La expresión lenguaje inclusivo es utilizada para hacer referencia a distintas prácticas discursivas que implican el uso de la lengua de manera no sexista o no discriminatoria por motivos de género. No se trata de un término teórico, de origen lingüístico, sino de una expresión surgida de la acción lingüística y política en el espacio público. En el caso del español, en particular, la expresión ‘lenguaje inclusivo’ también refiere a estrategias lingüísticas que implican modificaciones de la lengua, de manera que incluya un morfema diferente, -e o -x , ‘género morfológico’ para expresar una alternativa al morfema de género masculino -o y al morfema de género femenino -a. Desde la comunidad LGTBI hispanohablante y también desde algunos feminismos se ha hecho referencia a esta forma de expresión como ‘lenguaje inclusivo’, pues incluye y visibiliza identidades no binarias y permite eludir al masculino como genérico. Su uso y reivindicación se presentan como una alternativa ante el sexismo lingüístico. Desde mediados del siglo XX, el movimiento feminista ha llamado la atención sobre las características discriminatorias del lenguaje, tanto en el campo académico como social. Y pareciera haber logrado cierto acuerdo social y político respecto del reconocimiento de la existencia de usos sexistas discriminatorios en distintas lenguas, así como políticas de reforma en algunos países, como Canadá, por ejemplo.
La relación entre lenguaje e identidad y lengua y género, en particular, ha sido destacada por escuelas lingüísticas centradas en los aspectos sociales, que han hecho énfasis también en que la realidad se percibe e interpreta a través de la lengua. Esta juega un rol central en la construcción de la subjetividad y en la reproducción de relaciones sociales de poder.
En el caso del lenguaje inclusivo, la discusión se da en torno al género morfológico.
Ciertas tradiciones lingüísticas sostienen que el género es una categoría mecánica y formal de clasificación, de naturaleza arbitraria. Otras líneas sostienen, en contrario, que el género tiene una función semántica en la organización del léxico y en el discurso. Según la lingüista P. Violi, en el lenguaje, la diferencia sexual está simbolizada principalmente a través de la categoría del género morfológico. A diferencia de la tradición gramatical estructural, los enfoques lingüísticos feminista han buscao demostrar que el género no es sólo una categoría gramatical, con fines exclusivamente clasificatorios, sino también, una categoría semántica que manifiesta dentro de la lengua un significado asociado a la simbolización de la diferencia sexual (Violi, 1991).
Son estos supuestos teóricos respecto de la relación entre género y lenguaje los que dan fundamento teórico a los intentos de reforma lingüística promovidos en distintos países del mundo y en distintas lenguas. La Organización de Naciones Unidas promueve el uso de un ‘lenguaje inclusivo en cuanto al género’ en las distintas lenguas oficiales y lo asocia con evitar el uso discriminatorio de la lengua. Los avances han sido incorporados también por organismos multilaterales, como UNESCO, gobiernos nacionales o provinciales (Argentina), comunidades autónomas (España), universidades, organizaciones sociales y políticas, parlamentos, entre otros, han publicado recomendaciones sobre el tema, en particular respecto al uso no sexista del lenguaje, en tanto reproduce, legitima y promueve la discriminación por motivos de género.
