A través de un recorrido histórico de las ideas feministas, intentamos dar cuenta de las tensiones y debates que atraviesan los feminismos en lo que se consideran sus distintas olas y corrientes. Hay múltiples maneras de abordar la genealogía feminista; hacerlo atravesando sus olas puede ser cuestionado por eurocentrista. Aquí les invitamos a desandar sus cursos y oleadas con la mirada latinoamericana de los feminismos populares de los vientos del Sur.
¿Qué entendemos por feminismo? Hay muchas maneras de definirlo. Podemos decir que históricamente es la lucha política impulsada por las mujeres contra toda forma de opresión, en busca de lograr la igualdad de derechos. Con diversas proyecciones a lo largo del tiempo, promueve pensamientos, acciones y cambios profundos en las relaciones sociales con el fin de lograr la liberación de la mujer, siempre propugnando eliminar jerarquías y desigualdades entre los sexos y géneros. Nunca homogéneo, ni constituido como un cuerpo de ideas cerrado, su movimiento político es integral, contra el sexismo (en lo jurídico, ideológico y socioeconómico), y expresa la lucha de las mujeres y las disidencias contra cualquier forma de discriminación.
Primera oleada: derechos, voz y voto. Si bien desde su dominación, perceptible desde tiempos remotos, siempre hubo mujeres que lucharon por sus derechos e intentaron subvertir el orden patriarcal, es recurrente ubicar el primer feminismo, lo que se conoce como la Primera Ola, en el siglo XIX con algunos antecedentes en el XVIII. Se acuerda que es entonces que comienza una lucha organizada y colectiva, aun reconociendo el previo y significativo aporte de innumerables predicadoras, sabias y BRUJAS (ver), como -entre otras- a Guillermine de Bohemia quien en el s. XIII planteó crear una iglesia de mujeres.
Las mujeres participaron en los grandes acontecimientos históricos, pero su presencia se historiza en forma subordinada, por lo menos hasta el sufragismo, que es cuando reivindican su autonomía. Según diversas perspectivas, la lucha de la mujer comienza a tener finalidades precisas a partir de la Revolución Francesa, ligada a la ideología igualitaria y racionalista del Iluminismo, y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la Revolución Industrial.
Olimpia de Gouges, en su “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” (1791), afirma que los “derechos naturales de la mujer están limitados por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la naturaleza y la razón” (por lo que fue guillotinada por el propio gobierno de Robespierre, al que adhería). En 1792 Mary Wollstonecraft escribe la “Vindicación de los derechos de la mujer”, planteando demandas inusitadas para la época: igualdad de derechos civiles, políticos, laborales y educativos, y derecho al divorcio como libre decisión de las partes.
Aunque los principios del Iluminismo proclamaban la igualdad, la práctica demostró que ésta no era extensible a las mujeres y ellas aprendieron que debían luchar en forma autónoma para conquistar sus reivindicaciones, por lo que la demanda principal fue el derecho al sufragio, a partir del cual esperaban lograr las demás conquistas. En general sus líderes fueron mujeres de la burguesía, no obstante participaron muchas de la clase obrera, primera gesta que fue tejiendo redes colectivas a nivel internacional desde 1840.
EE.UU. e Inglaterra fueron los países de mayor fuerza y repercusión. En el primero, las sufragistas participaron en las sociedades antiesclavistas de los estados norteños y en 1848, convocado por Elizabeth Cady Stanton, se realizó en una iglesia de Séneca Falls (Nueva York), el primer congreso para reclamar los derechos civiles de las mujeres. Asimismo, acabada la guerra civil se concedió el voto a los negros pero no a las mujeres, lo que provocó una etapa de duras luchas, para que recién en 1920, la enmienda 19 de la Constitución reconoció el derecho al voto sin discriminación de sexo. Por esos años, Flora Tristán vinculó las reivindicaciones de la mujer con las luchas obreras. En 1842 publicó La Unión Obrera, donde presentó el primer proyecto de una Internacional de Trabajadores, en donde expresó: “la mujer es la proletaria del proletariado [...] hasta el más oprimido de los hombres quiere oprimir a otro ser: su mujer”. Nació en París, hija no reconocida de un coronel peruano, residió un tiempo en Perú y su figura es reivindicada especialmente por el feminismo latinoamericano.
