“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que... contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos posibles. Y allí, desde los feminismos contamos con un paradigma de pensamiento que tiene sus ideas, sus debates y sus polémicas. Las entradas contienen la heterogeneidad propia de un discurso que pendula entre lo académico y lo militante, además de que son entradas dinámicas, en constante actualización. Este léxico ha tomado como base el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Gamba y Tania Diz, en 2020 y editado por Biblos.
La noción de “Lenguaje” refiere, desde el punto de vista lingüístico, a la capacidad humana de producir símbolos que hacen posible el conocimiento del mundo y la comunicación. Por ende, el lenguaje y la vida se asocian inextricablemente. Esta capacidad es universal y abstracta, y es propia del género humano, siendo la principal cualidad distintiva del animal humano respecto de la totalidad de los animales no humanos, y de todo lo no humano en general. En el marco de la ciencia lingüística moderna, el lenguaje alude al simbolismo verbal, sistema de doble articulación entre sonidos y sentidos, que puede describir y explicar otros sistemas significantes como los del arte y el cuerpo -dada su capacidad metalingüística-; pero su multiplicidad heteróclita y multiforme no se reduce al logos -pensamiento y palabra- o al mundo nombrado, sino que diferentes sistemas de figuración y expresión -gestos, trazos, imágenes, voces, sonidos- configuran sistemas semióticos de los que derivan discursos, narrativas y sentidos configuradores de nuestra experiencia en diferentes planos de percepción y sensibilidad, conceptualización, comunicación o conocimiento. El lenguaje ordena y categoriza el mundo, al tiempo en que lo crea significativamente y lo transforma.
Situadxs en el horizonte teórico de los estudios sobre el lenguaje desde una mirada historiográfica, es importante interrogar diferentes enfoques teóricos que piensan la experiencia de transmisión cultural en tanto articulación simbólica del cuerpo social en el tiempo y en el espacio: sociedades, comunidades, lenguas, se organizan mediante estructuras fuertes -por ejemplo, los sistemas de escritura- que dan identidad a los grupos humanos, permitiendo la perdurabilidad de sus historias y memorias.
Tal como lo expresa Williams (1997) desde el espacio de los estudios culturales marxistas, hasta el siglo XVIII las investigaciones sobre el lenguaje se fundamentaron en la separación entre el logos y la realidad, o entre la conciencia y el mundo material, por lo cual las investigaciones filosóficas persistieron por siglos en sus bases idealistas. Ya desde el Cratilo, Platón postulaba en la antigüedad que el problema del lenguaje consistía en la exactitud del nombre que uniera las palabras con los objetos, mediación que se establecía en el reino intermedio de las ideas, y en la forma de una esencia constitutiva de carácter metafísico.
Las primeras elaboraciones sobre el lenguaje como actividad, institución y creación cultural propia del hombre aparecen hacia los siglos XVIII y XIX. Concepciones como la de Herder sostienen que el lenguaje es constitutivo de lo humano: “una apertura del mundo y hacia el mundo distintivamente humana y no una facultad discernible o instrumental” (Williams, 1997: 36). El extraordinario avance de entonces en el campo del conocimiento empírico de las lenguas (desde la episteme de las ciencias naturales) es un movimiento que no puede separarse de la historia política dentro del desarrollo dinámico de las sociedades occidentales durante el período de difusión del colonialismo, dado que la exploración y la colonización europeas difundieron dramáticamente el material lingüístico disponible (cfr. Williams, 1997: 37). Las lenguas vivas indoeuropeas, a partir del encuentro crítico entre las civilizaciones europea e hindú, abrieron todo un campo de estudios comparativos con las lenguas muertas clásicas -el griego y el latín- y otras familias lingüísticas; los mismos procesos ocurrieron con las lenguas amerindias. Este intenso contacto cultural, al tiempo que objetivaba biológicamente al lenguaje en el marco de los procedimientos descriptivos de las ciencias naturales, iba abonando las transformaciones del campo hacia el estudio del lenguaje como un sistema social e histórico, en pleno despliegue de las ciencias sociales y humanas.
Las primeras teorizaciones sobre el lenguaje en tanto estructura social y material histórica aparecen a inicios del siglo XX en la obra de Ferdinand de Saussure, quien vincula distintos materialismos lingüísticos a partir de los aportes de la psicología, la sociología y el marxismo, al elaborar la distinción langue et parole (eg. lengua y habla, o lengua y discurso: aspectos social e individual de la puesta en acto del lenguaje).
