Léxico crítico de estudios de género y feminismos

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que...

2021-10-02 Idioma: es 126 términos
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“Vivir una vida feminista es vivir en muy buena compañía”(2018, p. 34), dice Sara Ahmed, y esa compañía está marcada por algunos libros, historias, personajes que, como la señora Dalloway, ayuda a Ahmed a comprender esa tristeza que se desprende del hecho de no habitar del todo la vida que se debería habitar. Si Ahmed encuentra en la persistencia de ciertas historias, una compañía en el vivir siendo feminista, es porque la literatura de una u otra manera, ha dejado su huella en el feminismo. 
Cuando, a fines de los años 40, Simone de Beauvoir realizó aquella investigación sobre la situación de las mujeres en la vida social – El segundo sexo-, analizó las principales matrices de sentido patriarcales de los relatos que conformaban – y conforman- el conocimiento occidental – la biología, el psicoanálisis y el materialismo histórico-, los que a su vez han ratificado la condición subalterna de la feminidad. Beauvoir se preguntaba cómo es que a lo largo de los siglos y las sociedades, las mujeres han seguido asumiendo una posición subalterna y se responde mediante el comentario de las representaciones clásicas y contemporáneas de la feminidad en Lawrence, Shakespeare, Poe, Sade, Bretón, entre otros. Recorre las variantes de una mirada falogocéntrica que se cree universal y establece en lo femenino, la otredad. Describe los miedos y fantasías masculinas que despierta la menstruación, la virginidad y la gestación. Lo femenino va siendo, así, lo divino, lo sabio, lo natural, lo erótico, lo sagrado, lo monstruoso, lo aborrecible. Las mujeres son asimiladas a la naturaleza, a un saber o poder desconocido, a la sensibilidad, a las más temidas tentaciones. La mujer es la madre santificada y es la prostituta capaz de satisfacer todos los deseos imaginables pero “no hay ninguna figura femenina, virgen, madre, esposa, hermana, sirvienta, amante, adusta virtud, odalisca sonriente, que no sea susceptible de resumir así las ondulantes aspiraciones de los hombres.” (Beauvoir, 1997, p. 107) Beauvoir devela las invariantes del androcentrismo en la literatura y, así, realiza probablemente el primer análisis crítico feminista.
En los 70, Kate Millett publica Política sexual, un extenso ensayo en el que argumenta que el sexo era una categoría social – y no natural ni biológica- impregnada de política. Más aún, de poder ya que afirma que la relación entre los sexos femenino y masculino es un vínculo de dominación del hombre hacia la mujer. Es decir que en los mismos años en que Foucault estaba elaborando la noción de dispositivo de la sexualidad, Millett sostiene que la política sexual es la categoría que explica el modo en que el sexo dominante ejerce el poder por sobre el sexo débil, detalle que se le pasa por alto a Foucault. Millett sigue la línea inaugurada por Beauvoir que propone dar cuenta de los sistemas de dominación desde el sexo y, como la filósofa francesa, acude a la literatura, precisando más su objeto: analiza escenas explícitamente sexuales de la literatura contemporánea. A partir de los análisis de las novelas de Lawrence y de Henry Miller, la feminista norteamericana demuestra, en Lawrence, que la mujer deseante se transforma en una adoradora del falo y, en Miller, desarticula la misoginia que emerge, cuando el sexo no es más que un deseo de humillar a la mujer, que queda reducida a un objeto de uso y desecho. Es decir, cuando el sexo es explícito, no sólo desaparece el amor romántico sino que además, el deseo queda capturado por las lógicas del abuso y la humillación. Millett da un giro significativo al analizar las obras de Norman Mailer y de Jean Genet, en las que cobra relevancia la homosexualidad masculina, a través de personajes que exageran y parodian los atributos femeninos, con lo cual pone en crisis el binarismo de género. Incluso, respecto de Genet, sostiene que: “su crítica de la política heterosexual apunta hacia una auténtica revolución sexual, señalando un camino que es imprescindible explorar si se desea llevar a término cualquier modificación profunda de la sociedad.”(Millett et al., 2017, p. 65) En consonancia con Beauvoir, Millett viene a decir que la revolución sexual de la que tanto se habla en relación a los años 60, no ha sido tal ya que sólo ha develado el modo en que el poder patriarcal es el que marca el ritmo de las relaciones entre los sexos. Los análisis precursores de Millett sobre Genet, a su vez, señalan el camino de otra línea de abordaje que cuestionará la norma heterosexual a través de la hipótesis de que los sexos son entidades únicamente culturales producidas a través de una perfomance de género. Esta línea cuestiona la noción de “mujer” y comienza a habilitar otras palabras que complejizan y multiplican las identidades. 
