Léxico crítico de estudios de género y feminismos

Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos...

2021-10-02 Idioma: es 106 términos Borrador
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Hacia fines de la década del ‘90, y de manera en un principio silenciosa y casi marginal, la teoría cultural y política comenzó a verse atravesada por discusiones alrededor de la dimensión afectiva. Si bien la filosofía se había ocupado de la cuestión de manera sistemática desde sus orígenes y las ciencias sociales con perspectiva de género habían hecho lo propio a partir de fines de la década del ‘80 (Arlie Hochschild, Catherine Lutz, Lila Abu-Lughod), lo cierto es que en esos años, y como una suerte de desprendimiento de debates que se produjeron en el marco de las teorías feministas y queer, el análisis cultural comenzó a indagar en cuestiones como la vergüenza, la sentimentalidad, la felicidad o la ira en tanto problematizadoras de supuestos previos, sean estos de carácter estético o político. Presentadas en muchos casos como parte de una reacción al giro lingüístico, estas discusiones colaboraron en el desarrollo de una matriz teórica específica sobre la cuestión que desde un inicio se tejió ensamblada con estudios de caso. Es de este modo que el llamado “giro afectivo” se constituyó en la academia anglosajona a partir de matrices deleuzeanas pero también revisando teorías como las provenientes de la filosofía de la mente, la fenomenología y la tradición marxista. Así es como Brian Massumi, Eve Kosfosky Sedgwick, Lauren Berlant, Patricia Ticineto Clough y Sara Ahmed fundaron un arco de discusiones fructífero donde no necesariamente predominan los consensos. Los rasgos centrales de este punto de vista sobre la cuestión se centran en algunas características que atraviesan sus distintas variantes: los afectos como instancias colectivas, performativas –los afectos actúan- y en tanto responsables del cuestionamiento a una serie de binarismos clave: razón/emoción, interior/exterior, mente/cuerpo, acción/pasión. Que la gran mayoría de estos debates se hayan originado en el marco de los estudios de género y de sexualidades no resulta casual. De hecho, es desde sus orígenes que, por ejemplo, el feminismo ha hecho foco en la cuestión a partir de sus objeciones a la clásica dicotomía patriarcal que vincula lo femenino a la emocionalidad y lo masculino a la razón. Es esta marca asociada al cuestionamiento de los binarismos y del esencialismo la que, junto a una discusión sobre el cuerpo desde matrices renovadas, es desarrollada también por los estudios LGTTBIQAX+ desde donde se desplegaron gran parte de las discusiones del campo como es el caso de los trabajos de Ann Cvetkovich o Carolyn Dinshaw.
Es importante señalar que los diferentes movimientos emancipatorios de mujeres que se gestaron a partir de fines del XVIII –mucho antes incluso de que se utilizara la palabra “feminismo”- impugnaron modos patriarcales de entender, no solo en qué consisten los derechos, sino también qué estrategias utilizar a la hora de desplegar el activismo poniendo en primer plano la cuestión emocional. Recordemos que muchos de los reclamos que fueron conformando los inicios del movimiento –derecho a la educación, al sufragio, a la igualdad de salario- insistieron, no solo en señalar la racionalidad de las mujeres, sino también en diluir la distinción entre emociones y razones encabalgada sobre y con la opresión patriarcal. Así, es pertinente subrayar aquí en el modo en que distintos movimientos de mujeres y más tarde los LGTBIQX+ alteraron qué entender como estrategia política a partir de su certeza en que el orden patriarcal se legitima a través de una configuración afectiva específica que se pretendió inalterable.
Es importante retomar una aclaración clave sobre el vocabulario aquí utilizado que distingue afectos de emociones. Según las definiciones más consensuadas (Massumi, 2002; Gould, 2009), los afectos, entendidos como la capacidad de afectar y ser afectados, pertenecen al orden de la intensidad y del encuentro entre cuerpos. Resultan así desestructurados y pre-lingüísticos y encarnan la capacidad de respuesta ante el mundo. Las emociones, por su parte, son la expresión de tales afectos atravesados por la dimensión cultural expresada en su codificación. Esta distinción no es plenamente aceptada en todas las discusiones producidas en el marco del giro afectivo. En este sentido resulta importante destacar, por ejemplo, tanto las objeciones de Margaret Wetherell o Mariela Solana a la diferencia en sí misma, como el ingreso a la discusión de vocabularios más laxos como el desplegado alrededor de las ideas de ‘sentimientos’ o ‘sensaciones’.