La lingüística estructural saussureana da origen a la semiología moderna y reinscribe las categorías y conceptos analíticos centrales de las ciencias sociales y humanas de su tiempo hasta el presente, al pensar la radical arbitrariedad del signo lingüístico, y la importancia del sistema de la lengua (y de todo sistema significante) en la articulación de la dimensión social de la existencia y de la identidad. Por ende, diferencia e identidad resultan funciones centrales del devenir simbólico, y nociones claves para el análisis científico, dada la ontología política del lenguaje en tanto polemos (si pensamos el edificio metafísico de Occidente con Derrida, siendo que allí donde hay jerarquías hay violencia, y se nos impone un sistema de “percepción-conciencia” del mundo no natural ni neutro).
Si realizamos una lectura de los estudios semiológicos post-saussureanos que repiensan la filosofía del lenguaje, el signo, la significación y al propio sujeto en el universo de los símbolos concibiendo al lenguaje en tanto “forma” dada su naturaleza no sustancial (o puramente relacional), es posible trazar un camino que nos permite reconocer en la actualidad resonancias, palimpsestos y transformaciones de las nociones augurales de este campo, post giro semiótico. En este sentido, los aportes de Barthes, pero también de Bajtin, Foucault, y de la semiótica de base peirceana, constituyen aportes centrales que inauguran el análisis “translingüístico” de las prácticas sociales y los discursos. “Hay aquí un desplazamiento en cuanto a la consideración de la centralidad del lenguaje verbal como fuente de interpretación, hacia otros lenguajes con otros soportes y gramáticas de funcionamiento” (Boria et. al., 2016: 14). El llamado giro semiótico se constituye en este desplazamiento y apertura al estudiar el conjunto de la producción social del sentido a través de una multiplicidad de discursos y formaciones significantes. Diferentes vertientes teóricas contemporáneas del análisis de los discursos, y en particular de la teoría feminista, abordan la complejidad del lenguaje como campo o arena de las luchas políticas, cuestionando la división patriarcal de la episteme moderna capitalista, racista y heterosexista y la estructura androcéntrica y sexista del lenguaje, al interrogar otras formas de conocimiento y de vivencia del mundo (Harding, 1996) y por ende otras epistemologías y epistemes posibles. En tal sentido, desde mediados del siglo XX comienza a desplegarse una epistemología feminista del punto de vista (Harding, 1998; Haraway, 1995) y un cuestionamiento a la propiedad lingüística y cultural por parte de las sociedades de estructura patriarcal (Collaizzi, 1990) en la organización de las hegemonías culturales y sexuales.
Un supuesto importante de estos abordajes es que las identidades emergen a partir de una diferencia o abismo constitutivo en el que permanece y se afirma una incompletud o imposibilidad fundante en la configuración simbólica de la realidad, tanto en relación con el nombre que le damos a las cosas como con el sentido elaborado socialmente, fuertemente estructurado a partir de la división genérica. Y esta “alternativa original” cuya gramática es androcéntrica y sexista (Violi, 1991) es el punto de articulación entre las representaciones, las ideologías y la configuración de la subjetividad (es decir que lenguaje, poder e identidad, como lo plantea Butler, se enlazan constitutivamente). Poner nombres y lograr su institución es un acto de hegemonía lingüístico-cultural que establece un contrato gramatical y social específico, el cual se vuelve una matriz normativa de las identidades contemporáneas al contrato, sesgando o abyectando lo que deben ser mediante usos y prácticas “correctas” (más allá de la radical diferencia e irreductibilidad de las cosas e identidades respecto de sus categorizaciones y nombres en el marco de una perspectiva biológica, o de la experiencia respecto de su representación simbólica o cultural). Ejemplo: ser hombre como diferencia con ser mujer, dado que se supone que la norma es excluyente, es decir que el binarismo lingüístico no admite que se pueda ser las dos cosas a la vez tal como opera el género gramatical en base al sexo biológico. “Si la diferencia sexual está por una parte anclada en lo biológico y precede a la estructuración semiótica, por otra es elaborada social y culturalmente” (Violi, 1991: 12). Por ende, “el paso del sexo” -en cuanto biología y dato natural- “al género” -como resultado de procesos semióticos y lingüísticos en la construcción social y subjetiva del sentido-, es precisamente el eje de análisis del “infinito singular” que se inscribe en el cuerpo en todas sus dimensiones, tal como lo plantea Violi. De todas formas no habría “dato natural” posible, porque no hay cuerpo o sexo que no pase por el filtro del lenguaje y por el tamiz de la palabra para ser pensado y significado (por eso es posible decir que poner nombres en un punto mortifica la experiencia, pero hace posible su comunicación al volverla representable o legible).
