“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que... contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos posibles. Y allí, desde los feminismos contamos con un paradigma de pensamiento que tiene sus ideas, sus debates y sus polémicas. Las entradas contienen la heterogeneidad propia de un discurso que pendula entre lo académico y lo militante, además de que son entradas dinámicas, en constante actualización. Este léxico ha tomado como base el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Gamba y Tania Diz, en 2020 y editado por Biblos.
No existe un campo autónomo que se denomine “teoría literaria feminista”. Es decir, un conjunto de herramientas, un cuerpo de conceptos y un método específico que provean modelos de análisis, tipos de lecturas o fijen un dominio de temas y objetos. En este espacio confluyen una serie de perspectivas críticas, diversos préstamos disciplinares (historia, sociología, filosofía, etc.) que asumen en diferentes contextos históricos la puesta en marcha de determinados paradigmas de lectura. La teoría literaria que intenta pensar la construcción del régimen de las diferencias sexo-genéricas, es decir el sistema heteropatriarcal en los textos pero también en las instituciones y agentes que regulan y definen lo literario, se sitúa en los cruces de algunas de estas perspectivas y disciplinas y dirime con ellas los alcances de ambos presupuestos (los sexuales y los literarios). Es innegable que la aparición de los estudios de género produce un cimbronazo epistemológico en este campo y con él muchas críticas y resistencias. Toda teoría literaria se sostiene en alguna definición de la literatura y esta es una dimensión lábil, expansiva y litigiosa. Por eso, dicho en términos simples, la teoría busca explicar cuáles son los diferentes modos de leer o las diferentes concepciones de lo literario que se comparten y disputan en cada momento histórico.
La interrogación feminista abrió una serie de preguntas sobre la literatura que abarcan sus diferentes instancias de producción, recepción e intervención y que iluminaron zonas no reconocidas hasta los años 70 como objetos de análisis. El alcance de estas acciones y reflexiones abarcaron tanto aspectos formales como institucionales: los textos literarios y críticos de todas las épocas, las colocaciones sociales de escritores y escritoras, la construcción textual de personajes y voces, los sistemas de valoración estética, entendidos como cánones de distribución de prestigio, los aparatos de legitimación que fueron fijando definiciones y conceptos (desde las academias a los mercados) y también el devenir de las formas, su experimentación y sus codificaciones en géneros literarios.
Las preguntas fueron variando con el correr de las décadas. Resultaron operativas para desmontar configuraciones misóginas de los discursos, para examinar la construcción y reproducción de formas estereotipadas femeninas o masculinas, se atrevieron a imaginar que una escritura podía definirse como femenina y desde allí encarar rupturas en los modos de organización de las textualidades, descubrieron ingresos diferenciales en el acceso a la profesionalización literaria, se preguntaron por la lectura como instancia fundamental de una perspectiva feminista, advirtieron sobre los usos del doblez como gesto de escritura o del desvío como resistencia textual. Algunas de estas miradas críticas pronto revelaron sus límites; unas más rápido que otras. Finalmente dentro de un espectro de interpretaciones plurales se fueron imponiendo modos de leer que consideraban de manera problematizadora los niveles textuales de entramado y acción de los sentidos, punzando cualquier relación directa entre texto y contexto o proponiendo el concepto de género como una tecnología que operaba acentuando las fisuras culturales e ideológicas de todo producto textual.Así es como el concepto de tecnologías de género, elaborado en 1989 por la teórica Teresa de Lauretis irrumpió como una categoría muy útil para una relectura de las representaciones y narrativas culturales, de las teorías de la subjetividad y de la textualidad, necesarias para pensar tanto las instancias de escritura como de lectura. Mientras el ensayo desde una perspectiva que combinaba teoría, política, psicoanálisis y análisis semiótico cultural, desarrollaba una reformulación sobre cuál era el sujeto de la teoría feminista, intentaba pensar la sexualidad y el género no como propiedades de los cuerpos sino como efectos de sentido producidos en los cuerpos para disponer y valorar sus intercambios en posiciones discursivas específicas. Siguiendo una clara línea foucaultiana, elaboró una teoría que planteaba la idea de tecnología como dispositivo de representación y autorrepresentación del género, resultado de varias tecnologías sociales, como el cine, los discursos institucionales, las epistemologías y las prácticas literarias y/o críticas y las mismas teorías con poder para controlar el campo de las significaciones sociales e incluso para implantar nuevas. Esta teoría feminista del género postula a un sujeto múltiple más que dividido o unificado y excesivo o heterónomo. Pero también entiende a la textualidad como una construcción compleja que deja ver las formas de lo decible y lo visible, lo no dicho o que aún no puede verse, tiene en cuenta las formaciones hegemónicas pero también las que fluyen en los márgenes del poder. Propone una deconstrucción de las configuraciones cristalizadas del género y su posible reconstrucción con el objetivo de crear nuevos espacios discursivos, otras narrativas que incluso se deslicen hacia “otra parte”, impensable en cada situación pero que aloje la posibilidad de diferentes relatos y categorías de pensamiento, formas utópicas del aquí y ahora, de sus puntos ciegos o sus fuera de plano.
