“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que... contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos posibles. Y allí, desde los feminismos contamos con un paradigma de pensamiento que tiene sus ideas, sus debates y sus polémicas. Las entradas contienen la heterogeneidad propia de un discurso que pendula entre lo académico y lo militante, además de que son entradas dinámicas, en constante actualización. Este léxico ha tomado como base el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Gamba y Tania Diz, en 2020 y editado por Biblos.
El término “queer”, proveniente del idioma inglés, ha ido tomando distintos sentidos a lo largo del tiempo: mientras que en un principio se lo utilizaba para denotar algo “raro”, “extraño” o “levemente indispuesto”, sin un juicio negativo de por medio, durante gran parte del siglo XX (y en la actualidad, en ciertos contextos) funcionó como insulto hacia las personas que no cumplían con las expectativas sociales de género y/o sexualidad. En los años ‘80, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido algunos sectores del activismo vinculado a los géneros y sexualidades no normativos se reapropiaron de la palabra, que históricamente había sido usada para despreciarles, y comenzaron a afirmarse en esa “rareza”. Así, ya no buscaban desmentir la acusación alegando ser “normales” o iguales a cualquier otra persona, sino que reivindicaban esa anormalidad y su desvío de las expectativas como características positivas y poderosas. Quienes se asumían como “queer” en aquel momento buscaban cuestionar el heterosexismo imperante en la sociedad en general y en sus instituciones, pero también el asimilacionismo que encontraban en los sectores hegemónicos del activismo gay-lésbico (Queer Nation 2009).
Pocos años después, el ámbito académico se hizo eco de esta resignificación del término y distintxs autorxs en ciencias sociales y humanidades lo adoptaron para expresar un enfoque explícitamente político y disidente en su comprensión de la sexualidad. La denominación “Teoría Queer” en particular nació en 1990, cuando la semióloga italiana Teresa de Lauretis organizó una conferencia (luego publicada en De Lauretis 1991) que reunía una serie de trabajos herederos de los estudios gay-lésbicos y la teoría feminista, pero que se distanciaban críticamente de ambos para proponer lo que endendían como una política y una teoría más radicales. De acuerdo con la autora, esta denominación buscaba expresar “un proyecto a la vez crítico y político, que apuntaba a resistir la homogeneización cultural y sexual” en los abordajes académicos de la sexualidad, y a “enfrentar nuestras respectivas historias sexuales y deconstruir nuestros propios silencios construidos en torno a la sexualidad y sus interrelaciones con el género y la raza” (De Lauretis 2011:257). En ese mismo año, Eve Kosofsky Sedgwick publicaba Epistemología del Closet y Judith Butler El Género en Disputa, mientras que tan sólo un año después Michael Warner compilaría un conjunto de artículos para la revista Social Text bajo el tema “Miedo de un Planeta Queer”. La coincidencia de todos estos textos, que cuestionaban distintos aspectos de la forma en que se abordaba la sexualidad (y, tal vez en menor medida, el género) en la academia, da lugar a lo que retrospectivamente se entiende como el surgimiento de la Teoría Queer en tanto campo disciplinar. En el contexto angloparlante, suelen citarse como antecesores clave los trabajos de Gayle Rubin, Gloria Anzaldúa, Donna Haraway, Michel Foucault, Monique Wittig, entre muchos otros.
Ya sea en sus usos cotidianos en términos identitarios, desde el activismo como posicionamiento político, o en su adopción desde la academia, “queer” funciona y se reivindica como una noción escurridiza y dinámica, que ante todo busca evadir el encasillamiento y la esencialización. De hecho, el término mismo parecería remitir al ámbito de lo que de alguna manera está o es colocado fuera de lugar, a algo que no encaja. Esta plasticidad semántica permite reunir bajo una denominación reconocible algo de la riqueza y las infinitas posibilidades de vivir, expresar e interpretar los géneros y sexualidades, y también ayuda a constituir un campo académico interdisciplinario en constante transformación. Sin embargo, en lo concreto es posible recortar, desde un enfoque descriptivo y pragmático, un conjunto de características comunes a la forma que ha tomado la noción en las últimas décadas, ya sea en su formato inglés o en su readaptación al castellano como “cuir”. En el campo académico, por ejemplo, es posible identificar una serie de compromisos conceptuales y políticos de facto que dan forma a lo que se entiende por Teoría Queer, a partir de los cuales se establecen diálogos -en algunas ocasiones solidarios, en otras confrontativos- con otros campos cercanos tales como los estudios feministas y de género, los estudios trans, el psicoanálisis con perspectiva de género, entre muchos otros.