En el caso latinoamericano la apropiación y resignificación de la puesta en circulación de esta perspectiva no solo atañe a la discusión teórica, sino que también se refleja en la producción cultural y, muy especialmente, en el activismo contemporáneo. Sin embargo, es importante señalar que parte de la especificidad del giro afectivo latinoamericano surge también de las matrices teóricas que allí se cruzan. En una región donde desde hace décadas la tradición de la filosofía analítica convive y se articula con la continental –sea la fenomenología, el marxismo o la biopolítica- articulada en el marco de los estudios de género, no es extraño que una perspectiva que se sostiene también en marcos teóricos diversos haya logrado un gran desarrollo.
No resulta llamativo entonces que la especificidad del giro afectivo en Latinoamérica deba encontrarse en el vínculo entre dos ejes clave: un desarrollo propio estrictamente conceptual y el modo en que la dimensión afectiva discutida permea los activismos en la región, particularmente en lo relativo a demandas de género. Si en el primer sentido es notable el modo en que gran parte de las discusiones sobre los afectos ha derivado en estudios sobre el cuerpo –una cuestión que ya venía siendo central bajo otras matrices-; en el segundo es importante distinguir dos movimientos de reflexión y de producción: el modo en que se problematiza la relación entre pasado y presente y el despliegue –también en términos de reflexión y de producción- de intervenciones orientadas, no hacia el contacto con el pasado, sino con el futuro; es decir, debates sobre el papel de los afectos en los procesos de emancipación.
En relación con la primera cuestión es importante distinguir dos sentidos. Por un lado, la reconstrucción de la historicidad de las emociones y del papel de la dimensión afectiva en los procesos políticos y culturales protagonizados por mujeres y por la comunidad LGTBIQX+, un espacio de discusión con importante desarrollo en México, Chile y Argentina donde las discusiones de lxs historiadorxs se enlazan con un marco de discusión particularmente desarrollado en la región como es el de la historia conceptual. Se trata de refigurar el campo a partir de la incorporación de fuentes visuales y literarias a la hora de reconstruir, por ejemplo, el papel del amor en la educación, la construcción de la histeria femenina, las imágenes de la niñez, los celos, las pasiones femeninas, la locura, el rencor y la ira.
Una segunda área de debate en esta línea se refiere a las discusiones desplegadas en relación con la historia reciente de la región. Allí, el giro afectivo es puesto en juego para reflexionar sobre las representaciones visuales y literarias de ese pasado marcado por los crímenes de lesa humanidad, hacer ingresar a la discusión la dimensión afectiva de la categoría de trauma así como el vínculo afectivo de los actores del presente con ese pasado que insiste perturbadoramente en términos de la matriz propia de los estudios de género y de teoría queer. Es bajo este marco donde han resultado notables una serie de trabajos que indagaron en la posibilidad de dar cuenta de la melancolía como un modo, no de recostarse sobre el trauma, sino de transitarlo articulado con la acción. Es decir, encontrar a través del análisis de expresiones culturales, estrategias para mantener esa cualidad de intratable del pasado marcado por el Terrorismo de Estado pero al mismo tiempo afrontar un porvenir. Se trata así de resignificar la idea de resistencia. Este cuestionamiento a la clásica tensión entre afectos positivos y negativos que discute sistemáticamente el giro afectivo es tal vez uno de los rasgos clave de los desarrollos de la región cuando se trata de iluminar cuestiones de género y sexualidades. La desmitificación de la melancolía como supuestamente paralizante -como los trabajos de Natalia Taccetta- y de la alegría como apaciguadora -Valeria Garrote- está presente en gran parte de las producciones y análisis.
