“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que... contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos posibles. Y allí, desde los feminismos contamos con un paradigma de pensamiento que tiene sus ideas, sus debates y sus polémicas. Las entradas contienen la heterogeneidad propia de un discurso que pendula entre lo académico y lo militante, además de que son entradas dinámicas, en constante actualización. Este léxico ha tomado como base el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Gamba y Tania Diz, en 2020 y editado por Biblos.
Nace como una filosofía y práctica feminista que entiende la subordinación de las mujeres y la explotación de la naturaleza como parte de una misma lógica: patriarcal y capitalista. Dos formas de dominación que invisibilizan y someten las capacidades creadoras y los derechos de las mujeres y del planeta en su conjunto.
Su principio más importante -según Vandana Shiva, física, filósofa y ecofeminista hindú- es el reconocimiento y el respeto a la diversidad en todas sus formas: planta, animal, todo organismo del suelo, toda forma de comunidad humana, toda cultura...
Las perspectivas ecofeministas ven en los patrones culturales y simbólicos capitalistas y patriarcales los soportes con los cuales se justifica la explotación, tanto de la naturaleza como de la mujer. En tal sentido, la cosmovisión patriarcal plantea como natural e inevitable la dominación y explotación de la tierra, los animales y la mujer.
El capitalismo patriarcal define lo que es producción y traza una línea que deja afuera la creatividad de la naturaleza, de las mujeres, de las comunidades indígenas, de todos los seres humanos, en sus relaciones con el cuidado de la comunidad humana y de su contexto. Todo eso es definido como no actividad, como no productivo.
Asimismo, el pensamiento patriarcal estructura el mundo en dicotomías, serie de dualismos o pares de opuestos que dividen la realidad. Relación jerárquica que separa y jerarquiza: cultura o naturaleza, mente o cuerpo, razón o emoción, ciencia o saber tradicional, independencia o dependencia, hombre o mujer. Pares de contrarios de desigual valor que organizan nuestra cosmovisión de mundo.
Ideología que considera riqueza solamente la dimensión creadora de valor monetario en los procesos de producción, ignorando -por un lado- los efectos negativos que implican las actividades económicas que nombra “productivas” y -por otro- las tareas asociadas a la reproducción humana, la crianza, la resolución de las necesidades básicas, la salud, el apoyo emocional, la participación social. Fuera de la línea de lo productivo quedan el sostén doméstico, inagotable e imprescindible, los cuidados de los más frágiles -bebés y ancianes-, lavar, limpiar, amamantar, ayudar a hacer los deberes, mediar en conflictos, ordenar armarios, consolar, gestionar el presupuesto doméstico… Es una lista invisible -en términos económicos- de trabajos indispensables tanto para el funcionamiento del sistema económico, como para el llamado “homo economicus”, aquel que se presenta a trabajar todos los días, alimentado, lavado, descansado y libre de toda responsabilidad de mantenimiento del hogar y de las personas que viven en él.
Mirada lineal que enaltece a sociedades “más desarrolladas”, aquellas que basan su evolución en el sometimiento de países y culturas con cosmovisiones más pacíficas e integradas a sus entornos naturales. Reviste de superioridad al hombre blanco, occidental, burgués y consecuente al sistema productivo implantado, convirtiendo a los demás seres vivos en deformaciones imperfectas.
La primacía de lo masculino, asociado a la razón, la independencia o la mente, legitima el protagonismo de los hombres, y relega a las mujeres al cuerpo, al mundo inestable de las emociones y a la naturaleza.
De ahí es de donde se puede deducir que las mujeres “no trabajan” y la agricultura de las comunidades indígenas “no es productiva”, aunque esa agricultura indígena signifique, por ejemplo en el año 2010, el 70% de la producción mundial. Sin embargo, es borrada como si no existiese. Lógica que llegó con el colonialismo para apropiarse de las tierras y de los seres humanos que construyeron los ecosistemas. Conquista que se disfrazó de “evolución y educación”. Un supuesto rescate, que encubrió la apropiación de territorios, recursos y soberanías, y justificó la violencia militar, económica y simbólica hacia los pueblos colonizados, a los que se llaman “salvajes”, al igual que a su cultura, a sus modos y medios de subsistencia.
