“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que... contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos posibles. Y allí, desde los feminismos contamos con un paradigma de pensamiento que tiene sus ideas, sus debates y sus polémicas. Las entradas contienen la heterogeneidad propia de un discurso que pendula entre lo académico y lo militante, además de que son entradas dinámicas, en constante actualización. Este léxico ha tomado como base el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Gamba y Tania Diz, en 2020 y editado por Biblos.
En los años ’60 ingresó a las universidades de los países occidentales, una masa crítica de mujeres. Como era previsible, una vez que adquirieron los conocimientos acumulados hasta esa época, advirtieron el sesgo androcéntrico y en ocasiones sexista, de los textos fundadores de las disciplinas sociales y humanas. Surgieron entonces los Estudios de la Mujer o Estudios de las Mujeres, inspirados por las teorías feministas. La primera tarea fue deconstructiva, o sea que consistió en un análisis crítico de los discursos hegemónicos. La segunda, todavía en curso, implica la construcción de relatos alternativos sobre la sociedad, la cultura y la subjetividad, creados mediante la inclusión de la experiencia social y de la subjetividad de las mujeres. Este proceso se desarrolló con especial intensidad en el campo del psicoanálisis, disciplina que transformó el estudio del psiquismo y le dio un estatuto específico, superando el reduccionismo biologista que caracterizó a buena parte de la psiquiatría del siglo XIX. A comienzos del siglo XX, la misoginia era una actitud difundida en los ámbitos intelectuales, y Freud, el creador del psicoanálisis, no pudo sustraerse por completo a esta tendencia. El correlato de la subordinación de un colectivo social consiste en la creación de ideologías que otorgan legitimidad a los arreglos vigentes. Las representaciones acerca de la inferioridad intelectual de las mujeres o de su inestabilidad emocional, buscaron naturalizar algunas características de la femineidad convencional propias de la época. Más adelante, las teóricas feministas las caracterizaron como efectos patógenos de la condición social femenina. Sin embargo, en un comienzo la actitud de Freud fue favorable a los intereses de las mujeres. En primer término, comenzó a escuchar su discurso y a atribuirle un sentido, con lo cual le otorgó cierta dignidad a sus padecimientos emocionales. En segundo lugar, discutió algunas ideas misóginas de su época (Freud, 1908). Moebius, un autor muy apreciado en los comienzos del siglo XX, había escrito una obra titulada La imbecilidad fisiológica de las mujeres, donde explicaba por causas biológicas el escaso aporte femenino a la creación cultural. Freud disintió con ese supuesto y si bien concordaba con el hecho de que el común de las mujeres tenía un desarrollo cognitivo inferior al que era observable en los varones, lo explicó sobre la base del doble código moral vigente, que les imponía una censura sobre sus deseos sexuales mucho más severa que la ejercida sobre los hombres. Consideraba que el deseo de saber era en sus inicios, una curiosidad acerca de la diferencia sexual y del origen de los niños, y si ese deseo era objeto, en el caso de las niñas, de una fuerte represión, su desarrollo intelectual futuro se vería dañado. Vemos aquí un camino por donde el pensamiento freudiano hubiera podido continuar hasta encontrarse con las teorías feministas, que ya existían en esa época. Sin embargo, en escritos posteriores, su discurso sobre las consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica, el narcisismo, la resolución del Complejo de Edipo en las mujeres y la formación del Super Yo femenino, estuvieron plagados de asunciones sexistas (Freud: 1914, 1924, 1925, 1931, 1933). Planteó que las mujeres eran más narcisistas que los hombres, lo que sugería una menor capacidad de amar, que desarrollaban una forma específica de masoquismo, o sea que la feminidad se asociaba con el deseo de sufrir y que percibían sus genitales como si fueran órganos masculinos castrados, por lo cual se desvalorizaban. A consecuencia de esa situación la renuncia a la satisfacción directa de sus pulsiones en aras de logros más elaborados, era incompleta, porque caían presas del desaliento al no poder obtener genitales semejantes a los masculinos. Por ese motivo la constitución de su Super Yo, la instancia psíquica encargada del control de los impulsos y que permitía mediante ese expediente destinar energía para las realizaciones intelectuales, era inferior a lo habitual entre los varones. Eso explicaba la escasa contribución femenina a la cultura. El camino se había desviado: de percibir inicialmente a las mujeres como oprimidas con exceso y dañadas por ese motivo, llegó a suponer que las características inferiores de los genitales femeninos eran responsables de su condición social subordinada. De ese modo ese pensador genial claudicó ante las tendencias racistas y por lo tanto sexistas que darían origen al nazismo, ideología que más tarde lo proscribió y motivó su exilio.