La gramática de la lengua española, en este sentido, muestra la arbitrariedad de la distinción entre el género masculino (considerado normativamente como universal) y el género femenino o el neutro. Los feminismos profundizan en el análisis de la diferencia tanto lingüística como cultural, aportando a la crítica del código (cuya matriz o estructura es masculina, binaria, jerárquica y heteronormativa) y a la conceptualización teórica del punto de vista feminista, de la diferencia sexual y del cuerpo significante sexuado, que cuestiona el sexismo en el lenguaje dada su estructurancia subjetiva tal como se inscribe y se encarna en el cuerpo en cada singular historia de vida (Harding, 1996; Collaizzi, 1990; Violi, 1991). Esto no ocurre necesariamente con otras lenguas o idiomas, como por ejemplo el mapuche (amerindio); pero la marca del sexo y del género en nuestra lengua cifra la opresión, no necesariamente hacia el factor femenino o hacia el sujeto “mujer”, sino hacia toda otredad o alteridad subalternizada respecto del factor masculino.
A partir de El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1949) se sucede la apertura del vasto campo del análisis feminista en tanto práctica teórica que problematiza las experiencias y saberes particulares situados (Haraway, 1991; Butler, 2002) en tanto praxis. El lugar de enunciación feminista marca el desplazamiento excéntrico como práctica subjetiva que encarna la diferencia sexual y cuestiona los sistemas de jerarquías del lenguaje a partir de las políticas sexuales feministas (Millet, 1970; De Lauretis, 1993; Braidotti, 2005; Butler, 1990, 2001; Boria, 2012), incluyendo el mundo multiespecie y el trans-feminismo cyborg (Haraway, 1983).
La no neutralidad del lenguaje y la no neutralidad de la división genérica patriarcal (Collaizzi, 1990; Violi, 1991) impregna todos los lenguajes y sistemas semióticos -necesariamente impactados por el paradigma de la lengua y por su función estructural metadiscursiva, con eje en procedimientos lógicos, racionales, clasificatorios, selectivos y analíticos- que demarcan fronteras de identidad. Tal organización de la economía lingüística y significante sobre la vida social impacta a su vez toda puesta en discurso por parte de lxs sujetxs particulares. Las imágenes, la publicidad, el cine, internet, los mitos y los estereotipos sexuales, de género, icónicos y culturales, aportan a esta distinción y primacía del modelo hombre / mujer heterosexista, blanco, económicamente independiente y emancipado, a fuerza de extractivismo y opresión social, subjetiva y sexual (y no justamente de deseo, decisión, libertad y felicidad de lxs otrxs humanos y no humanos). Es decir que el sesgo patriarcal y de género produce desigualdad y opresión, mucho más allá de la relación masculino / femenino en el orden paradigmático o metafórico del lenguaje, y mucho más allá de los sintagmas y figuras del discurso, con efectos muy reales en nuestras vidas y cuerpos.
El giro afectivo (Ahmed, 2017; Berlant, 1998; Rolnik, 2006) aporta al punto de vista y la teoría feminista la perspectiva de la afección sobre el cuerpo y la experiencia como territorios puntuales y concretos de la necesidad y el deseo (por ejemplo, el hambre) interpelando las pasiones, el sexo, el amor, la crueldad, el sufrimiento, el daño y la violencia, tal como se inscriben en la carne y en nuestras palabras e historias malheridas, entre las fronteras político-poéticas de la intimidad, la vida cotidiana y el espacio público. Los lenguajes y la vida feministas afirman, ante esta supuesta fatalidad dominante, un don de transformación antagonista propio del estallido de lazos históricamente injustos e incluso cruentos y fatales, que urge deconstruir y rearmar desde otras tramas.