Cercar el territorio y las libertades es la base de una dominación que continúa y avanza sobre la vida misma, donde todo lo que vive se define como materia prima pasiva. “Siglos de inteligencia reducidos a materia prima”, reflexiona Shiva. Y agrega: “si tú produces lo que consumes entonces no estás produciendo… Es por eso que el Producto Interno Bruto (PIB) y el Producto Nacional Bruto (PNB) tienen como pre-condición la destrucción de los ecosistemas porque cuando cortas un árbol tienes crecimiento, si proteges los bosques no tienes crecimiento, cuando represas un río tienes crecimiento, si mantienes un río vivo no tienes crecimiento. Si mantienes la fertilidad del suelo a través de la agricultura ecológica, eso no es considerado crecimiento. Cuando pones fertilizantes químicos y pesticidas, entonces tienes crecimiento. Entonces este es un sistema muy extraño que calcula la destrucción como crecimiento y se convierte casi como en una religión”.
Es decir, en la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas, sino lo que da beneficios. Y de modo cada vez más extremo, la avidez de la economía provoca impactos cada vez más graves y con frecuencia irreversibles. La biodiversidad se reduce, desapareciendo con ella información fundamental para los ecosistemas que han permitido la vida compleja; muchos recursos se agotan sin encontrarse sustitutos; el acceso al agua no contaminada es cada vez más difícil; y crecen las desigualdades en las que una parte de la humanidad –cada vez más concentrada- se enriquece a costa de devastar sin frenos los territorios de los que depende la supervivencia de la otra parte.
La aparición del término ecofeminismo se sitúa en 1974, en el ensayo “El Feminismo o la Muerte”, de la escritora y feminista francesa Francoise D´Eaubourne, cofundadora en su país del Movimiento de Liberación de las Mujeres (MLM), del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), en los primeros años setenta, y promotora del movimiento Ecología-Feminismo, en 1978.
En esa misma década, múltiples y diversos hechos, en distintos lugares y contextos, movilizan a las mujeres a defender la vida. Y lográndolo. Uno de lo más referenciados es el movimiento Chipko (abrazo), promovido por las campesinas de los Himalayas que en 1973 abrazaron los bosques de Garhwal para evitar su privatización y devastación. Así se resistieron a los intereses de las multinacionales extranjeras que amenazaban su forma de vida.
Unos años antes, en 1962, La primavera silenciosa de Rachel Carson, denuncia los efectos de los pesticidas agrícolas, uno de los detonantes del movimiento ambientalista mundial en el que califica de “elixir de la muerte” al DDT. La prohibición de dicha sustancia se logra en ese país en 1972.
En 1975, la boliviana Domitila Barrios Cuenca, dirigente indígena minera, denuncia en México, en la Asamblea del Año Internacional de la Mujer de Naciones Unidas a los dueños de las minas y resignifica la necesaria participación de la mujer en la liberación de su nación. Pocos años después, junto a otras cuatro mujeres inicia una huelga de hambre pidiendo la libertad de los trabajadores mineros presos. Medida que con el pasar de las horas, se multiplicó en miles, desestabilizando y haciendo caer la dictadura de Hugo Banzer en 1978.
Así, en tiempos y lugares donde la violencia institucional y económica no reconoce límites, las mujeres anteponen su cuerpo, voz y presencia. En la mayoría de los momentos claves de la evolución de este movimiento, se advierten grandes desastres o atropellos, en los que las mujeres salen de su cotidiano para mantener con vida los procesos que las sostienen. Su lucha es la defensa de necesidades humanas comunes que sustentan la vida.
En 1980, una gran cantidad de mujeres se reúnen en Estados Unidos, en el primer congreso ecofeminista: Mujeres y Vida en la Tierra, en el que se exploran las relaciones entre feminismo, militarización, salud y ecología.
En los años ’90 se aprecia también una presencia y lucha de mujeres feministas en foros internacionales, cumbres y congresos, por la recuperación de la tierra y el mejoramiento del ambiente, llamando la atención acerca de la tendencia destructiva del paradigma tecno-científico.
Se pone en relieve que si bien el hacer de las mujeres ha sido invisibilizado por su trabajo en lo doméstico, y que el crecimiento económico se define como lo que tiene lugar fuera de la casa, ésta es en realidad la raíz de la economía, la ecología y las actividades de las mujeres, por cuanto que tanto economía como ecología derivan del prefijo “eco”, del griego “oikos” (el equivalente al término “casa” en la Grecia Antigua). Así, el planeta y la economía deberían visualizarse como la casa.
“Las mujeres producen la mitad de los alimentos en los países en desarrollo (en África, las tres cuartas partes), realizan la mitad del trabajo agrícola en Asia, y las tres cuartas partes del mismo en América Latina (la inmensa mayoría de estas mujeres, sin embargo no tienen derechos legales a estas tierras”, puntualiza Lezak Shallat en 1990.