La literatura tanto en Beauvoir como en Millett fue necesaria para mostrar los matices sutiles o brutales con las que la misoginia quedaba expuesta. En los 80, Donna Haraway (1995) publica Ciencia, cyborgs y mujeres: La reinvención de la naturaleza, libro en el que pone en jaque a la ciencia, en particular a la biología. Y tanto la literatura como el lenguaje pasan a ser parte fundamental de sus argumentos. Haraway había leído algunos textos clásicos de la crítica literaria feminista y hace hincapié en otro aspecto: la potencia subversiva de la lengua. Así, dice: “la política de los cyborgs es la lucha por el lenguaje y contra la comunicación perfecta, contra el código único que traduce a la perfección todos los significados, el dogma central del falogocentrismo” (Haraway, 1995, p. 302). Más en particular, establece una genealogía a la que llama “ciencia ficción feminista” por su capacidad de subvertir los relatos tradicionales; reinventar y modificar los binarismos y las jerarquías.
Estos son sólo algunos ejemplos, probablemente los más clásicos para pensar los modos en que la literatura intervino en el pensamiento feminista. Son útiles para abordar a los primeros patrones de lectura ligados a mostrar las marcas del androcentrismo en el imaginario socio cultural, a detectar algunos modos de la transgresión del orden patriarcal. Luego, vendrían los abordajes más teóricos que empiezan a leer, como un campo específico, la literatura de mujeres y a reflexionar respecto de la existencia o no de una escritura femenina como puede leerse en La risa de la medusa de Helene Cixous (1976), Yo, tú, nosotras (1992) de Luce Irigaray, La loca del desván. La escritora y la imaginación literaria del siglo XIX (1979) de Sandra Gilbert y Susan Gubar y Deseo y ficción doméstica (1987) de Nancy Armstrong, entre otros.
La pregunta que de algún modo ronda esta entrada es ¿hay una literatura feminista? o ¿hay escritoras feministas? No es sencillo usar el adjetivo “feminista” con sustantivos tales como literatura, lectoras o escritoras, sin que éste oficie de etiqueta, que obtura el debate. Sin embargo, tampoco es productivo abandonarlo del todo, sino más bien, tomarlo reflexivamente. Comencemos por la segunda, sí, ha habido escritoras feministas, en tanto que, a lo largo de la historia, algunas de ellas se comprometieron explícitamente con el feminismo que les tocó vivir y, en este sentido, forman parte de nuestra genealogía del pensamiento feminista.
Sobre finales del siglo XIX e inicios del XX, el feminismo estaba ligado a los ideales de emancipación e igualdad de derechos. En 1919, Alfonsina Storni escribía para el diario La Nación una historia del feminismo argentino. Al año siguiente, semana a semana, pondría al tanto a las lectoras de las acciones y debates del feminismo - igualdad de derechos, el divorcio, el sufragio-; a la vez que ironizada respecto de la pose de género que adoptaban las mujeres jóvenes. Storni, como Salvadora Medina Onrubia, Herminia Brumana, María Rosa Oliver, entre otras, percibió el corset de género que la sociedad imponía a las mujeres y en este sentido el feminismo fue un lugar desde donde pensar otros mundos posibles, otras vidas posibles, fuera de los mandatos de género. En los 30, Victoria Ocampo fundó Sur, una revista fundamental para la literatura argentina y latinoamericana, se integró al grupo de mujeres pro- sufragio las sufragistas y dejó sobrados testimonios de su pensamiento feminista. Uno de los momentos clave del despertar feminista de Ocampo fue cuando conoció a Virginia Woolf, autora de un ensayo fundamental para pensar el cruce entre literatura y feminismo: Un cuarto propio. Este se publica en 1929 en Inglaterra y llega al Río de la Plata con apenas 6 años de diferencia, en 1935, gracias su gestión. Con este texto y Orlando – también de Woolf- Ocampo instala muy tempranamente el tema de la desigualdad de las mujeres en la sociedad y la cuestión de la movilidad de las identidades sexuales; dos tópicos claves de debate y teorización a lo largo de las décadas siguientes. En 1971, Ocampo da lugar a las voces de varias escritoras en un número de Sur dedicado a la mujer, un número heterogéneo y desopilante en su ambición de abarcarlo todo. Pocos años después aparecerían dos revistas desde la militancia de los 70: Somos fundada y dirigida por Néstor Perlongher y Persona de María Elena Oddone. La voz disidente de Perlongher se hacía notar mientras surgía la voz feminista de María Moreno en diversas publicaciones. En los 80, a las crónicas de Moreno se sumarían las narrativas de Tununa Mercado, Luisa Valenzuela, Angélica Gorodischer, Griselda Gambaro y tantas otras que piensan y problematizan tanto las consignas que traen los feminismos como las teorías feministas que están leyendo en esos años.