Aun reconociendo las dificultades propias de lo queer para llegar a una definición unívoca (y asumiendo, en términos más generales, el carácter productivo de toda definición), en este artículo ensayo una perspectiva propia desde lo que propongo como una Teoría Queer crítica. Se trata, en resumidas cuentas, del desafío de aplicar al propio trabajo, o a las prácticas internas del campo, el mismo enfoque crítico que se vuelca sobre otros fenómenos y disciplinas, evaluando las posibilidades y limitaciones del área, sus compromisos teóricos y políticos, y las implicancias de todo ello sobre el mundo social. Es desde este posicionamiento que en otro trabajo (Pérez 2019) he propuesto organizar las características recurrentes de la Teoría Queer en cinco núcleos que deben darse (o, al menos, no confrontarse) para que algo pueda ser considerado como candidato a formar parte de dicho campo disciplinar:
a) Un compromiso con una visión constructivista de la identidad. Las identidades no son consideradas esenciales, innatas o estables, sino un producto, siempre cambiante y dinámico, de procesos culturales, históricos y políticos. En este punto resultan claves los desarrollos de Judith Butler, quien retoma la noción de actos performativos de John Austin (y los aportes posteriores de Jacques Derrida) para examinar los procesos culturales de constitución del género. La performatividad (incluida aquella que da lugar a nuestras nociones y vivencias del género) “no es un ‘acto’ singular, porque siempre es la reiteración de una norma o un conjunto de normas y (…) oculta o disimula las convenciones de las que es una repetición” (Butler 2002:34). El género se entiende así como “una identidad débilmente constituida en el tiempo (…) por una repetición estilizada de actos” -los actos performativos-, que además de marcar la materialidad del cuerpo y sus experiencias sociales “constituyen la ilusión de un yo generizado permanente” (Butler 1998:297).
b) Un rotundo rechazo a la idea de que existe un vínculo necesario entre sexo, género y sexualidad o de que cualquiera de ellas tiene algún anclaje biológico necesario. Cuando en nuestra cultura se considera que un conjunto de características físicas, un cierto género y un cierto deseo “se siguen” unos de otros (generalmente en ese orden), se trata de un vínculo político, no ontológico ni esencial. Ninguno de estos elementos tiene sentido en sí mismo, independientemente de la manera en que cada cultura lo interpreta. Se trata no de descripciones sino de ideales normativos, cuyas huellas son cubiertas por su mismo proceso de constitución.
c) Un interés en la sexualidad, y muy particularmente en las sexualidades no normativas, como categorías de análisis para interpretar los fenómenos sociales e intervenir sobre ellos. Se considera que prestar atención a cómo se produce, reproduce, legitima o deslegitima la idea de sexualidad y sus distintas formas, nos ayuda a comprender mejor cualquier fenómeno social, incluso aquellos que tradicionalmente no han sido considerados como sexualizados.
d) El compromiso de detectar, desentrañar y combatir los mecanismos sociales de normalización, esto es, las formas en las que nuestra cultura impone y sostiene ciertas formas de ser y comportarse consideradas “normales”. En este punto, los enfoques queer se han concentrado sobre todo en las formas de normalización vinculadas con las sexualidades, y también con cuerpos y géneros.
e) Un rechazo a las grandes narrativas históricas modernas, esto es, a la idea de que la historia es lineal y que marcha hacia el progreso. Se cuestiona la retórica LGBT del “orgullo” y la idea de “revolución” como formas posibles y deseables del cambio social; se considera que un cambio radical del orden social en todos sus aspectos es imposible porque estamos posicionadxs desde un cierto sistema discursivo que no podemos evadir completamente, pero sí podemos apuntar a cambios o desplazamientos en menor escala (a veces llamados “microrevoluciones”) que mediante un proceso acumulativo pueden llevar a una transformación más visible. En la comprensión misma de las identidades como contingentes (puntos a y b de más arriba) está contenida la posibilidad de su transformación: nuevamente en palabras de Butler, “si el cimiento de la identidad de género es la repetición estilizada de actos en el tiempo, y no una identidad aparentemente de una sola pieza, entonces, en la relación arbitraria entre esos actos, en las diferentes maneras posibles de repetición, en la ruptura o en la repetición subversiva de este estilo, se hallarán posibilidades de transformar el género” (Butler 1998:297).