Como es comprensible, las primeras teóricas feministas plantearon un enfrentamiento radical con el psicoanálisis y lo consideraron como parte del aparato ideológico creado para dar racionalidad a la opresión de las mujeres. Ese supuesto es en parte cierto, pero el mismo criterio puede aplicarse a otras disciplinas sociales y humanas. El pensamiento científico no es ajeno a las relaciones sociales de poder, y si la participación social y cultural de las mujeres aún está en proceso de completarse, es razonable esperar que los conocimientos creados hasta este momento de la historia humana estén sesgados por el hecho de haber sido construidos en su mayor parte por varones. De modo que pasado el primer período donde se realizaron lecturas apasionadas y apresuradas de los textos freudianos (Tubert, 1995), surgió una generación de investigadoras que se acercó al psicoanálisis buscando una teoría sobre la subjetividad que brindara elementos para diseñar el cambio social que anhelaban. Ese fue el caso de Nancy Chodorow (1984), una socióloga que estudió las teorías psicoanalíticas para comprender los procesos transgeneracionales mediante los que se transmite el deseo y la aptitud maternal entre mujeres, mientras que se dificulta el desarrollo de la capacidad parental de los varones. La preocupación de la autora era obtener legitimidad para que las mujeres participaran del mundo del trabajo, ya que solo disponiendo de recursos propios podían liberarse de la dependencia económica, social y emocional. Un requisito para lograr ese cambio, era compartir con los padres las obligaciones derivadas de la crianza de los hijos, y con esta finalidad estudió la forma en que la maternidad se reproducía de generación en generación. La riqueza del pensamiento psicoanalítico la cautivó; en la actualidad practica el psicoanálisis como terapeuta y sus estudios versan sobre cuestiones subjetivas. La segunda generación de pensadoras feministas comprendió que no era posible arrasar con la herencia cultural humana, sino que es necesario apropiarse de ella y reconstruirla desde su interior. A partir de este proceso, surgió una amplia producción de ambos lados del Atlántico, donde existen diferencias debidas a las tradiciones teóricas de las que abrevan y a las particularidades culturales nacionales. Luce Irigaray (1974) es una filósofa y psicoanalista feminista que estudió psicoanálisis en Francia. Su pensamiento no enfatiza el logro de la igualdad con los varones, como lo han hecho numerosos escritos norteamericanos, sino la necesidad de respetar la diferencia entre los géneros. Su obra ha generado numerosos debates, porque se planteó que la diferencia que reivindica se basaría en supuestos esencialistas y en última instancia biologistas, y estos fueron los fundamentos que se utilizaron para discriminar a las mujeres. En los estudios sobre la subjetividad se plantea una tensión entre dos corrientes teóricas del pensamiento feminista: el igualitarismo y el feminismo de la diferencia. Si se busca demostrar la igualdad para revertir la denigración secular de las mujeres, es fácil caer en la aceptación del modelo androcéntrico y en ese sentido, en una especie de mimesis con el opresor, característica de los grupos colonizados. Si por el contrario, se reivindica el valor de las diferencias, se corre el riesgo de fundarlas en los cuerpos, y así se produce un peligroso acercamiento con el pensamiento sexista o racista, que tiende a explicar las diferencias entre grupos humanos sobre la base de sus características biológicas, desestimando la historia cultural y los efectos de las relaciones de poder. Sin embargo y más allá de este debate, Luce Irigaray propone un ideal de transformación cultural que reside en el reconocimiento y el respeto por la diferencia sexual, algo semejante a un nuevo pacto social entre los géneros.
Dado que la subjetividad es un producto histórico, los estudios sobre el psiquismo femenino y masculino deben atender a la forma en que se presentan variaciones y transformaciones entre distintas generaciones. En efecto, muchas descripciones clásicas sobre los deseos, valores y habilidades de mujeres y varones se ajustaban a la experiencia de generaciones anteriores pero se advierten modificaciones significativas entre los más jóvenes (Meler, 1992). Esta observación abona las hipótesis acerca de que las características psíquicas de los sujetos son construidas en el contexto social y familiar. Por lo tanto, los cambios sociales y culturales generan transformaciones subjetivas. Sin embargo el razonamiento inverso también es válido: existen poderosos obstáculos subjetivos para el cambio social, debido a una tendencia hacia el apego respecto de modos de ser y de vincularse con los demás, que han sido interiorizados. Por ese motivo los estudios sobre cuestiones subjetivas mantienen toda su vigencia y deben articularse con los hallazgos de las ciencias sociales para confluir de forma conjunta en un proyecto de cambio cultural que implique la paridad entre mujeres y varones.