En Gran Bretaña las peticiones de las sufragistas provocaron algunos debates parlamentarios. El problema de la explotación de mujeres y niñxs en las fábricas vinculó al movimiento con el fabianismo (socialismo británico). En 1903 se creó la Woman’s Social and Political Union que, dirigida por Emmiline Pankhurst, propugnó la unión de las mujeres más allá de sus diferencias de clase. Declarada ilegal en 1913, sus integrantes fueron perseguidas y encarceladas, situación que cambió durante la primera guerra mundial, cuando el gobierno británico declaró la amnistía para las sufragistas y les encomendó la organización del reclutamiento de mujeres para sustituir la mano de obra masculina en la producción. El feminismo socialista se declaró en contra de la guerra y se negó a negociar. Finalizada la guerra se concedió el voto a las mujeres.
En América Latina el sufragismo no tuvo la misma relevancia y si bien prevalecieron en su participación sectores de las elites, también confluyeron sectores proletarios, liderados por el anarquismo y el socialismo.
El anarquismo tuvo gran relevancia en los orígenes del FEMINISMO ARGENTINO (v), configurado por prácticas revolucionarias e integrantes obreras y de sectores populares. Con referentes como Virginia Bolten y Juana Rouco Buela, centraba su mirada en el matrimonio y la familia, buscando forjar relaciones libres. Cuestionaba al casamiento burgués como un medio de salvaguardar la transmisión capitalista de la propiedad, restringiendo la libertad civil y sexual.
Desde sus comienzos, las luchas de las mujeres por sus derechos se dividieron en una corriente burguesa, y otra clasista y sufragista. En 1910 tiene lugar en Buenos Aires el Primer Congreso Femenino Internacional de Argentina, presidido por Alicia Moreau de Justo, quien en 1918 funda la Unión Feminista Nacional. En 1920 se crea el Partido Feminista dirigido por Julieta Lanteri, varias veces candidata en elecciones nacionales. Es también destacada la acción de Carolina Muzzilli, joven obrera, escritora y líder socialista. No obstante, las mujeres adquirieron un rol relevante en la escena política argentina recién con la figura de María Eva Duarte de Perón, quien promovió en 1947 la ley de derechos políticos de la mujer.
Segunda Ola o Nuevo Feminismo. Si bien al finalizar la Segunda Guerra Mundial las mujeres consiguieron el derecho al voto en casi toda Europa, paralelamente se produjo un reflujo de las luchas. De esta etapa se rescata como precursora a Emma Goldmann, quien ya en 1910 había publicado Anarquismo y otros ensayos. Allí relacionaba la lucha feminista con la de la clase obrera al tiempo que hacía aportes sobre la sexualidad femenina. Simone de Beauvoir, con El segundo sexo (1949) y Betty Friedan, con el también consagrado Mística de la femineidad (1963), dieron voz y letra al sentir de mujeres de distintos lugares del mundo y hasta hoy son referenciadas como “iniciantes” del denominado Nuevo Feminismo. Movimiento que comenzó a fines de los 60 del último siglo en EE.UU. y Europa.
Planteó la redefinición del concepto de PATRIARCADO (v.), los orígenes de la opresión de la mujer, el rol de la familia, la división sexual del trabajo y el trabajo doméstico, la sexualidad, la reformulación de la separación de espacios público y privado -a partir del eslogan “lo personal es político”- y el estudio de la vida cotidiana. Puso de manifiesto que no puede darse un cambio social en las estructuras económicas si no se produce a la vez una transformación de las relaciones entre los sexos. Planteó la necesidad de búsqueda de una nueva identidad de las mujeres que redefina lo personal como imprescindible para el cambio político.
Aún hoy se considera que la igualdad jurídica y política reclamada por las mujeres del s. XIX –en general conquistadas en el s. XX– si bien constituyó un paso adelante, no fue suficiente para modificar en forma sustantiva el rol de las mujeres. Las limitaciones del sufragismo eran las propias del liberalismo burgués, y se concebía la emancipación de la mujer como igualdad ante la ley. Pero las causas de la opresión demostraron ser mucho más complejas y profundas, por lo que aún las revoluciones socialistas no significaron un cambio sustancial para la mayoría de las mujeres. Si bien hubo aportes esenciales como los de Alexandra Kolontai, Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, también el socialismo estaba teñido de una ideología patriarcal.