Se trata, en suma, de algunos puntos básicos acerca de la naturaleza del género, la sexualidad, la identidad, la política, y las prioridades y compromisos del trabajo intelectual. En esta perspectiva, la Teoría Queer puede ser abordada -y construida- como una caja de herramientas especialmente fértil desde el punto de vista epistémico y político: un conjunto de instrumentos para observar el mundo, interpretarlo, y actuar en él con el objetivo de transformarlo. Así, una propuesta teórica y/o política orbita en torno a la noción de “Queer” no por su adhesión acrítica a un conjunto de textos canónicos o su posicionamiento desde una disciplina en particular, sino por sus núcleos conceptuales, que en muchos casos la distancian de otros enfoques que podrían parecer afines, incluidas ciertas ramas del feminismo y los estudios de género.
El fuerte énfasis de la Teoría Queer en la sexualidad como sitio de opresión y de resistencia y su foco casi exclusivo en las formas hegemónicas de experimentar la disidencia y sus implicancias materiales, fueron cuestionados ya desde los inicios del campo, tanto internamente como desde otras corrientes. La crítica a los abordajes queer, ya sea en la arena política o en el ámbito académico, procuró resaltar el privilegio y centralidad que tocaba a ciertos tipos muy específicos de personas que se identifican como “queer” (blancas, cis, endosex, sin discapacidad, ubicadas en el Norte global), cuyas experiencias eran universalizadas en detrimento de distintas formas en las que la materialidad del cuerpo, la ubicación geopolítica, la racialización, la clase, entre muchos otros factores, afectan a la sexualidad, al género y al ejercicio de posicionamientos radicales. Adicionalmente, se ha imputado a la teoría queer un repertorio considerable de malas prácticas académicas, en el que se destacan la objetificación y el uso instrumental de ciertos sujetos que son tomados como objeto de estudio o casos confirmatorios de sus hipótesis, mientras se ignora su producción intelectual y sus condiciones específicas de existencia.
Estas críticas han dado lugar a lo que podría denominarse un “giro interseccional” de la Teoría Queer, a partir del cual se ha pasado de un énfasis casi exclusivo en la sexualidad a una atención más amplia a otros ejes, incluidas las formas en las que estos últimos afectan a la primera, cómo son afectados por ella, e incluso cómo la disidencia sexual, históricamente reivindicada por la Teoría Queer, puede ser instrumentalizada políticamente para el ejercicio de distintas formas de violencia. En este punto resultan claves las obras Aberrations in Black: Toward a queer of color critique de Roderick Ferguson (2004), Ensamblajes Terroristas: El homonacionalismo en tiempos queer de Jasbir Puar (2007) y Una vida “normal”: Violencia administrativa, política trans crítica y los límites del derecho de Dean Spade (2011). Esta nueva etapa implicó tomar conciencia de cómo “cualquier discusión acerca de la producción disciplinaria del sexo, los sujetos y las poblaciones es también necesariamente sobre la producción del sexo, sujetos y poblaciones racializados” (Rault 2013:98). Con ello, la Teoría Queer comienza a considerar más ampliamente “los medios por los cuales el poder trabaja a través del despliegue de la sexualidad para producir sujetos y poblaciones demarcados desde la raza y la nación, cuya vida será fomentada o impedida hasta el punto de la muerte” (ibid.).