En el caso de la lengua española, la situación es lingüísticamente más compleja; el debate actual puede estructurarse en torno a dos ejes, que tiene características y efectos diferentes: (i) el uso del masculino como genérico en español y (ii) la naturaleza binaria del sistema de género en español. Desde el punto de vista lingüístico, el género morfológico es una categoría de la lengua, está en la gramática, y su expresión es obligatoria. Por tratarse de una categoría gramatical, la obligatoriedad de su expresión se extiende a los sustantivos y adjetivos de la lengua, así como a los pronombres correspondientes. Pero es en el caso de la referencia a seres animadxs que se pone de manifiesta la correlación semántica entre el género morfológico y la identificación sexual o genérica. Es decir, en el caso de la identidad genérica de las personas, por lo tanto, ésta debe manifestarse, cuando se hace referencia a cualquier ser humano o en la auto-referencia, por ejemplo, por medio del morfema de género. El sistema de género morfológico del español es binario: masculino (-o) y femenino (-a). Y, según los distintos estudios gramaticales, es el masculino como género ‘no marcado’ el que se privilegia para la referencia a conjuntos en los que hay seres humanos de distintos géneros. Así, cuando se hace referencia a un conjunto de personas que se dedican a la docencia, el género morfológico que correspondería es el masculino: “los docentes”; en el mismo sentido se habla de “los ciudadanos”, “los escritores”, “los artesanos”, independientemente de la conformación cuantitativa de dicho conjunto. Y, siempre en los términos del uso vigente expuesto en la Gramática Descriptiva de la Real Academia Española, el género masculino, por ser el no marcado, es el que se utiliza cuando se desea hacer referencia a una clase que involucra integrantes femeninos y masculinos. Así la expresión “los derechos del hombre”, refiere en la interpretación genérica a los derechos de hombres y mujeres y en la interpretación específica solo a los derechos de los hombres. Lo recíproco no es el caso: “los derechos de la mujer” solo hace referencia a los derechos de las mujeres, es decir, solo admite la interpretación específica. La naturaleza conflictiva, semántica y social de esta caracterización se pone en juego con expresiones como “el salario de las enfermeras”, en las que la interpretación puede ser específica o genérica (incluir a hombres y mujeres) dependiendo del contexto. Y la inversa “Se requiere promover la contratación de parteros” (Bengoechea, 2015). El sexismo que deriva del uso del masculino genérico (o no marcado) para construcciones plurales o las formas del tipo “el hombre” ha sido reconocido en las últimas décadas y, a pesar de cierta resistencia reciente manifestada por la RAE, existen recomendaciones de uso y estilo que privilegian formas no sexistas, proponiendo alternativas léxicas o estructuras sintácticas más complejas. Así, frente a ‘los ciudadanos’ se recomienda el uso de ‘la ciudadanía’ o la forma ‘ciudadanos y ciudadanas’.
El otro tema en cuestión está asociado al carácter binario del sistema morfológico de género, que reconocen los estudios gramaticales. Toda expresión nominal es clasificada como masculina o femenina y expresa el género morfológico masculino o femenino en la forma nominal o en los adjetivos con los que concuerda. De manera que si una persona quiere hacer referencia a su nacionalidad, por ejemplo, debe decir: “yo soy argentina“ o “yo soy argentino”; es decir se requiere la presencia de un morfema de género femenino o masculino para que la expresión sea gramatical y adecuada. La naturaleza binaria y obligatoria habilita lecturas que reproducen estereotipos vinculados con la sexualidad, por ejemplo: “¿Tu hija tiene novio?”. Y si bien esta situación puede evitarse utilizando las opciones “novio o novia” o “pareja”, resulta más compleja de eludir en la referencia de las personas no binarixs. Por tratarse de una cuestión gramatical, las modificaciones que pueden realizarse por medio del léxico resultan poco adecuadas: “Soy argentino, pero no soy hombre ni mujer”. Y también emerge cuando desde las primeras interacciones, la categorización supone la asignación de género obligatoria de aquellxs a quienes se dirigen lxs hablantxs. Frente a esta situación, distintos grupos comenzaron a proponer y a utilizar el ‘género morfológico inclusivo’ (Romero y Funes, 2019), también denominado ‘género neutro’, cuya expresión es la -e (que convive con la variante -x en la expresión escrita) y denominan a esta práctica ‘lenguaje inclusivo’.
Las guías de lenguaje inclusivo, como el Pequeño manifiesto sobre el género neutro en castellano proponen utilizar la -e como género neutro, lo que permitiría hacer referencia a todas las personas que no se consideren abarcadas por la oposición binaria, así como para el uso indefinido sin asignación previa de género, evitando el masculino genérico. Por ejemplo, “Se busca emplead-e”. Esta solución permitiría la expresión “Mariana es le escritore más premiade del año”, si se desea informar que Mariana es quien más premios recibió de entre el conjunto de los escritores y las escritoras y evitaría así la forma “Mariana es el escritor más premiado del año”, que es la que correspondería según la norma e invisibiliza el género de la escritora. Si se tratara de la enunciación realizada por la escritora, entonces la oración correspondiente sería: “Yo soy el escritor más premiado”. Por último, la incorporación de la -e también se utiliza y se propone para el caso de los plurales animados, indistintamente del género o sexo de lxs seres involucradxs: “les ciudadanes”, “les voluntaries”.
Este género ‘neutro’, también denominado ‘inclusivo’ se extendería a los pronombres. Según estas guías, existe acuerdo en que el pronombre personal de 3ª singular neutro sea “elle”, e impactaría también en el resto de la estructura pronominal (ver el Pequeño manifiesto…). La complejidad de los efectos en el conjunto de la gramática no ha sido explorada aún de manera exhaustiva.