Esta oleada feminista asumió como desafío demostrar que la naturaleza no encadena a los seres humanos y les fija su destino: “no se nace mujer, se llega a serlo” (S. de Beauvoir). Se reivindicó el derecho al placer sexual de las mujeres, rescatándose el orgasmo clitoridiano y el derecho a la libre elección, cuestionando la “heterosexualidad obligatoria”.
Por primera vez se puso en entredicho que la mujer deba asumir como mandato biológico la crianza de los hijos, el cuidado de la familia y el trabajo doméstico. Todo ello implicó una crítica radical a las bases de la organización social. “Ya no se acepta al hombre como prototipo del ser humano, como universal. Luchamos, sí, porque no se nos niegue ningún derecho, pero luchamos, sobre todo, para acabar con la división de papeles en función del sexo” (P. Uría, E. Pineda, M. Oliván, 1985).
Radicales, socialistas y liberales. Tres corrientes entrecruzadas por las tendencias de la igualdad y la diferencia, que de modo esquemático, podemos sintetizar dentro de la Segunda Ola, la cual emerge a fines de los 60 y aproximadamente se extiende hasta comienzos de los 90.
El feminismo radical sostiene que la mayor contradicción social se produce en función del sexo y propugna una confrontación. Las mujeres estarían oprimidas por las instituciones patriarcales que tienen el control sobre ellas y, fundamentalmente, sobre su reproducción. Shulamith Firestone en su ya clásico La dialéctica de los sexos (1971) sostiene que las mujeres constituyen una clase social, pero “al contrario que en las clases económicas, las clases sexuales resultan directamente de una realidad biológica; el hombre y la mujer fueron creados diferentes y recibieron privilegios desiguales”. Propone como alternativa la necesidad de una nueva organización social, basada en comunidades donde se fomente la vida en común de parejas y amistad sin formalidades legales. El feminismo radical tiene como objetivos centrales: retomar el control sexual y reproductivo de las mujeres, y aumentar su poder económico, social y cultural; destruir las jerarquías y la supremacía de la ciencia; crear organizaciones no jerárquicas, solidarias y horizontales. Otro rasgo principal es la independencia total de los partidos políticos y los sindicatos.
El feminismo liberal, con peso especial en EE.UU., considera al capitalismo como el sistema que ofrece mayores posibilidades de lograr la igualdad entre los sexos. Cree que la causa principal de la opresión está dada por la cultura tradicional, que implica atraso y no favorece la emancipación de la mujer. El enemigo principal sería la falta de educación y el propio temor de las mujeres al éxito.
El feminismo socialista coincide con algunos análisis y aportes del feminismo radical, pero considerando que debe insertarse en el enfrentamiento global al sistema capitalista. Expresa también que los cambios en la estructura económica no son suficientes para eliminar la opresión de las mujeres. Relaciona la explotación de clase con la opresión de la mujer, planteando que ésta es explotada por el capitalismo y oprimida por el patriarcado, sistema que es anterior al capitalismo y que fue variando históricamente. En general están a favor de la doble militancia contra ambos. Principalmente en Inglaterra y en España, tuvo bastante importancia en algunos países latinoamericanos, aunque adecuándose a sus características. Son los feminismos populares que se enfrentaron al colonialismo cultural y patriarcal.
En América Latina los feminismos tuvieron -y tienen- sus particularidades y fueron adquiriendo gran relevancia en los distintos países, en general a comienzos de los 80, en las transiciones democráticas post dictaduras. En un primer momento la preocupación fue articular las luchas de las mujeres contra el imperialismo. Un rasgo distintivo es la coincidencia con importantes movimientos de mujeres organizadas en torno a objetivos y demandas diversas, algunas más puntuales o sectoriales –contra la carestía y la desocupación, por el agua, guarderías, etc. – y otras más generales, como las de militantes de partidos y movimientos revolucionarios, que relacionaron sus reivindicaciones con los cambios necesarios en la sociedad global. Sumamente heterogéneos, estaban constituidos básicamente por sectores populares: amas de casa, pobladoras de villas de emergencia, sindicalistas, trabajadoras de la salud, etc.; y aunque mayoritariamente no se reconocían como feministas, muchas veces compartían reclamos: divorcio, anticoncepción, aborto, patria potestad, eliminación de leyes discriminatorias, etc.
