La interseccionalidad es un recurso heurístico que permite percibir, comprender y abordar el interjuego entre las distintas categorías de diferenciación social que atraviesan a sujetos, prácticas sociales e instituciones, y el modo en que dicho interjuego afecta a las experiencias sociales de los sujetos, su agencia política, y las relaciones de poder y oportunidades en las que se encuentran. Distintxs autorxs han entendido a la interseccionalidad como un concepto, una teoría o conjunto de teorías, una perspectiva, una metodología, una característica de la identidad, o una experiencia. En todos los casos, la categoría se destaca por ofrecer un marco multidimensional, no binarista y dinámico del funcionamiento de las relaciones sociales de poder y la distribución desigual de oportunidades de vida en función de factores tales como la identidad, la corporalidad, la ubicación geopolítica, entre muchos otros.
Históricamente han existido distintos desarrollos que destacan el carácter complejo y multidimensional de las experiencias sociales, cuestionando los enfoques teóricos, políticos y del activismo unidimensionales que abordan los distintos ejes de opresión como si fueran mutuamente excluyentes, relegando así a las personas más vulneradas del campo (aquellas atravesadas por múltiples ejes de opresión) a un lugar ininteligible tanto teórica como políticamente. Fue nutriéndose de estas discusiones, y desde el marco de la teoría crítica de la raza, que la abogada y teórica afroestadounidense Kimberlé Crenshaw propuso el término “interseccionalidad” en su artículo “Desmarginalizar la intersección de raza y sexo: una crítica feminista negra de la doctrina antidiscriminación, la teoría feminista y la política antirracista” de 1989. Allí, la autora toma distintos juicios por discriminación en el lugar de trabajo impulsados por mujeres afroamericanas en Estados Unidos entre 1976 y 1983 para mostrar la forma en la que el sistema legal de ese país, al aplicar un enfoque unidimensional de la problemática (ya sea por género o por raza), no lograba dar respuestas adecuadas a las formas específicas de exclusión que afectaban a las mujeres afrodescendientes. Tal como reconstruye posteriormente, su objetivo allí “era ilustrar cómo muchas de las experiencias a las que se enfrentan las mujeres Negras no están delimitadas por los márgenes tradicionales de la discriminación racial o de género, tal y como se comprenden actualmente, y que la intersección del racismo y del sexismo en las vidas de las mujeres Negras afectan sus vidas de maneras que no se pueden entender del todo mirando por separado las dimensiones de raza o género” (Crenshaw, 2012, p. 89). A partir de la propuesta de Crenshaw, el término “interseccionalidad” se ha transformado en una de las categorías más utilizadas dentro de los estudios de género y/o feministas (Davis, 2008), dando lugar a los más diversos trabajos de aplicación, además de innumerables debates en torno a su naturaleza, sus contornos, las identidades a las que puede aplicarse, y las posibilidades de volcarla adecuadamente en el campo teórico y el político.
Más allá de estos desacuerdos, es posible señalar un núcleo común de aportes que ha hecho la interseccionalidad en tanto recurso heurístico y llave hermenéutica para observar la realidad, intentar comprenderla e intervenir sobre ella. Los enfoques interseccionales pueden mejorar nuestra comprensión de las experiencias sociales, en tanto muestran cómo el poder se organiza en la sociedad a través de matrices de dominación en las que convergen distintas categorías interconectadas y co-constituidas, que dan lugar a formas de opresión y privilegio interseccionales, y a las prácticas sociales que las expresan y reproducen (Hill Collins, 2000). Así, es posible considerar simultáneamente los distintos ejes de posicionamiento social que afectan a las personas, en lugar de partir de uno de ellos para luego incorporar otros a modo de anexo. Por esto mismo, permite echar luz sobre la complejidad intra-categorial de las identidades sociales: muestra que no todas las personas que comparten una categoría (por ejemplo, un cierto género o una cierta clase) experimentan de igual manera las relaciones de poder, ya que también son afectadas por otras categorías co-constitutivas tales como la racialización, la diversidad funcional, la religión, entre muchas otras.