De Lauretis hace una apuesta teórica, da cuenta de su productividad y persigue no solo a su reelaboración epistemológica sino a su adecuación y acción política. Su traducción en la Argentina en 1996 dio pie a un uso muy extendido en los estudios sobre arte, cultura y género y sociología de la cultura que influyó en la reflexión teórico y crítica de esos campos.
El trabajo teórico implica reflexión o autorreflexión sobre las diversas instancias de lo literario. La crítica literaria, por su parte, es la práctica que precisa siempre detenerse, ocuparse, focalizarse en textos o problemas literarios para constituirse performativamente como lectura, como toma de posición. Desde la crítica literaria en su versión latinoamericana se interpelan los aparatos teóricos que provienen del centro cuestionando el lugar de margen o periferia que, en general, se le adjudica. La intervención feminista arbitró en ambas dimensiones -crítica y teoría-, sacudiendo el plano de los conceptos teóricos y desplegando los posibles niveles de la lectura y la interpretación.
Desde la academia norteamericana en la década del 80 algunas intelectuales leyeron con inteligencia y lucidez la literatura mexicana (Jean Franco) o la argentina (Francine Masiello) ofreciendo lecturas integradoras de los avatares de los géneros en esos sistemas literarios que aún siguen vigentes. Franco propuso pensar las prácticas artísticas y culturales de las escritoras y feministas como formas de lucha por el poder interpretativo de los signos culturales y, a través de esas apropiaciones dirimir cuestiones de autoridad y jerarquía. A lo largo de las décadas, el concepto se nutrió de contenidos nuevos de acuerdo con las diferentes situaciones de desigualdad o injusticia, protagonizadas por distintas intersecciones identitarias o con las renovadas emergencias de violencia política o institucional que Jean Franco fue registrando y actualizando en sus diferentes libros.
El libro de Francine Masiello Entre civilización y barbarie. Mujeres, Nación y Cultura literaria en la Argentina moderna busca por un lado reponer las voces de militantes, periodistas, escritoras que intervenían en lo público entre 1830-1930, desplegaban sus ideas sobre modelos de estado o sobre ciudadanía femenina, en conflicto con los intelectuales de la época y, por otro, seguía sus derroteros considerando a la categoría “mujer como una construcción de ideología y ficción” desde donde observar las mutaciones del discurso político. El recorrido de las publicaciones y discursos sobre la participación femenina durante un siglo en articulación con los cambios en los regímenes estatales sostenía una idea central: siempre que el Estado se encuentra en transición de una forma de gobierno a otra, o de un período tradicionalista a un programa más modernizante, se registra una alteración en la representación del género. Una idea central para entender los cambios políticos que está en sintonía con lo planteado por María Moreno quien habló de un imaginario sexual-nacional. Como periodista y crítica cultural, Moreno estuvo a partir de los 80 atenta a la producción de las escritoras y a la entrada del pensamiento feminista en la Argentina. Como generadora de proyectos editoriales y suplementos culturales, a partir de los 90 puso su afinada escucha para las demandas de los grupos de la disidencia sexual. Fundadora del primer periódico feminista alfonsina en 1983, fue también promotora del primer periódico travesti (El Teje) o entusiasta lectora de las acciones urgentes e intempestivas de la militante travesti Lohana Berkins sobre quién escribió las semblanzas más lúcidas. Otro de sus temas centrales fue el uso de los cuerpos de las mujeres durante el terrorismo de Estado (tema sobre los que también se interesaron especialmente Masiello, Jean Franco o Nelly Richard). En su libro Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas (2018) dedicado a la figura y la obra de Rodolfo Walsh sobre todo a partir del análisis minucioso de “Carta a Vicki” instala una estrategia de lectura absolutamente discordante con lecturas previas. Si Walsh es un hito fundante de la relación entre estética y política en los años 70, Moreno transforma ese dispositivo simbólico en una relectura feminista a la que le fabrica una descendencia femenina con la producción de escritoras (Matilde Sánchez, Marta Dillon, Albertina Carri, Mariana Eva Pérez, Lola Arias) cuyas obras se vinculan con las ficciones y los testimonios derivados del terrorismo de estado y de esa manera ellas se convierten en las auténticas herederas de Walsh.