¿Igualdad vs Diferencia? Dentro del feminismo radical, la mayoría se pronuncia también por el feminismo de la diferencia, que surge a comienzos de los 70 en EE.UU. y Francia con el eslogan Ser mujer es hermoso. Propagándose con fuerza en España e Italia, revaloriza lo femenino planteando una oposición radical a la cultura patriarcal y a todas las formas de poder, por considerarlo propio del varón. Rechazan la organización, la racionalidad y el discurso masculino, reivindicando por ejemplo que lo irracional y sensible es característico de la mujer. Revalorizan la maternidad, exaltando las tareas domésticas como algo creativo que se hace con las propias manos, rescatando el lenguaje del cuerpo, la inmensa capacidad de placer de la mujer y su supremacía sobre la mente. Resaltan la existencia de valores y culturas distintas para cada sexo. El mundo femenino se define en términos de antipoder o no-poder. Sus principales ideólogas: Annie Leclerc y Luce Yrigaray en Francia, Carla Lonzi y Luisa Muraro en Italia y Victoria Sendón de León en España.
Se centra en la diferencia sexual para establecer un programa de liberación de las mujeres hacia su auténtica identidad, fuera de los varones como referencia. Señala que diferencia no significa desigualdad y que lo contrario de la (v.) IGUALDAD no es la (v.) DIFERENCIA, sino la desigualdad. Entre las fórmulas para crear otro “orden simbólico” se da mucha importancia al (v.) ARTE: cine, literatura, música, plástica. De este feminismo surgió el sentimiento de la (v.) SORORIDAD. Por otro lado, Luce Irigaray y Hélène Cixous innovaron la teoría feminista al insistir en la subversión del lenguaje masculino, la reivindicación de la escritura femenina y la creación de un saber femenino.
En Italia también surgió una importante corriente del feminismo de la diferencia. Si bien predominaban los grupos ligados a la política de izquierda, la obra de Carla Lonzi Escupamos sobre Hegel es una crítica despiadada a la cultura patriarcal, aduciendo: “La igualdad entre los sexos es el ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer”. En el marco de esas ideas surgió la Librería de Mujeres de Milán, la Biblioteca de Mujeres de Parma y el concepto (v.) AFIDAMENTO, que implicó crear lazos sólidos entre mujeres, otorgándose confianza y autoridad unas a otras. Es la práctica social que rehabilita a la madre en su función simbólica, recuperando la grandeza perdida para poder construir al mismo tiempo la autoridad social femenina.
Se le contrapone el feminismo de la igualdad, que reconoce sus fuentes en las raíces ilustradas y el sufragismo, pero se plantea profundizar esa igualdad hasta abolir las diferencias artificiales en razón del sexo. En España, Empar Pineda y Celia Amorós abrieron el debate realizando un análisis clarificador acerca de las implicancias conservadoras de la tendencia extrema de la diferencia. Asimismo, en el seno del feminismo radical hay corrientes -como la radical materialista- que cuestionan severamente la diferencia. Christine Delphy la designa como neofemineidad, ya que tiene connotaciones biologistas y esencialistas, y en definitiva no hace sino afianzar los estereotipos sexuales, propios de una ideología reaccionaria. Las defensoras de la igualdad niegan la existencia de valores femeninos y señalan que la única diferencia válida es la que tiene su origen en la opresión. “Lo que se encuentra en la sociedad jerárquica actual no son machos o hembras, sino construcciones sociales que son los hombres y las mujeres” (Delphy, 1980).
Después de duras polémicas, se lograron eliminar las aristas más ríspidas de ambas tendencias e incluso se reconocen aportes mutuos, produciéndose lo que Amorós llama “la diferenciación de la igualdad y la igualación de la diferencia”. Las corrientes del feminismo que se proponen una alternativa de poder, como las socialistas y liberales, se pronuncian por la igualdad, aunque esta noción adquiere significados muy distintos para ambas.