Este marco general implica una serie de características clave de las perspectivas interseccionales. En primer lugar, se trata de un enfoque no aditivo y no binarista de las relaciones sociales. Es no aditivo en el sentido de que no propone fraccionar categorías que en el campo social se presentan juntas para luego partir de una (por ejemplo, el género) y añadir otras secundarias (por ejemplo, la diversidad funcional o la edad). Por el contrario, para los enfoques interseccionales “la separación categorial es la separación de categorías que son inseparables” (Lugones, 2008, p. 76), y por ello buscan, al menos como horizonte de aspiración, considerar estos distintos ejes como fundamentalmente co-constituidos e igualmente importantes. En este sentido, no fuerza a las personas o a las iniciativas políticas a tener que elegir cuál es su identidad prioritaria o a subordinar algunas de sus categorías de pertenencia a otras (por ejemplo, la clase a la nacionalidad o la religión al género), sino que permite abordar todas ellas (y las problemáticas que involucran) en igualdad de condiciones. Adicionalmente, es no binarista en tanto complejiza duplas tales como oprimidxs/opresorxs o marginadxs/privilegiadxs, al señalar que todas las personas habitan simultáneamente distintos ejes que pueden encontrarlas alternativamente en un lugar de opresión o de privilegio, en función de sus diversas ubicaciones sociales y aquellas de los sujetos con los que se vinculan. Las perspectivas interseccionales, en este sentido, también contribuyen a los abordajes relacionales de la identidad, en tanto ayudan a comprender cómo ésta se configura, en gran medida, de acuerdo con los vínculos específicos que establece un sujeto y/o una comunidad en un momento dado y en el interjuego de múltiples categorías.
En segundo lugar, y en relación con lo anterior, las perspectivas interseccionales sirven para abordar tanto la opresión como el privilegio, y las formas en las que los sujetos que resultan perjudicados en algunas jerarquías sociales pueden ser beneficiados en otras. Si bien la interseccionalidad ha sido generalmente utilizada para analizar la combinación de distintas identidades marginadas u oprimidas (por ejemplo, mujeres racializadas y de sectores empobrecidos), cabe destacar que el instrumental que ofrece permite también comprender cómo dentro de una categoría desfavorecida existen diferencias internas que ubican a algunos sujetos en un lugar de poder relativo, y por lo tanto de potencial opresión. Estas diferencias están en la base del fenómeno de la “captura de élites”, esto es, el proceso por el cual la agenda política de un determinado grupo social suele ser cooptada por aquellos sectores más privilegiados dentro del mismo, que priorizan las problemáticas que los afectan (generalmente vinculadas con reivindicaciones de orden simbólico o de reconocimiento) y relegan a un segundo plano las causas que movilizan a los sectores atravesados por múltiples ejes de opresión, más vinculadas a cuestiones de tipo material o redistributivas. A partir de la categoría de interseccionalidad es posible comprender este fenómeno como consecuencia esperable de la complejidad intra-categorial, y desarrollar estrategias políticas para reducir su incidencia.
En tercer lugar, la interseccionalidad como enfoque, metodología o teoría presenta ventajas epistémicas por sobre los enfoques unidimensionales. En primer lugar, porque complejiza la noción de “saber situado” al mostrar cómo esa “situación” está marcada no por una única identidad sino por la convergencia de múltiples ejes dinámicos y relacionales. De esta manera, un enfoque interseccional de las propias prácticas cognitivas acerca al sujeto a la responsabilidad epistémica de conocer mejor, y evaluar críticamente, los condicionamientos que afectan a dichas prácticas. En segundo lugar, porque cuando se busca comprender un fenómeno social de desigualdad o una matriz de opresión, pero no se adopta una perspectiva interseccional, es probable que se perciban solamente las formas en las que éstos afectan a los sujetos más aventajados dentro de esa categoría. Es el caso, por ejemplo, de abordajes sobre los derechos sexuales y reproductivos de las personas gestantes que sólo tienen en cuenta a las personas sin discapacidad, o a las mujeres cis: al caracterizar las formas posibles de violación de los derechos sexuales y reproductivos, se tendrá en cuenta sólo aquellas formas que afectan a las mujeres cis con capacidad de gestar y sin discapacidades. Como consecuencia, sería incorrecto decir que dicho abordaje “comprende” el fenómeno (en este caso, la violación de los derechos sexuales y reproductivos de las personas gestantes). Desde un enfoque interseccional, en cambio, es posible considerar las múltiples formas en las que una determinada problemática recorre una matriz de opresión y se expresa en distintos puntos de ella, así como también comprender fenómenos tales como el cisexismo, el colonialismo o el capacitismo de manera integral, y no sólo en las formas que afectan a las élites dentro de cada una de esas categorías.