Volviendo entonces al análisis del sistema lingüístico en el marco del surgimiento histórico de esta ciencia, tal como lo expone Benveniste (2008) la lingüística surge en tanto campo científico histórico como el intento de apresar ese objeto evanescente que es el lenguaje, creando los modos para analizar de forma concreta su materia insustancial. El lenguaje da vida a la historia mediante la configuración de determinadas lenguas particulares, las cuales constituyen sistemas de significación que categorizan y conceptualizan el mundo según las simbologías y estructuras de sentido propias de cada sociedad, garantizando su transmisión cultural. Por tanto, el lenguaje en tanto función humana (simbolismo), así como las lenguas (o los sistemas y estructuras lingüísticos propios de diferentes sociedades y comunidades), representan la realidad mediante los discursos (que actualizan o revitalizan la lengua en cada acto de habla singular).
En este sentido es que Benveniste -y toda la tradición de la lingüística estructural saussureana- resalta el poder fundador del lenguaje, primera institución humana (Saussure, 1945; Sazbón, 1976). Es en y por la lengua como individuo y sociedad se determinan mutuamente, sostiene el autor. “Y cuanta vez la palabra despliega el acontecimiento, vuelve a comenzar el mundo… La existencia de tal sistema de símbolos nos descubre uno de los datos esenciales, acaso el más profundo, de la condición humana: no hay relación natural, inmediata y directa entre el hombre y el mundo, ni entre el hombre y el hombre… el lenguaje se realiza siempre en una lengua, en una estructura lingüística definida y particular, inseparable de una sociedad definida y particular” (Benveniste, 2008: 30-31). Resulta importante agregar que, analizando la teorización freudiana sobre el inconsciente, Benveniste expresa que el simbolismo del lenguaje no puede reducirse de ninguna manera al simbolismo lingüístico (o a sus categorías “explicativas”, lógicas, racionales, propias del “lenguaje ordinario”). En tal sentido, la retórica onírica estudiada por Freud (“el sueño que habla”, articulado por imágenes como en un filme profundo producido por el inconsciente) constituye un sistema de significación estructurado como un lenguaje (del mismo modo que la función poética) y funciona contra el sistema de percepción-conciencia-comunicación, y contra las categorías conceptuales (o referenciales, “objetivas”) de la lengua. Bajo la apariencia de un encadenamiento incoherente estas imágenes hallan, gracias a Freud, “una especie de significación vinculada a cosas muy hondas” (cfr. Benveniste, 2008: 39). Por eso Benveniste sostiene que una diversidad de humanismos y de lenguas desbordan las categorías explicativas del lenguaje; y “sus significaciones actúan sobre la afectividad” (cfr. Benveniste, 2008: 40), abriendo el tesoro del lenguaje (Saussure, 1945) al tesoro del significante (Barthes, 1990; Jameson, 2004).
Estos sucesivos aportes amplían el horizonte del análisis semiótico hacia los lenguajes del género y los lenguajes y lenguas feministas, asociados a retóricas retorcidas y exuberantes, propias del aparato psíquico y de la dimensión imaginaria en sus diversas fases (fantasmal, figural, simbólica). La teorización lacaniana del signo en tanto despliegue, insistencia y puntuación del sentido en la cadena significante (si pensamos al mismo tiempo el juego de la différance derrideana) problematiza aún más la apertura -o el abismo- de la propia estructura del lenguaje en sus derivas.
Contrariamente a que este tipo de conceptualizaciones en el campo del análisis del simbolismo puedan atribuirse a las más elementales figuraciones del mundo “natural” o biológico mediante imágenes o “metáforas arquetípicas” e incluso primitivas de lo femenino o lo masculino, por ejemplo (tal como lo elaboran Young, Bachelard, Ricoeur), la dominación del elemento masculino se extiende por sobre todo lo diverso, otro y diferente al situarse como referencia primera (arbitrariamente originaria respecto del universo humano) en todo nexo, representación y articulación significante (cfr. Violi, 1991: 121). En particular, mediante las categorías gramaticales de la lengua, gran aparato profundo que organiza la diferencia de valor semántico en base a la diferencia sexual. En este sentido Violi sostiene que la diferenciación sexual “atraviesa totalmente el plano simbólico del idioma”, decantando sus efectos en la singularidad.