Entre olas. El feminismo consiguió, desde mediados de los 70, colocar la cuestión de la emancipación de las mujeres en la agenda pública; realidad que comenzó a desarticularse y perder fuerza como movimiento social los años siguientes. Mediando la década del 80, con el reconocimiento de las multiplicidades y de la heterogeneidad del movimiento, se produjo una crisis y grandes discusiones en su seno. La falta de paradigmas alternativos en la sociedad global después de la caída del muro de Berlín también lo afectó, observándose una significativa desmovilización, en especial en el hemisferio norte. Sin embargo, para algunas autoras/es, la producción teórica más importante tuvo lugar en esas dos últimas décadas, sin estar acompañada por un movimiento social pujante, como había sucedido durante el principio de la Segunda Ola. Algunas hablan de una Tercera Ola.
También ha sucedido con otras teorías del conflicto que, precisamente en los períodos de ausencia de movilización social, la reflexión se extiende por aspectos teóricos no resueltos y antes simplificados. Es indudable que la teoría feminista ha absorbido elementos de nuevas propuestas dentro de la teoría social general, precisamente en un momento en que ésta se fragmentaba por una crisis notable de paradigmas (Gomáriz, 1991).
Los debates que se fueron suscitando dan cuenta de las preocupaciones que se fueron desarrollando, así como los mitos que los feminismos fueron produciendo, como la naturaleza única y “ontológicamente buena” de la mujer, prevaleciente en las décadas de los 60 y 70. Así, la producción de los 80, contrariando esta visión de observar lo común, subrayó la diversidad entre las mujeres, expresada según la clase, raza, etnia, cultura, preferencia sexual, etc. Esto sin dudas está fuertemente influenciado por el auge del pensamiento postmodernista y postestructuralista, pero también se basó en la propia evolución y experiencia del movimiento.
Respecto al poder, se critica la visión unilineal que se considera como prerrogativa masculina. Señala el carácter relacional entre los géneros y denuncia las estructuras de poder que se dan entre las mujeres. Los aportes del psicoanálisis permitieron visualizar la manipulación emocional que suelen ejercer las madres. Se rompe con la idea prevaleciente de la mujer víctima. Respecto al medio ambiente, el feminismo más institucionalizado de la igualdad polemiza con el ECOFEMINISMO (ver), aduciendo que defiende la relación mujer/naturaleza.
Este balance crítico, unido a las crisis que atravesaron los movimientos sociales y populares hace mella en los feminismos latinoamericanos. Según Gina Vargas (1998), en la década del 90, en el marco de los procesos de transición democrática que se vivió en la mayoría de los países, el movimiento se enfrentó a nuevos escenarios y a una serie de tensiones y nudos críticos caracterizados por su ambivalencia. Realidad que fue extensiva a casi todas las manifestaciones sociales. En este contexto - años de transición entre gobiernos de facto y democráticos- uno de los cambios significativos lo constituyó el pasar (en general) de una actitud antiestatista a una postura crítica pero negociadora con el Estado y los espacios internacionales (Vargas, 1998).
En América Latina, más allá de las múltiples diferencias y matices entre las corrientes internas, podemos decir que confrontan, por un lado, un feminismo más institucionalizado –en donde las mujeres se agrupan dentro de ONGs y en los partidos políticos–, y un feminismo más autónomo y radicalizado. El primero es heredero del feminismo de la igualdad de la década anterior y cree necesario la negociación política. El segundo sostiene las banderas del feminismo radical aggiornado y cuestiona severamente la institucionalización del movimiento. Por otro lado, existen también amplios grupos de feministas denominadas populares, que tienen como prioridad la militancia, y la inserción y articulación con movimientos sociales más amplios, recogiendo sus demandas e intentando nuevos liderazgos. Así, con la proliferación de asociaciones civiles, la participación de feministas en los gobiernos y organismos internacionales, y la creación de ámbitos específicos en el Estado, se produjo una importante institucionalización del movimiento, de modo notoriamente creciente en la última década del s. XX. Desde su espacio en las universidades, el feminismo aumentó la investigación y la construcción de tesis, profundizando y complejizando sus reflexiones con mayor rigor académico. Se abrió el abanico de escuelas y propuestas, incluidas las referentes a la discusión estratégica sobre los procesos de emancipación.