El acercamiento de la escritora al feminismo ha estado marcado por sentimientos de infelicidad, incomodidad al entrar a un mundo, el sistema literario, que se empecinaba en señalar su sesgo masculino, al considerarlas como algo distinto de lo que era un escritor. Sin duda, Un cuarto propio de Virginia Woolf sería el relato emblemático para comprender las razones y fundamentos de estos sentimientos. En aquél momento, Woolf reflexionó acerca de la mujer y la novela, se preguntó quizás por primera vez por qué había menos escritoras que escritores en la literatura inglesa y dio los primeros argumentos que permiten corroer los sentidos subyacentes a la “literatura femenina”. Tanto desde el periodismo cultural como desde el discurso crítico latinoamericano se ha usado este enunciado para posicionar en un lugar subalterno aquello que lleve ese adjetivo. Ha sido útil para ubicar a la escritora en tanto alteridad – excepción, rareza, manía- respecto de la hegemonía masculina. Mucho antes de que la perspectiva feminista lo pusiera en palabras, las escritoras transmitieron el fastidio o malestar que les causaba quedar circunscriptas a ese conjunto y, por ende, sujeta a otros parámetros de valoración. “Femenina” también se solía referir a ciertos temas que se consideran exclusivos: lo que atañe a los vínculos familiares, al hogar, a las emociones, en un sentido general. Esta cuestión abre una trama de temas sobre los que pueden o no escribir y/o leer las mujeres. Con mayor o menor sutileza, deja ver las garras de un dispositivo de poder que controla y limita la subjetividad femenina, como si el más mínimo cambio significara un ataque directo a la masculinidad hegemónica. También ha sido un término útil para devaluar algunos géneros literarios como la poesía amorosa, las cartas, las novelas sentimentales o el melodrama. Estas son cuestiones que al situarlas varían en sus sentidos y virulencias pero la invariante es que lo femenino porta los sentidos de la alteridad propia de un pensamiento androcéntrico, que afirma el binarismo, excluye, aporta disvalor y/o recorta el terreno de acción de las mujeres. A pesar de que muchas cosas han pasado, en el discurso inaugural de la Feria del libro de Buenos Aires, en 2018, Claudia Piñeiro dice que “llegará un día en que dará vergüenza preguntar qué se siente ser mujer y abrir la Feria del Libro.”
Con el avance de los movimientos feministas, surge la teoría que poco a poco comienza a insertarse en la academia y en la cultura latinoamericana; así es como desde los 80, se crean diferentes espacios de encuentros que convocan a escritoras y a críticas que debaten estas y otras cuestiones relativas al vínculo entre el feminismo y la literatura. Existen dos referencias fundamentales: el Encuentro de escritoras latinoamericanas realizado en EEUU en 1983 y del que luego resultara el libro La sartén por el mango, publicado en Puerto Rico al año siguiente y el Congreso internacional de literatura femenina latinoamericana realizado en Santiago de Chile, en 1987. Luego, en Argentina surgen unas Jornadas sobre mujeres y escritura que se organiza desde Puro cuento y se hace en dos oportunidades 1989 y 1991; además se hace el Primer encuentro nacional de escritoras en 1988, ideado por Libertad Demitrópulos y se hace el I encuentro internacional de escritoras en Rosario en 1998, promovido por Angélica Gorodischer; el que a su vez, se repite en el año 2000 y 2002. En estos encuentros se pensó y reflexionó sobre ese “malestar sin nombre” que hallaba palabras al mostrar las jerarquías de género, la construcción de los roles e identidades de género y la injerencia de las representaciones culturales en ellas. Estas tres acciones de índole cultural y política, permiten pensar a estos encuentros como espacios de intervención feminista. Hubo conferencias, lecturas y perfomance. En las mesas de debate, se fueron desarmando las certezas del enunciado “literatura femenina” a través de preguntas disruptivas, provocadoras y estimulantes. Nelly Richard se pregunta si tiene sexo la escritura, Martha Mercader ironiza diciendo que si el hábito hace al monje, los roles femeninos hacen a la mujer, Lea Fletcher pone en duda la existencia de una literatura femenina, Angélica Gorodischer no la niega, la desarma: hay literatura femenina escrita por hombres, hay literatura femenina con permiso, hay literatura masculina escrita por mujeres, hay… pero es asertiva al afirmar que mujeres escritoras ha habido siempre. Los argumentos contienen ideas que habilitan el cuestionamiento de la lectura unívoca entre el sexo, la identidad y la obra. A pesar de las diferencias que hay en los debates y relatos que han quedado de estos encuentros, existen ciertos acuerdos vigentes hoy en día tales como el sexismo existente al interior del sistema literario, la necesidad imperiosa de cuestionamiento hacia el canon masculino, la re lectura de las escritoras canónicas, la lectura de obras de escritoras olvidadas. Nelly Richard, (2018) sin ir más lejos, dibujaba dos líneas críticas- una hacia el análisis de la dominancia de lo masculino y la otra hacia la puesta en evidencia de los puntos de fuga- que aún hoy permiten organizar los modos de leer, a pesar de la multiplicidad y heterogeneidad del presente. 