Una categoría que encaró giros renovadores en los modos de leer la literatura, sus objetos, instituciones y actores fue el de “Las tretas del débil”, perfilado por Josefina Ludmer para leer un texto clásico como era la “Respuesta a Sor Filotea” de Sor Juana Inés de la Cruz. Próxima a las posibilidades críticas de los estudios culturales y los estudios subalternos Ludmer se metía con un clásico y acertaba con una expresión que fue fundante para estudios futuros sobre sujetos subalternos. La estrategia de lectura lograba acoplar y desacoplar sentidos que tensionaban saberes centrales y otros plebeyos como, por ejemplo, la teología con el saber de la fritura, impugnar los lugares comunes y anudar sentidos nuevos que permanecerían en la actualidad crítica hasta hoy. Ludmer asumía la politicidad de los discursos. La treta era el mecanismo por el cual un débil cualquiera, una víctima, un otro-otra podía dar vuelta el campo del decir, tomar la palabra para desde la artificiosa sumisión, virar hacia un nuevo antagonismo. De modo que lo que cuece la treta, nos dice Ludmer, es cambiar “no solo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en él”. Toda una definición que logró imponerse como modelo de lo que es una estrategia de resistencia, más allá de que se haya abusado con este tipo de lectura y con una aplicación recitativa.
Otro nombre se impone al intentar ofrecer el conjunto de figuras representativas que ejercieron la crítica literaria y cultural como una práctica interesada por interpelar el carácter heteropatriarcal de las instituciones y representaciones literarias. Desde Chile, Nelly Richard desarrolló una crítica en términos de acción a partir del presente y sobre el presente, teniendo en cuenta siempre la relación con el pasado como lugares de tensión y problematización. Su participación estuvo interesada en los cruces plurales, a los desplazamientos múltiples entre las escenas de vanguardia, el feminismo, las reconversiones estéticas de las prácticas políticas mirando el cúmulo de intersecciones entre lo culto y lo popular, el margen y el centro, lo global y lo local, la calle y la academia, lo estético con lo político y lo sexual disolviendo el enfrentamiento de los términos dicotómicos e interrogando siempre sobre cuál es el papel del intelectual en esas actividades. La crítica de género de Richard se propone a un tiempo como cultural y política. Su obra surge bajo los años de la dictadura pinochetista y su mirada está atenta a los grupos vanguardistas que interrogan con prácticas alternativas ese poder hegemónico. Su pensamiento continuó explorando la escena chilena de la transición y el neoliberalismo poniendo el foco de manera privilegiada en las políticas de elaboración y reconstrucción de la memoria, en las huellas del trauma y en las reconfiguraciones estéticas del duelo. Interesada en ordenar categorías y categorizar desórdenes siempre se situó en las zonas fronterizas de la interdisciplinariedad o de los cruces discursivos. Se preguntó tanto si “tiene sexo la escritura” en los 90 cómo por la índole de los materiales estéticos, sus formas y sus descolocaciones e intersecciones con los diferentes poderes.
Atenta a cómo la escena cultural vio llegar la fuerza de las disidencias sexuales y sus interrogaciones al feminismo, se sumó a esas demandas con un pensamiento siempre interesado, lúcido y crítico. Su tenaz posición por hacerse cargo de cuáles son los discursos, prácticas y cuerpos que avanzan sobre lo público y sus poderes desemboca en una posición comprometida con producir pensamiento alrededor de las luchas del movimiento estudiantil y del feminismo que irrumpe en las calles chilenas con la insurgencia de setiembre de 2018 tratando de analizar sus consignas y la índole retórica y corporal de sus protagonistas. La obra de Nelly Richard reunida en varios libros es un hito ineludible de un tipo de crítica cultural que revisa los agenciamientos de sentido, sus atravesamientos múltiples preguntándose por las notas que en cada época insubordinan los signos y las formulaciones incompletas de toda temporalidad.