La diferencia sexual en el lenguaje, sesgada desde la perspectiva del sexo biológico, tiene un rol central en la organización del sistema lingüístico, no debiendo ser reducida a “una variable sobre el plano de ejecución de los hablantes” (Violi, 1991: 35) dada su imposible “neutralidad”. No sólo lxs sujetxs encarnan su enunciación, sino que “la lengua inscribe y simboliza en el interior de su misma estructura la diferencia sexual, de forma ya jerarquizada y orientada” (Violi, 1991: 36); y esta simbolización se sostiene centralmente en la categoría de género, con efectos semánticos y significantes “ligados al cuerpo” -mucho más allá del formalismo gramatical que toma como “forma primaria” (universal) el género masculino, ligado al (mayor) “valor” de la experiencia de los hombres sobre la humanidad y sobre el mundo.Dado que “la diferencia se plantea en términos del semantismo corporal, en la frontera entre lo biológico y lo semiótico” (Violi, 1991: 119) esta dehiscencia choca con el simbolismo pre-significante que está en la base de nuestra percepción física, sensorial y emotiva o afectiva (por ende, se aloja en un estrato o plano profundo que preexiste al orden conceptual del mundo). Es decir que la diferencia sexual es una categoría básica de nuestra percepción física y corporal, y por ende de la lengua, de la identidad (siempre cortada y sesgada por la jerarquía masculina y patriarcal) y de sus múltiples formas de expresión.
En este marco, nos interesan especialmente los aportes de Adriana Boria (2012, 2013, 2014) en su crítica de los lenguajes y las prácticas teóricas desde la perspectiva de su función social, en tanto concibe nociones como la de “lenguajes de género” y “lenguajes feministas” (Boria y Boccardi, et. al., 2014, 2016) para abordar el estudio del funcionamiento e impacto de los discursos y lenguajes contemporáneos críticos (con énfasis en la dimensión antagonista y política de la praxis feminista), y de sus efectos performativos en lxs sujetxs de la actualidad.
La complejidad de estos abordajes hace necesario retomar la tradición de la lingüística saussureana (o de la semiología estructuralista moderna), para situar las elaboraciones de la translingüística barthesiana en su fase postestructuralista -desde el “paradigma infinito de la diferencia” (Barthes, 1997; Enrico, 2017) cuya estructura es “francamente indecidible”-; más los aportes del giro semiótico que teoriza la multiplicidad de sistemas de expresión y significación del mundo de la cultura (Bajtin, 1985; Lotman, 1998; Angenot, 1998). Demarcando estos aportes teóricos, Boria toma la noción de lenguaje -en el horizonte de la teoría y la filosofía del lenguaje contemporáneas- en el sentido derrideano del término: en tanto “sistema productivo” pero simultáneamente como un “sistema reductivo y jerarquizante”, llamando a la deconstrucción del sistema metafísico de jerarquías significantes, propio del falogocentrismo del lenguaje occidental (Derrida, 1989). También toma la noción de performatividad de Austin (es decir, del campo de la filosofía del lenguaje), incorporando además la concepción pragmática de Judith Butler (quien “lo asimila al rito en tanto acción y repetición”, lo cual analiza especialmente en relación con la performatividad del género).
En términos de la mirada pragmática de la filosofía del lenguaje, para Wittgenstein (1988) el lenguaje es una forma de vida en su plena dimensión gestual, corporal, visual y material (cfr. Arfuch, 2018), cuyos juegos arman escenarios con efectos performativos en todas las instancias de la existencia. Retomando estas conceptualizaciones, es importante señalar que “las teorías feministas revisan la productividad de los lenguajes sociales como marco interpretativo de sus problemas teóricos” (Boria et. al., 2016: 14) desde el contante activismo que producen las prácticas (culturales, económicas, académicas, artísticas, sexoafectivas, políticas) en los diferentes planos de la experiencia social y subjetiva. Una línea comienza con el feminismo francés (Cixous e Irigaray) y se continúa con De Lauretis y Butler entre los años 70 y 80 del siglo XX, junto a la teoría postcolonial (Spivak, Anzaldúa) y decolonial (Lugones). Desde aquí en adelante, el reconocimiento del impacto de los lenguajes -entendidos como inscripciones simbólicas- en la esfera pública ha sido muy estudiado -continúa Boria-.