Por otro lado, como todo signo ideológico, el término “lenguaje inclusivo” es también puesto en tensión y disputado. En el Informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y cuestiones conexas (2019) la RAE sostiene que existen al menos dos intepretaciones de esta expresión. En una de ellas, lo define como: “…aquel en el que las referencias expresas a las mujeres se llevan a cabo únicamente a través de palabras de género femenino, como sucede en los grupos nominales coordinados con sustantivos de uno y otro género” e incluye el empleo de sustantivos colectivos de persona, como ‘la población’ para evitar el uso del masculino genérico. Y afirma que existe una segunda interpretación que establece que el lenguaje inclusivo es “aquel en el que las referencias expresas a las mujeres se llevan a cabo únicamente a través de palabras de género femenino, como sucede en los grupos nominales coordinados con sustantivos de uno y otro género”. Esta línea argumentativa está también presente en algunos periódicos tradicionales y en grupos que se oponen a la aceptación del lenguaje inclusivo en el sistema educativo (véase Kalinowski et al. para las reacciones conservadoras).
Desde el campo de la sociolingüística, a la búsqueda de una mayor precisión conceptual, se ha propuesto caracterizar este fenómeno en curso como ‘estilo inclusivo’ (Sayago, 2019), como una variante más del español dentro del repertorio disponible en el mercado lingüístico. El uso del morfema -e, en este caso, sería una alternativa más frente al estilo comunicativo institucionalizado, que supone eludir el sexismo sin alterar las normas de la gramática. En este caso, se trataría de incorporar a la lengua española un nuevo género morfológico, cuyo signficado sería ‘ inclusivo’, y que permitiría expresar aquellos casos en los que, en sujetos animados, la identidad de género trasciende la oposición masculino-femenino (Romero y Funes, 2019). En términos de las categorías propuestas por P. Violi (1991:39), expresaría tanto el género común (masculino y femenino) como el género neutro (no-masculino y no -femenino).
Un interrogante que ha surgido en los debates es si en el caso del español rioplatense se trata de un cambio en curso o si estamos ante un proceso de gramaticalización de un nuevo género. Es necesario distinguir aquí entre la descripción de la situación sociolingüística actual, el análisis del proceso posible de gramaticalización y los debates en torno a las políticas lingüísticas de reforma. Mientras que algunos enfoques sostienen que ningún cambio se ha logrado por decisiones conscientes de grupos minoritarios, abordajes cognitivos funcionales destacan que en algunas situaciones de cambio lingüistico se ha observado la intención voluntaria de cambio para lograr mayor eficacia comunicativa. Es decir, se intenta el cambio para expresar de manera más acabada y precisa lo que lx hablantx desea significar o categorizar. Desde estos enfoques, serán las formas más útiles para la comunidad las que perduren. La gramática emerge de las prácticas recurrentes, a partir de procesos de gramaticalización. Para que el cambio sea una opción posible, es necesario que la variante, en este caso el ‘género inclusivo’ esté disponible en el repertorio de formas posibles de la lengua y que su uso sea reconocido, además, como legítimo en el mercado lingüístico, entre muchos otros factores complejos más. Se trata en este caso de un debate respecto de si será eficaz o no la promoción del cambio. El uso contemporáneo del lenguaje inclusivo por parte de sectores juveniles urbanos, en redes sociales y en el ámbito público es, en el caso de Argentina, un hecho lingüístico cuyo abordaje es muy reciente y cuyo destino es inicierto. Y su emergencia puede ser interpretada como una respuesta social, discursiva y política a prácticas simbólicas de discriminación por motivos de género.
Asociación de Academias de la Lengua Española-RAE (2009) Nueva gramática de la lengua española. Morfología. Sintaxis I. Madrid, Espasa Libros, 2009
M. Bengoechea Bartolomé (2015) Lengua y género, Madrid, Editorial Síntesis
R. Gómezn s/d, Pequeño manifiesto Kalinowski, Santiago et al. (2020) Apuntes sobre lenguaje no sexista e inclusivo, Rosario, UNR Editora. Real Academia Española. (2019)
Informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y cuestiones conexas. Disponible en línea: https://www.rae.es/sites/default/files/Informe_lenguaje_inclusivo.pdf [Última consulta: 30 de julio de 2020],
P. Violi (1991) El infinito singular. Colección Feminismos. Valencia: Universitat de Valencia-Ediciones Cátedra.
SARA ISABEL PÉREZ
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