Con los años, los estudios de género o de las mujeres se establecen en los ámbitos universitarios, y, no sin luchas, las mujeres desde la academia defienden esos espacios. Decir feminismo era prácticamente una condena en los ámbitos académicos y el movimiento feminista no tenía la masividad que ganó en el siglo XXI. Poco a poco, el pensamiento feminista fue cambiando de “mujer” a “mujeres”, a “género”, a “géneros”, a “disidencias”, a “trans*”. Urge la necesidad de inclusión /visibilizarían de las diferencias: negras, chicanas, lesbianas, gays, travestis. Algunxs toman la palabra. 
En 2015, irrumpe Ni una menos, las marchas en contra de los femicidios y a favor de la despenalización y legalización del aborto adquieren una masividad nunca vista. Las agrupaciones feministas se multiplican y con ellas, los colectivos de escritoras, de actrices, de periodistas, entre otros. Temas como las identidades fluidas, las violencias, el aborto, la educación sexual integral están en la agenda política, en las agendas de los medios, en las redes, como si toda la sociedad se depertara masivamente de una vez y para siempre. En este contexto, escritorxs de diferentes generaciones alzaron una voz feminista. A las escrituras imprescindibles de Sylvia Molloy, María Moreno, Cristina Peri Rossi, Clarice Lispector, Diana Bellesi, Alejandra Pizarnik, Diamela Eltit, entre tantas otras; se le suman Mariana Enríquez, Camila Sosa Villada, Lina Meruane, Gabriela Cabezón Cámara, Selva Almada, Dolores Reyes. Y podrían agregarse muchas, muchas más. “Todes queremos decir algo, participar, leer, escribir, levantar la voz, producir pensamiento, lanzar una consigna, recitar un poema” (Domínguez, 2020, p. 81) dice Nora Domínguez, quien participó de los encuentros de escritoras de los 90, quien introdujo una mirada renovadora sobre la literatura argentina al leer desde las teorías feministas y hoy acepta el desafío de pensar el presente en el que el activismo feminista traspasa los límites de la militancia, la academia, la literatura, la crítica.
La escritora que en el siglo XX alzaba una voz solitaria, que se esforzaba por tejer redes con otras escritoras, si es que no caía en el olvido; hoy pasa a tener otra visibilidad tanto en los ámbitos de la cultura como en los feminismos, en los espacios de consagración literaria y en los que están al margen de las instituciones y del mercado. En este sentido, en el siglo XXI, la multiplicidad de voces de escritoras feministas retoma la experiencia política del feminismo, lo reinventa y obliga a re pensar los vínculos entre lo político, la literatura y el feminismo. Es decir, hay escritoras, hay narrativas, poemas, obras de teatro que provocan el pensamiento feminista desde sus transgresiones, subversiones o líneas de fuga; pero no debemos olvidar que la literatura nos conecta con algo del orden de lo afectivo y de lo estético que siempre se escapa y la etiqueta feminista, contra su propio sentido liberador y revolucionario, podría obturarlo o negarlo. Para terminar, elijo las palabras de Domínguez, quien dice respecto del presente que “en esta condición feminista de la cultura se está en la acción mientras se está en la palabra. No hay pasaje posible porque se habita ese borde, ese umbral con todos sus movimientos, anclajes y estridencias. Y ese borde es colectivo, por lo tanto, político.” (83-84)

Nota bibliográfica

S. Ahmed (2018). Vivir una vida feminista. Barcelon:Bellaterra. 
S. de Beauvoir. (1997). El segundo sexo. Madrid: Siglo Veinte. 
N. Domínguez (2007). De donde vienen los niños: Maternidad y escritura en la cultura argentina. Rosario: Beatriz Viterbo.
N. Domínguez, N. (2020, abril). “Acciones colectivas, actos reflexivos: Pensando la marea feminista”, El lugar sin límites. Revista de estudios y políticas de género, 3, Buenos Aires: UNTREF.
P. González, P., & Ortega, E. (1985). La sartén por el mango. Costa Rica: Ediciones El Huracán.
K. Millett (2017). Política sexual. Cátedra : Valencia.
N. Richard (2018). Abismos temporales: Feminismo, estéticas travestis y teoría queer. Metales pesados: Santiago de Chile

mención de responsabilidad

Tania Diz 

Vista gráfica de relaciones

02/10/2021

Fecha publicación

16/04/2026

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