En términos de diseño de políticas o estrategias del activismo, los enfoques interseccionales se sustentan en dos consideraciones de tipo propositivo. Por un lado, la creencia de que, dado que las opresiones son interseccionales, las respuestas a dichas opresiones también deben serlo. Un abordaje unidimensional de una opresión interseccional, por el contrario, sólo atenderá a las formas de opresión que afectan a los sujetos más privilegiados dentro de esa categoría. Por otro lado, se basan en la convicción de que las respuestas más efectivas a las desigualdades serán aquellas que operen “desde abajo hacia arriba”, esto es, comenzando por abordar las problemáticas que afectan a los grupos más desaventajados dentro de cada categoría: aquellos que están atravesados por múltiples ejes de opresión. Esta propuesta se contrapone a las “teorías del derrame de la justicia social” que consideran, por el contrario, que ocuparse de las formas de opresión que afectan a los sujetos más privilegiados dentro de una categoría redundará en ventajas directas o indirectas para los más desaventajados. Desde una perspectiva interseccional se entiende, en cambio, que estas tendencias (que han sido señaladas por ejemplo en las iniciativas feministas contra el “techo de cristal”) pueden ser inútiles para los grupos desaventajados o incluso resultar perjudiciales, cuando se dan fenómenos de cooptación, instrumentalización (cuando los grupos desaventajados dentro de una categoría son utilizados como instrumento para avanzar en la agenda de prioridades del grupo hegemónico), o espejismo hermenéutico (la falsa percepción de que existen políticas que abordan un determinado problema porque una estrategia se presenta como abarcadora, cuando en realidad contempla solamente algunos casos).
Más allá de las intenciones y la potencialidad de la categoría de “interseccionalidad”, su utilización a lo largo de las últimas tres décadas ha mostrado dificultades y tensiones que aun no han sido resueltas. En lo que sigue, se considerarán algunas de las más relevantes para evaluar las posibilidades de incidencia teórica y política de esta categoría y las cuentas que aun quedan pendientes.
El desarrollo histórico del término, en el que se ha destacado particularmente su surgimiento y contribuciones desde el feminismo afroamericano, ha posicionado a la idea de un enfoque interseccional como algo propio de los estudios de género y/o feministas, y al género (y, en menor medida, a la raza) como dos componentes ineludibles de cualquier abordaje. Por el mismo motivo, su uso parecería priorizar el análisis de posiciones marginadas u oprimidas dentro de cada categoría, siendo menos los estudios que utilizan la interseccionalidad para considerar los sitios de privilegio dentro de la matriz de dominación (Nash, 2008). Esto tiene al menos tres consecuencias problemáticas. En primer lugar, que la interseccionalidad puede resultar, contra sus propios principios, en un enfoque agregativo, en tanto parte del género como categoría básica para luego añadir otros vectores y evaluar cómo modifican al primero. Lejos de considerar a todas las categorías bajo análisis como igualmente importantes, entonces, esta estrategia metodológica podría deslizarse a una teoría fundacionista de la opresión, en la que el patriarcado o el sexismo serían el punto de partida sobre el cual se depositan las formas de opresión restantes (y las categorías generadas a partir de ellas, tales como raza, clase, o discapacidad). En segundo lugar, la restricción de los puntos de partida posibles para la investigación reduce el espectro de resultados posibles, ya que todos los pasos sucesivos de la indagación estarán marcados por cuál fue la variable de análisis inicial y cuáles las sucesivas (Collins & Chepp, 2013). En tercer lugar, esa variable misma ya está marcada por sesgos en tanto, en palabras de Oyèrónkẹ́ Oyèwùmí, “la arquitectura y el mobiliario de la investigación de género han sido por lo general destiladas de las experiencias europeas y norteamericanas” (2010, p. 26). Modificar el orden de las categorías dependiendo de los fines del estudio (partir de la clase, por ejemplo, para luego añadir el género), o tomar como punto de partida otras categorías actualmente sub-exploradas, podría echar luz sobre fenómenos sociales que al día de hoy no son visibles para la investigación. Adicionalmente, partir desde problemáticas sociales o formas de opresión y violencia, en lugar de hacerlo desde alguna(s) de las identidades que las sufren, puede aportar a la comprensión del fenómeno y su abordaje.
Con frecuencia se ha entendido a la perspectiva interseccional como el gesto de inclusión de todas las categorías sociales en una consideración estática que abarque la mayor cantidad posible de especificidades. Esta pretensión choca con la imposibilidad de agotar todo el espectro de ejes de opresión existentes, comprometiendo la viabilidad concreta de proyectos tanto teóricos como políticos. Así, los enfoques que buscan situar al sujeto a través de un listado de categorías deben conformarse, como señalara Judith Butler (2007, p. 279), con un “etcétera avergonzado” que expone las limitaciones de todo abordaje del problema de la identidad que tome a ésta como punto de partida. En el campo político, la profundización de una perspectiva interseccional entendida como adición de particularidades parecería entrar en tensión con la necesaria generalización requerida para el diseño de políticas, legislación, y estrategias del activismo. En este sentido, el enfoque “de abajo hacia arriba” antes mencionado puede ser de utilidad para lograr resultados concretos alineados con los principios de la interseccionalidad, sin pretender abordar todas las combinaciones de categorías en una misma iniciativa. Desde el punto de vista teórico, Butler sugiere aprovechar la incomodidad que provoca ese “etcétera avergonzado” para tomar como foco de análisis el hecho mismo de que esa lista siempre será insuficiente, y explorar sus implicancias. Dicho análisis puede llevar, entre otras cosas, a indagaciones en la genealogía de aquellas categorías y en las limitaciones de una perspectiva de raíz identitaria.