Estos modos de poner en funcionamiento la dimensión afectiva a la hora de dar cuenta del pasado no se limitan a las experiencias de las dictaduras de la región, sino que también han tenido un lugar central en las reflexiones y producciones alrededor de las experiencias políticas vinculadas al neoliberalismo y, en el caso argentino, con los efectos devastadores de la crisis del 2001 bajo una perspectiva de género. Es así como Cynthia Francica indagó en términos de afectos las estrategias artísticas de los años ’90 –tanto en casos de producción como de gestión cultural- y Francisco Lemus exploró el modo en que durante esa década marcada por el neoliberalismo las artes visuales de la región estuvieron atravesadas de manera puntual por la crisis del SIDA, un tema que resultó clave en textos fundacionales del giro como los escritos por Deborah Gould.
La segunda instancia de circulación de las matrices teóricas clave del giro afectivo en la región se refieren, no ya a cuestiones vinculadas a las estrategias a partir de las cuales Latinoamérica se relaciona con su pasado, sino el modo en que estas cuestiones atraviesan las reflexiones alrededor del activismo actual. Es decir, planteado bajo una perspectiva decolonial, poner en discusión el rol de la dimensión afectiva en la constitución de mecanismos emancipadores orientados al futuro.
Es importante detenerse en primer lugar en el modo en que desde el feminismo y los estudios de género y sexualidades se pusieron en marcha estas herramientas para analizar las estrategias vinculadas a la lucha por la legalización del aborto en la región y el movimiento contra el feminicido, centralmente en México y Argentina. Allí, colectivos artísticos como Serigrafistas Queer o Mujeres Públicas han desplegado estrategias explícitamente asociadas a la dimensión afectiva del arte, en particular como modo de intervención disruptiva en la esfera pública.
Las aproximaciones desde los estudios del afecto a procesos culturales en Latinoamérica suelen generar perspectivas particularmente sugerentes a la hora de dar cuenta de la constitución de comunidades de modos antiesencialistas. Es en este sentido, por ejemplo, que el crítico brasileño Denilson Lopes se ha centrado en dar cuenta del papel cumplido por el cine de la región en las comunidades LGTTBIQA+ en términos tales como circuitos y redes afectivas construidas entre los realizadores a partir de rupturas de las hetero y homo normatividades.
Pero el rasgo clave que enlaza la especificidad teórica y temática debe identificarse en otro elemento. Se trata de haber encontrado aquí los recursos para evitar analizar la producción artística y la realidad política en términos meramente victimizantes; para adivinar el porvenir, no a pesar del sufrimiento y el dolor, sino con ellos en un enlace fluido y tensionado con otros arcos afectivos.
Este desarrollo de dos caras –la iluminación del pasado, pero también la del futuro- ha sido posible porque el modo en que los afectos son analizados en la región no es en tanto instancias emancipatorias inmanentes que haya que develar a la manera de Brian Massumi, sino centralmente como instrumentos críticos que no hacen a un lado incluso su cruce con la ironía y hasta cierto escepticismo. Es decir, que la tradición vinculada a los estudios de los afectos no se ha desarrollado atendiendo a ciertas interpretaciones que ven en los afectos instancia de deterritoriazación o energías que fluyen más allá de las normas en tanto autónomos e inconmensurables a la manera de Massumi. Por el contrario, el aparato crítico desarrollado en el marco del cruce de teorías desde donde se viene gestando hace tiempo una perspectiva teórica propia tiende a hacer de este campo una suerte de continuación de la teoría crítica por otros medios capaz de iluminar cuestiones como la dimensión corporal, la problematización del horizonte de futuridad –y no su mera liberación-, la hibridez de las identidades, las nuevas tecnologías o el rol de las imágenes.

Nota bibliográfica

Ahmed, S. (2016) La política cultural de las emociones. México: UNAM.
Berlant, L. (2020) El optimismo cruel .Buenos Aires: Caja Negra.
Cvetkovich, A. (2018) Un archivo de sentimientos.Trauma, sexualidad y culturas públicas lesbianas. Barcelona: Ediciones BellaTierra.
Gould, D. (2009) Moving Politics. Chicago: University of Chicago Press.
Massumi, B. (2002) Parables for the Virtual. Durham: Duke University Press, 2002.

mención de responsabilidad

CECILIA MACON

Cómo citar este término
CECILIA MACON (2026). "Afectividad". En: Tania Diz. Léxico crítico de estudios de género y feminismos. UBA. FFyL. Buenos Aires. https://terminologias.filo.uba.ar/vocabs/1021/term/4. Última modificación: 2026-09-25 10:50:58.

02/10/2021

Fecha publicación

25/09/2026

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