La Tercera Ola: el género en disputa. Sin fechas precisas ni unanimidad respecto al comienzo de las oleadas, podemos afirmar que esta Tercera Ola es un proceso que se fue impulsando desde comienzos de los 90 y adquirió más fuerza en el inicio del presente siglo. Producto de las críticas que ya se venían realizando a la teoría feminista, desde los países periféricos, considerándola una visión hegemónica de mujeres blancas de sectores medios predominantemente de EE.UU. y Europa (hoy llamadas Cis feministas), emergieron nuevas corrientes y sujetas sociales. Las negras, indígenas, mestizas, lesbianas, jóvenas, marronas, fortalecieron los “feminismos de la diáspora” al decir de Dora Barrancos (2018). Estas nuevas actoras y visiones pueden enmarcarse en las nuevas corrientes de un FEMINISMO DESCOLONIAL (v.) y un FEMINISMO POPULAR O ABYA- YALA (v.), amplio e inclusivo de las diversidades étnicas, etáreas, de clase y sexo genéricas.
Un hecho predominante en esta ola fue el cuestionamiento a la sexualidad heterosexista y el surgimiento de lo que se denominó la “teoría queer” (v. QUEER). Los aportes de autoras como Teresa de Lauretis con su “tecnología del género”, la importantísima obra de Judith Butler con su ya clásico “El género en disputa”, revolucionaron las ideas feministas y trastocaron el concepto de género. Cabe también destacar a Mónica Witting como una de las pioneras de esta nueva corriente, que ya en 1980 -discutiendo con Adrienne Rich (quien desde el continuum lesbiano no abandonaba el concepto de mujer)- planteaba la visibilización lésbica por fuera del colectivo de mujeres. Estos aportes son motivo de fuertes debates, tensiones y enfrentamientos en los feminismos actuales.
Cuarta Ola: no violencia y justicia. Si bien para muchxs aún se está viviendo la cresta de la Tercera Ola, hay quienes indican que una Cuarta Ola se inició en la segunda década del siglo XXI a partir de manifestaciones multitudinarias en diversos países denunciando la violencia contra las mujeres y reclamando que la paridad y la defensa de los derechos humanos de las mujeres se constituya como agenda prioritaria. Las recupera como sujeto político, y entre los principales objetivos se sitúa la paridad, evidenciando su parcialidad en la representación política. La reclama para periodistas, deportistas, científicas, académicas, editoras, juristas, actrices y profesionales diversas. Esta Cuarta Ola logra una gran articulación y visibilización a través de las redes sociales con la producción creativa de contenidos audiovisuales y escritos de carácter filosófico, político, económico, social, ecológico y cultural.
La británica Prudence Chamberlain señala que su objetivo central es la justicia para las mujeres y de manera particular la denuncia contra el acoso y la violencia sexual. Luisa Posada Kubissa, aduce que dicha Ola es un movimiento reactivo y una rebelión contra la configuración del “patriarcado violento” que se manifiesta “como violación, como acoso, como maltrato, como asesinato, como desigualdad económica y laboral, como pornografía, como prostitución, como trata… Hoy habría que añadir otros fenómenos de este poder sexualmente expresado, como la práctica de los vientres de alquiler”. En Argentina, Florencia Alcaraz, del colectivo NI UNA MENOS (v.) derivado de la masiva marcha del 3 de junio de 2015, señala: “Es un feminismo popular, que se construye de abajo hacia arriba, que tiene un componente muy vinculado a los movimientos sociales y que habilita a muchas más a ser feministas (...). Se corrieron los márgenes y los límites y el feminismo logró llegar a muchísimas más mujeres”.
El Me Too, el paro Internacional de Mujeres del 8 M y las históricas manifestaciones protagonizadas por millones de mujeres en Argentina y distintos países reclamando el derecho al ABORTO (ver) son claras manifestaciones de esta Cuarta Ola, también llamada Violeta y Marea verde, o Quinta Etapa según otra manera de recorrer el feminismo en nuestras regiones.