En la Postmodernidad, las identidades masculina y femenina que estuvieron polarizadas de modo estereotipado durante la Modernidad, experimentan un proceso de des diferenciación, que resulta comprensible si se advierte que el estilo de vida de las mujeres y de los varones de los sectores sociales medios se asemeja cada vez más. Ambos gozan en un nivel formal de iguales derechos ciudadanos, las mujeres han tenido amplio acceso al sistema educativo donde sus logros superan a los masculinos, y la población económicamente activa se va feminizando de modo paulatino. El ejercicio de la maternidad aún torna difícil la conciliación entre el trabajo y la familia, pero se advierte un proceso tendiente a que las diferencias subjetivas entre los géneros disminuyan de modo progresivo. Al mismo tiempo, el deseo erótico dirigido hacia personas del mismo sexo está cada vez menos penalizado, y los movimientos sociales de las personas que no se alinean en el binario masculino/femenino, han logrado un reconocimiento de sus derechos a que su identidad civil coincida con su subjetividad, y a formar parejas y familias en los mismos términos legales que los sujetos heterosexuales. Estas profundas transformaciones culturales demandan a las teorías psicoanalíticas un trabajo de actualización, que implica una revisión de los relatos sobre el desarrollo psicosexual humano, superando la tendencia a fijar estadios que supuestamente todos los sujetos deberían recorrer de igual modo. En Francia, Jean Laplanche (1993) tuvo el mérito de buscar nuevos fundamentos epistemológicos para el psicoanálisis, buscando sentar las bases para un psicoanálisis constructivista que superara sus antecedentes biologicistas. Dialogó con las ideas de Robert Stoller, el psicoanalista norteamericano que introdujo en el psicoanálisis el concepto de género creado por John Money (1955). Laplanche criticó la disociación establecida por Stoller (1968) entre naturaleza y cultura, asignando el sexo al ámbito natural y vinculando el género con las representaciones y valores culturales, ya que consideró que naturaleza y cultura guardan entre sí un nexo inextricable. En cambio, atribuyó gran importancia al concepto de “asignación de género” creado por John Money, porque establece la prelación de la creencia y del deseo de los semejantes que asisten al infante en su desamparo inicial, por sobre la eficacia antes asignada a las diferencias sexuales biológicas. Esta visión intersubjetiva de la construcción del género, desustancializa este concepto y da espacio para la amplia variabilidad que es posible observar entre los sujetos, una vez que las regulaciones modernas se aflojan.
El psicoanálisis intersubjetivo norteamericano con perspectiva de género (Benjamin, J, 1997), se ha nutrido entre otras fuentes de la obra de D. W. Winnicott (1985), un psicoanalista inglés que creó el concepto de “elementos masculinos y elementos femeninos puros o destilados”, para referirse a aspectos de la subjetividad que permanecen disociados de la corriente psíquica principal o hegemónica y que dan cuenta de identificaciones que cruzan el género asignado. Estos desarrollos pioneros habilitan nuevas indagaciones acerca de las identificaciones que constituyen el Yo y abren caminos para la tarea de actualizar los estudios psicoanalíticos desde la perspectiva de los estudios de género.
Benjamin, Jessica: (1997) “Igualdad y diferencia. Una visión “sobreinclusiva” de la constitución de los géneros”, en Sujetos iguales, objetos de amor, Buenos Aires, Paidós.
Chodorow, Nancy: (1984) El ejercicio de la maternidad, Barcelona, Gedisa.
Irigaray, Luce: (1974) Speculum. Espéculo de la otra mujer, Madrid, Saltés.
Freud, Sigmund (1980), O.C:, Buenos Aires, Amorrortu.
1908: “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”
1914 “Introducción del narcisismo”
1924 “El sepultamiento del Complejo de Edipo”
1925 “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”
1931 “La sexualidad femenina”
1933 “La femineidad”
Laplanche, Jean: (1993) El extravío biologizante de la sexualidad en Freud, Buenos Aires, Amorrortu.
Meler, Irene: (1992) “Otro diálogo entre Psicoanálisis y Feminismo” en Las mujeres en la imaginación colectiva, de Fernández, A. M. (comp.) , Buenos Aires, Paidós.
Meler I. (2013): “Psicoanálisis y Género. Deconstrucción crítica de la teoría psicoanalítica sobre la feminidad”, en I. Meler: Recomenzar. Amor y poder después del divorcio, Buenos Aires, Paidós.
Money, J, (1955): Desarrollo de la sexualidad humana, Madrid, Morata.
Stoller, R. (1968): Sex & Gender, Nueva York, Jason Aronson.
Tubert, S. (1995:) “Introducción” en Psicoanálisis y feminismo. Pensamientos fragmentarios de Flax, Jane, Madrid , Catedra.
Winnicott, DW (1985): “La creatividad y sus orígenes” en Realidad y juego, Barcelona, Gedisa
IRENE MELER
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