Buenos Aires, Paidós.
Foucault, M. (1980): Historia de la sexualidad, Tomo I La voluntad de saber, Madrid, Siglo XXI.
Jociles, M.I; Rivas, A.M.; Moncó, B.; Villaamil, F.: (2010) “Madres solteras por elección: entre el “engaño” y la solidaridad”. AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana.
Leduc, C. (1991): “¿Cómo darla en matrimonio?. La novia en Grecia, siglos IX-IV A.C.” en Historia de las mujeres, Duby, G. y Perrot, M., Madrid, Taurus.
Meler, I.: (2017) “Relaciones amorosas en el Occidente contemporáneo: encuentros y desencuentros entre los géneros”, en Psicoanálisis y Género. Escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia, de I. Meler (comp.), Buenos Aires, Paidós. 
Shorter, E. (1977) : El nacimiento de la familia moderna, Buenos Aires, Crea.
Sullerot, E (1993): El nuevo padre, Barcelona, Ediciones B.
Wainerman, C. (comp.) (1994) : Vivir en familia, Buenos Aires, UNICEF/Losada.
Wallerstein, J., Lewis, J. y Blakeslee, S. (2000): El inesperado legado del divorcio, Barcelona, Atlántida.

mención de responsabilidad

IRENE MELER

02/10/2021

Fecha publicación

12/06/2026

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