Butler (1997) nos lleva a interrogarnos por las formas en que el lenguaje nos hiere, pero también por las formas en que nos constituye como sujetxs, interpelando y configurando nuestros cuerpos en tanto cierta existencia social sin la cual los cuerpos serían estrictamente inaccesibles al mundo; en tal sentido es que el lenguaje tiene efectos políticos constitutivos sobre las identidades (algo que la teoría queer intenta justamente desligar de los efectos mortíferos del androcentrismo y del heterosexismo de la lengua y del poder falogocéntrico junto al velo patriarcal (Cixous y Derrida, 2001), al indagar la existencia de identidades, sexualidades y géneros “otros”, violentados, sesgados o “raros”.
Tal como lo expone Patrizia Calefato (2008), la repetición, en el corazón metropolitano, de lo que la teoría postcolonial define como traducción cultural (es decir, de la confrontación antagónica y violenta, en el campo del lenguaje, entre dominadores y excluidxs o subalternxs) fue visibilizando en la gran escena académica y social mundial las complejas relaciones entre el poder lingüístico, cultural, material, y sus efectos en el orden del discurso (cfr. Calefato, 2008: 135). En tal sentido, el efecto de repetición en la diferencia marca la diferenciación en tanto discursividad específica y antagonista; y esta práctica se revela en tanto alteración (o amenaza) frente a las identidades hegemónicas sedimentadas en el cuerpo social.
La extensión del concepto de “traducción cultural” desde el lenguaje verbal hacia otros lenguajes y hacia la cultura se produce con la aparición de términos de raigambre bajtiniana (Boria, 2016: 32), y los feminismos elaboran especialmente el gesto de la traducción lingüística y cultural en la clave hermenéutica crítica de la diferencia que produce desigualdad y opresión (racial, sexual, económica, social), aportando a una crítica de los sistemas de hegemonía de las sociedades contemporáneas a través de la relectura y reapropiación de textos claves de la tradición logocéntrica occidental (cfr. Boria, 2016) tales como Marx, Freud y Lacan.
Al analizar las operaciones de traducción cultural entre-lenguas desde una perspectiva post-colonial -en particular, la traducción feminista en el campo de los estudios literarios de la academia norteamericana- Elena Basile (2008) sostiene que la(s) lengua(s) presentan en su devenir histórico y en sus diversas temporalidades “cicatrices” o marcas de heridas provocadas por las históricas opresiones y violaciones ejercidas por los poderes heteronormativos, androcéntricos y coloniales de la cultura (cfr. Basile, 2008: 20): marcas y narrativas que enmarcan y exponen singularmente el arte feminista y las prácticas y lenguajes feministas en general, contra la herida colonial y patriarcal.
En el marco del crecimiento del feminismo radical, negro y “de color” del tercer mundo estadounidense hacia los años 70 del siglo XX, en el contexto anglosajón crece la crítica al sistema de sexo/género (Rubin, 1975) como estructura de clasificación, estratificación, división y desigualdad que produce y reproduce la opresión de las mujeres en el sistema social; en relación con lo que Firestone (1970) denominó “la dialéctica del sexo” en el sistema conceptual y cultural de jerarquías hombre/mujer; masculino/femenino como estructura de valoración y distribución del sentido patriarcal de la vida en sociedad, mediante prácticas de abyección, violencia, opresión y subalternidad.
Por otro lado, hacia los años 80 la noción de écriture feminine elaborada por Hélene Cixous había permeado el campo de los estudios de traducción mediante el análisis de las subversiones lingüísticas de las convenciones y codificaciones binarias del género y de la propia feminidad: es decir, del lenguaje patriarcal. La inscripción singular del cuerpo y de la diferencia de género en la lengua y la significancia textual es elaborada por el feminismo francés de la diferencia (Luce Irigaray, Chantal Chawaf, Julia Kristeva).