Estas y otras dificultades y desacuerdos han complicado la implementación concreta de la perspectiva interseccional en los estudios empíricos (que no han llegado a un acuerdo sobre cuál sería la metodología más adecuada para una investigación propiamente interseccional), en la reflexión teórica (donde el pensamiento binario y la prioridad histórica e institucional de los estudios de género han limitado las posibilidades hermenéuticas y heurísticas provistas por la categoría), y en su implementación práctica (en tanto las políticas, marcos legislativos y otros instrumentos institucionales parecerían requerir un grado alto de generalización para definir su población destinataria, a la vez que están atravesados por fenómenos como la captura de élites). Tal vez esto explique, al menos en parte, por qué la interseccionalidad suele aparecer, en la academia pero más aun en el campo político, como una promesa a futuro, una enunciación de intenciones que no llegan a traducirse en prácticas concretas. Dicha carencia puede ser deudora también de la resistencia que enfrenta toda reflexión acerca del propio privilegio: dado que el pensamiento interseccional implica ver más allá de los lugares desaventajados que ocupamos en la matriz de dominación, y nos empuja a reconocer también aquellos que nos ubican en una situación de privilegio, conlleva asumir la propia responsabilidad en la producción y reproducción de esa matriz.
La conjunción de la perspectiva interseccional con enfoques identitarios también puede significar una limitación en la potencialidad de este marco. Por el contrario, es posible incorporar la perspectiva interseccional a un enfoque basado en problemáticas, conflictos y relaciones de poder que clasifican y jerarquizan a los sujetos (así como también a animales no humanos y a los ecosistemas que todxs habitamos) y distribuyen de manera desigual su derecho a existir y sus oportunidades de una vida digna. Un enfoque no identitario puede facilitar el proceso de incorporación de las múltiples categorías que se ven afectadas por estas problemáticas y, en el campo práctico, abre la puerta a alianzas y ensamblajes exentos de las limitaciones que impone el punto de partida desde una categoría identitaria específica o un lugar dentro de esa categoría. Esto no implica negar los modos en que las matrices de opresión afectan a las personas de manera diferencial de acuerdo con su identidad; más bien, una aseveración de este tipo puede ser tomada como el inicio del análisis, no su fin. Un enfoque interseccional no identitario puede exponer los hilos que conectan a las distintas expresiones de esa exclusión, para así comprender las formas de violencia que hacen de este mundo un mundo injusto, y poder abordarlas de manera transversal.
El pensamiento interseccional es desafiante. Puede que una perspectiva completamente interseccional, capaz de comprender realmente cómo todas las distintas categorías afectan las relaciones sociales, prácticas e instituciones, y dan forma a la vida de individuos y comunidades, sea imposible. Sin embargo, las teorías de la interseccionalidad (y aquellas que, aun bajo otro rótulo y en otros campos, las precedieron) dan argumentos robustos de los motivos por los cuales un enfoque interseccional aporta beneficios teóricos, metodológicos y políticos concretos e insoslayables.
J. Butler (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.
P. H. Collins - Chepp, V. (2013). Intersectionality. En The Oxford Handbook of Gender and Politics (pp. 57-87). Oxford University Press.
K. Crenshaw (2012). Cartografiando los márgenes. Interseccionalidad, políticas identitarias, y violencia contra las mujeres de color. En L. Platero (Ed.), Intersecciones: Cuerpos y sexualidades en la encrucijada (1a ed., pp. 87-122). Bellaterra.
K. Davis (2008). Intersectionality as buzzword: A sociology of science perspective on what makes a feminist theory successful. Feminist Theory, 9(1), 67-85.
P. Hill Collins (2000). Black feminist thought: Knowledge, consciousness, and the politics of empowerment (Rev. 10th anniversary ed). Routledge.
M. Lugones (2008). Colonialidad y género. Tabula rasa, 09, 73-101.
J. C. Nash (2008). Re-thinking intersectionality. Feminist Review, 89(1), 1-15.
O. Oyèwùmí (2010). Conceptualizando el género: Los fundamentos eurocéntricos de los conceptos feministas y el reto de la epistemología africana. Revista Africaneando: Revista de actualidad y experiencias, 4, 25-35.
Moira Pérez
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