Dichas consideraciones resultan particularmente necesarias en el ámbito latinoamericano, dado que se trata de un marco teórico concebido y aun dominado, en gran medida, por las perspectivas anglosajonas. Si en los contextos de habla inglesa que dieron origen a la Teoría Queer no es posible reducir este término a un solo significado, ciertamente no puede serlo en otras latitudes donde el lenguaje, las cosmovisiones, las identidades y la producción teórica son profundamente diversas. Los debates acerca del sentido y la utilidad de adoptar “queer” y la teoría a la que nombra como elementos importados, y sobre cuánto mantienen de su radicalidad política, ocuparon gran parte de los abordajes académicos latinoamericanos en este campo desde su llegada a la región a fines de la década de 1990. Aquí, los usos de “queer” exponen un recorrido que lo sitúa en posiciones raciales y de clase específicas, profundamente distintas de sus genealogías angloparlantes. Mientras que algunxs pensadorxs han propuesto reinterpretaciones y reescrituras del término (“cuir”, “kuir”, “torcido”, “marica”), otrxs lo han rechazado de plano como una imposición cargada de violencia epistémica: “Soy una nueva mestiza latina del cono sur”, advertía Hija de Perra (2014) sobre la llegada de “queer” a estas latitudes, “que nunca pretendió ser identificada taxonómicamente como Queer y que ahora según los nuevos conocimientos, estudios y reflexiones que provienen desde el norte, encajo perfecto para los teóricos de género en esa clasificación que me propone aquel nombre botánico para mi estrafalaria especie bullada como minoritaria”. En cualquier caso, como nota desde México Susana Vargas Cervantes, la constitución performativa de la identidad queer en América del Norte es profundamente distinta de la que puede darse en el centro y sur del continente, pues en éstos “el sujeto que enuncia, desde la academia o el activismo, el acto performativo ‘Soy queer’ o ‘Soy cuir’ revela una posición de privilegio –(…) por lo general, asociado con la ‘blancura’– porque manifiesta el acceso a educación y capital cultural”. En nuestras latitudes, entonces, tanto en el ámbito identitario como en el académico, este acto de habla performativo “es inseparable, además de la identidad de género y sexual, de la clase y, en cierto sentido y por tanto, de la tonalidad de piel” (2016:s/p).
El uso del término “queer”, al igual que las reapropiaciones de y aportes al marco teórico al que da nombre, debe hacerse desde una conciencia crítica de la potencialidad y las limitaciones de la circulación y reapropiación de toda noción que, al igual que la misma lengua castellana, tiene una carga colonial insoslayable. Esta conciencia distingue a los desarrollos conceptuales y políticos más originales a los que ha dado lugar nuestra región en este campo, que aportan a su potencia desde perspectivas situadas en nuestra(s) lengua(s) y color(es), y se suman a un importante acervo regional de reconstrucciones del marco angloparlante y de rastreos de antecedentes en nuestras latitudes (con frecuentes referencias a autorxs tales como Néstor Perlongher o Pedro Lemebel). En tanto palabra importada, “queer” exige no sólo una traducción conceptual y una explicación, sino también un profundo proceso de recontextualización (apuntando, como ideal regulativo, a una descolonización siempre incompleta) capaz de transformar sus significados e incorporar las especificidades de cada sitio. La perspectiva queer, después de todo, fue concebida ya desde sus inicios no como un punto de llegada sino uno de partida, la apertura de potencialidades siempre en tensión y revisión (auto)crítica.
Butler, Judith. 1998. «Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista». Debate feminista 18:296-314.
Butler, Judith. 2002. Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del «sexo». 1.a ed. Buenos Aires: Paidós.
De Lauretis, Teresa. 1991. «Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities. An Introduction». Differences 3(2):iii-xviii.
De Lauretis, Teresa. 2011. «Queer texts, bad habits, and the issue of a future». GLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies 17(2-3):243-63.
Hija de Perra. 2014. «Interpretaciones inmundas de cómo la Teoría queer coloniza nuestro contexto sudaca, pobre, aspiracional y tercermundista, perturbando con nuevas construcciones genéricas a los humanos encantados con la heteronorma». Revista Punto Género (4):9-16.
Pérez, Moira. 2019. «Queer/Feminismos. Diálogos y disputas de dos campos en tensión». Pp. 213-19 en Se va a caer. Feminismos: Conceptos clave, editado por S. Gamba. La Plata: Pixel.
Queer Nation. 2009. «Maricas, leed esto: odio a los heteros (1990)». Pp. 231-46 en Manifiestos gays, lesbianos y queer: testimonios de una lucha (1969-1994), editado por R. M. Mérida Jiménez. Barcelona: Icaria.
Rault, Jasmine. 2013. «On Biopolitics in Queer Theory». Carceral Notebooks 9:97-102.
Vargas Cervantes, Susana. 2016. «Queer, cuir y las sexualidades periféricas en México». Horizontal, diciembre 15.
Moira Pérez
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