Cuestionando cierta sustancialización de lo femenino o de la identidad y el cuerpo mujer (en relación con los planteos del feminismo radical y del feminismo blanco), Monique Wittig (1977) resalta las marcas de ruptura textual y poética del “universal femenino” mediante la escritura encarnada de una identidad lesbiana “no-mujer”, inscribiendo desde el espacio de enunciación de la disidencia sexual y corporal (lesbofeminista) formas lingüísticas, visuales y significantes eminentemente rupturistas (cuya diferencia implica verdaderas interrupciones de las lógicas de identidad de la violencia heterosexual hegemónica). Del otro lado del océano, y en el marco de las elaboraciones de los feminismos tercermundistas negros, migrantes, diaspóricos, chicanos, lesbianos, la lengua feminista “mestiza” y “deslenguada” (Gloria Anzaldúa, 1987) asume este mismo gesto que encarna la radicalidad de la diferencia sexual y cultural en su singularidad “malhablada” y en su horizonte de comunidad “transfronteriza”, contra la distribución binaria y universalizante del lenguaje en relación con el género, y contra el canon académico anglo, heterosexista, patriarcal y racista. Sólo se puede cortar o matar una lengua salvaje, dice Anzaldúa: no se la puede domesticar o calmar. Al mismo tiempo, las antologías de los feminismos negros aportan a la ruptura del canon y los lenguajes académicos hegemónicos (desde el cruce gender/genre problematizado por los estudios culturales), mediante la interdicción de las imágenes, cuerpos, saberes y poéticas mestizos, disidentes, queer/cuir (emergentes en las “autonarrativas” del locus feminista, centrado en la singularidad y en la alteridad de las experiencias).
En el contexto de surgimiento de la teoría queer (Anzaldúa, 1987; De Lauretis, 1991; Sedgwick,1989; Butler, 1990; Warner, 1993) Butler conceptualiza la subversión de la identidad y los límites discursivos del sexo, a través de los lenguajes del género y las prácticas queer, que para nuestros sures devienen cuir (hooks, Lopes Louro, flores). VER Feminismos del sur.
Una “contra-lengua” feminista deslenguada se configura, en términos de val flores (2010) en el entrelenguas de los cuerpos fugitivos del canon colonial, capitalista, extractivista, necropolítico y heteropatriarcal, en lo que Nelly Richard (2012) analiza como una crítica feminista a la “simbólica del pensamiento” y a la “hegemonía cultural” del poder y el contrato patriarcal, que producen profundas desigualdades y opresión en nuestros sures latinoamericanos.
Desde diversas políticas-poéticas activistas de “ruptura de la tradición del silencio” (Rich, 1990), mediante lenguajes y narrativas que atraviesan todas las matrices y fronteras geopolíticas y económicas globales, la traducción cultural, el arte feminista, las prácticas y la enunciación teórico-política feminista elaboran, mediante los contenidos y formas materiales persistentes de la “revolución feminista”, la discursividad de una justicia viviente (económica, ecológica, epistémica y poética) que pueda nombrarse y definirse a sí misma con voz y percepción propia en todos los planos de la existencia en comunidad (porque ya fuimos suficientemente imaginadas, nombradas y nombrades por otros, perseguidxs, calladxs y muertxs). En tal sentido se afirman, contra toda melancolía, los lenguajes y la transformación feministas en tanto carne, experiencia y crítica cultural translingüística antipatriarcal, anticapitalista, antirracista, anticolonial y antiespecista, en pleno conflicto de miradas antagonistas sobre el mundo actual.
A. Boria (2016) “Operaciones de la teoría feminista”, en A. Boria, y F. Boccardi (Comps.). Prácticas teóricas 2: el lugar de la teoría, Ferreyra Editor – CEA UNC, Córdoba;
J. Butler (1997), Lenguaje, poder e identidad, Síntesis, Madrid; J. Butler (2001 [1990]), El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, Paidós, España;
G. Collaizzi (1990), Feminismo y Teoría del Discurso, Cátedra, Madrid;
D. Haraway (1991), “Género para un diccionario marxista”, en Ciencia, Cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Cátedra, Madrid;
N. Richard, (2008), Feminismo, género y diferencia(s), Palinodia, Santiago de Chile;
G. Y. Spivak (1985), ¿Puede hablar el sujeto subalterno? en Obius Tertius, Año 3, N° 6, Memoria Académica, La Plata, UNLP;
P. Violi (1991), El Infinito Singular, Cátedra, Madrid;
R. Williams (1988), Marxismo y literatura, Barcelona, Península.Violi, Patrizia (1991).
JULIANA ENRICO
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