Stephanie Rivera, señala que en América Latina cabría hablar de cinco etapas en la periodización de los feminismos. La primera, previa al siglo XX abarcaría distintas luchas y protagonistas, aunque no se reconozcan como feministas: las luchadoras por la independencia, la igualdad en la educación, la voz de las mujeres en la primer prensa escrita, etc. La segunda es la de las sufragistas. La tercera es la del “Silencio”, así caracterizada por Julieta Kirkwood, pionera feminista chilena de la Segunda Ola, para aludir a los años de las dictaduras; etapa que se extiende hasta los 90 e incluye los procesos de recuperación de las democracias y apertura a los feminismos. Durante esos años se realizó el I Encuentro Nacional de Mujeres (ver), que continuaron de modo ininterrumpido hasta la fecha. También a partir de 1981 se realizaron los Encuentros feministas latinoamericanos y del Caribe (ver). La Cuarta Etapa es similar a la aludida a la Cuarta Ola y la quinta se da en la actualidad, avanzado el siglo XXI.
Los desafío actuales. La masividad y heterogeneidad de los feminismos hoy dan cuenta de un importante activismo joven que traspasa los límites del movimiento, el pensamiento binario y las ideas feministas, accediendo a múltiples espacios con gran visibilidad en la opinión pública. Esto agranda la esperanza de lograr demandas pendientes en pos de la paridad genérica, que posibilite avanzar en la caída del patriarcado; a la vez que alienta cuestionamientos, tensiones y desafíos. Como ser: ¿La prostitución es explotación sexual o trabajo? ¿El camino es la legalización, regulación o abolicionismo? ¿El alquiler de vientres es una práctica coherente con la ideología feminista? ¿Cómo se posiciona el feminismo ante la pornografía? ¿Y ante las distintas intervenciones tecnológicas y reproductivas? ¿Las disidencias sexuales son parte de los feminismos y se constituyen en nuevos sujetos políticos o deben canalizar su lucha de manera independiente, en alianza con el movimiento feminista? ¿Los varones pueden ser feministas? ¿Los varones trans son parte del movimiento? ¿Es posible un feminismo neoliberal de derecha? ¿La interseccionalidad es el camino a seguir?.
Cada interrogante se abre en un caleidoscopio de nuevos interrogantes y posibles sendas a andar. El gran desafío es atender el cuestionamiento como un nuevo escalón a subir hacia comunidades sin desigualdades de derechos ni oportunidades.
Encerrarnos en posiciones dicotómicas es, en la mayoría de los casos, alejarnos de los fines que dan origen a los feminismos y perpetuarnos en lógicas opresivas.
Hubo y hay logros muy importantes. No obstante, falta mucho por hacer. Violaciones, FEMICIDIOS/FEMINICIDIOS (v.) continúan produciéndose casi a diario. Las mujeres seguimos siendo las más pobres, cobrando menos que los varones, realizando los trabajos más precarios y haciéndonos cargo de la totalidad o la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados (v. CUIDADO y ECONOMÍA FEMINISTA).
La sororidad que despertó con fuerza en esta década, propiciada por las nuevas formas de comunicación viral, inmediata, horizontal, generan una red que nos consolida a diario. Desde todos los territorios, disciplinas, iniciativas, se hallan mentes y voluntades lúcidas que ponen su trabajo y compromiso en transformar la lógica imperante. El trabajo es arduo y profundo.
C. Amorós. (1986), Hacia una crítica de la razón patriarcal, Madrid, Anthropos.
F. Angilleta. (2017), ¨Feminismos: notas para su acción política¨, en ¿El futuro es feminista?, Le monde diplomatique, Buenos Aires, Capital intelectual.
D. Barrancos. (2018) ¨La histórica lucha por la igualdad¨, en El Atlas de la revolución de las mujeres¨, Le monde diplomatique, Buenos Aires. Capital intelectual.
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Uría, P., Pineda, E., Oliván, M. (1985): Polémicas feministas, Madrid, Revolución.
Vargas Valente América G. (1998): “Nuevos derroteros de los feminismos latinoamericanos en los 90” en C. Olea (comp.) (1998): El movimiento feminista en América Latina, Lima, Ed. Flora Tristán.
SUSANA B. GAMBA
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