La crítica de género es, según ha dicho Nelly Richard, material de intervención en la academia y fuera de las aulas, práctica discursiva que inscribe y se inscribe sobre los cuerpos. Como el resto de las críticas que hemos mencionado toma partido sobre textos y lecturas, se hace preguntas puntuales sobre archivos específicos y no le interesa indagar los altercados del género como un relato que se autoabastece sino como una flexión que ensancha los sentidos, según formuló la escritora y crítica literaria Sylvia Molloy. El término flexión implica atender de manera aguda e irónica a las torsiones del discurso que los textos literarios proponen. Por eso para Molloy el análisis del género debe ejecutar lecturas que no confirmen las dicotomías sexuales sino que provoquen la salida tensa y compleja de lo invisibilizado o el camino hacia lo que parece un anticipo o una promesa que aun no toma forma. Molloy leyó a clásicos como Sarmiento, Martí o Wilde buscando en las zonas más insospechadas de sus escrituras afeminamientos de las miradas o simulaciones vergonzosas y descubriendo pactos y poses sociales. Con estos instrumentos de lectura abrió productivamente la posibilidad de pensar determinados autores y períodos, vinculando la ecuación visibilidad/invisibilidad y los conatos ideológicos subyacentes que cumplían con la patologización de sexualidades disidentes. Estos conceptos le sirvieron para tensar los binarismos, situarlos en sus contextos de producción y aplicar sobre ellos los desplazamientos de la flexión para así también abrir “el closet de la crítica”. Molloy además de revisar con agudeza las genealogías de escritoras y sus inclinaciones a diversas estrategias de autoficción, escribió en 1981 una de las ficciones lesbianas casi inaugural de la literatura argentina con la novela En breve cárcel. Su actuación tomó los dos caminos: la literatura y la crítica. Desde entonces los nuevos imaginarios sexo-políticos se abrieron lugar en la crítica latinoamericana en una la lista interminable de nombres y ficciones teóricas muy creativas que se expandieron y configuraron las distintas capas de sentidos que fueron hojaldrando los nuevos aparatos de lectura.
En resumen, la teoría literaria no se identifica estrictamente con la crítica. La crítica es el campo de operaciones donde la teoría actúa, prestando atención a sus presupuestos de lectura, al carácter situado de la elaboración de sentidos y a sus efectos en el terreno de la política y la cultura. Pero es la literatura la que ofrece a ambas las ficciones o registros (poéticos, testimoniales) necesarios donde voces, tonos, posiciones o acentos fraguen las estéticas que habitan una determinada ecuación espacio temporal. Son las nuevas voces, formas o experimentaciones literarias, con sus arrastres corporales y afectivos los que van dando las diferentes pulsaciones de un nuevo reparto de lo sensible que va tomando lugar empujando y mezclándose con lo político. Pero es la crítica que lee de múltiples maneras los textos, a sus autores, relaciones, genealogías, sus modos de agruparse o sus sistemas de diferenciación y singularidad la que produce conocimiento sobre estas dimensiones. El registro teórico puede a su vez continuar la reflexión y generar otro tipo de saber. El carácter feminista de ambas prácticas construye capas de saberes politizados sobre las sexualidades (hegemónicas o disidentes, heterocis patriarcales o trans), sus transformaciones, conflictos y disputas.
De Lauretis, Teresa (1996), “La tecnología del género”, Mora N.º 2, Buenos Aires, Noviembre.
Franco, Jean, (2013). Ensayos impertinentes. Selección y prólogo de Marta Lamas. México, Debate feminista
Ludmer Josefina. (1985) “Las tretas del débil”. En González, Patricia y Eliana Ortega La sartén por el mango. Puerto Rico, Ediciones El Huracán, págs. 47-54
Masiello, Francine, (1997). Entre civilización y barbarie: Mujeres, Nación y Cultura literaria en la Argentina moderna, Rosario, Beatriz Viterbo.
Molloy, Sylvia, (2000). “La flexión del género en el texto cultural latinoamericano”, Revista de Crítica Cultural, Nro 21. noviembre, pp-54-55
Moreno, María (1994). “Dora Bovary (El imaginario sexual en la Argentina del 80” en VÉASE Ludmer, Josefina (comp.) Las culturas de fin de siglo en América Latina Rosario, Beatriz Viterbo Editora, págs. 115-127.
Richard, Nelly (1994). La insubordinación de los signos (cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis). Santiago de Chile, Cuarto propio.
NORA DOMINGUEZ
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