Así como se insiste en hablar de feminismos y no de feminismo, dentro de esta perspectiva se reconocen también diferencias y diversidad. En ocasiones, se trazan dos corrientes ecofeministas, llamando espiritualista a una, y constructivista a otra.
La primera identifica mujer y naturaleza, y entiende que hay un vínculo esencial y natural entre ellas. Se enfrentó a la tecnociencia, militarismo, nuclearización y degradación ambiental, interpretándolos como manifestaciones de una cultura sexista. Petra Kelly (Alemania, 1947-1992) es una de sus referentes. Le siguieron las voces que denunciaron y visibilizaron el desarrollo occidental como contracara de la devastación ambiental, contaminación, y pobreza de las mujeres y de las poblaciones indígenas, víctimas primeras de la destrucción de la naturaleza. Una amplia corriente en la que se ubican a Vandana Shiva (India, 1952), María Mies (Alemania, 1931), Ivone Gevara (Brasil, 1944).
El segundo cree que la estrecha relación entre mujeres y naturaleza se sustenta en una construcción social. Aquí encontramos a Bina Agarwal (India, 1951), Val Plumwood (Australia, 1939 - 2008), quienes acentúan que es la división sexual del trabajo y la distribución del poder y la propiedad lo que somete a las mujeres y al medio natural, cuya víctima es el planeta en su conjunto.
A su vez, Mary Judith Ress dice que el Ecofeminismo es un concepto que combina la ecología profunda con el feminismo radical o cultural. Las fuentes de la ecología profunda serían, fundamentalmente, las llamadas “Nueva Ciencia” (microbiología y física cuántica), “Nueva Filosofía” o “Filosofía de la Ciencia” (cibernética y teoría de sistemas) y la matemática de complejidades (teoría del caos). De aquí se toma una visión holística del cosmos y un nuevo sentido al ser humano; y se recupera la sabiduría indígena, que integra prácticas y espiritualidad en su cosmovisión, la cual conlleva un equilibrio ambiental.
El feminismo cultural o radical -diferente del liberal y socialista- plantea estudiar los mecanismos que utiliza el sistema capitalista para mantener las relaciones de dominación-subordinación que se establecen entre el hombre y la mujer. Conocido como la lucha de sexos, el feminismo radical -liderizado por Francoise D’Eaubonne- vincula la idea de explotación de clase social con la de opresión patriarcal.
Una reconocida influencia se halla también en la arqueóloga lituano-estadounidense Maruja Gimbutas (1921-1994) quien sostiene la necesidad de redescubrir y reencontrar la diosa -la tierra, la naturaleza- para el desarrollo de la especie humana.
No obstante y sin lugar a dudas, es Vandana Shiva una de las voces más claras para comprender el ecofeminismo como opción política y propuesta de desarrollo. Para Shiva el ecofeminismo significa ser feminista y ecologista al mismo tiempo. Es crear espacios de libertad, donde la diversidad y la autonomía sean los valores que guíen las acciones de hombres y mujeres para la construcción de una sociedad socialmente sostenible, señala.
En América Latina -históricamente atractiva por su inmensa biodiversidad- la imposición del capitalismo de los países del Norte en los territorios que nombra conquistados, trajo exclusión, desigualdad social y devastación ambiental. Aspectos recurrentemente abordados de manera separada. Una explotación sistemática que deja a su paso: deforestación, degradación de suelos, contaminación, pobreza, desempleo, subempleo y dependencia. Aquí la lucha de las mujeres es recurrente. Si bien no es ni debe ser una responsabilidad exclusiva -que lo sea es una lógica patriarcal- son usualmente ellas las que advierten y sufren los daños que en su salud y en la de sus hijxs ocasiona la contaminación de agua, tierra y aire.
Por ejemplo en Argentina, en 2012, la primer sentencia por fumigaciones ilegales de agrotóxicos (endosulfán y glifosato) se logra en Córdoba, tras diez años de activa movilización de las Madres de Ituzaingó, barrio sometido a una contaminación cotidiana con graves consecuencias en sus pobladores. Sofía Gatica, parte de esa lucha, fue luego una de las caras visibles y principal víctima de amenazas y ataques, en la resistencia por la llegada de Monsanto a esa provincia. Por mencionar una de las tantas resistencias que surgen en el extenso territorio.
Sin embargo, bajo el nombre de ecofeminismo, encontramos en estas tierras un movimiento con pocos años (su inicio suele situarse en los años ’90) y cuya configuración se viene definiendo y fortaleciendo con las condiciones cada vez más adversas, derivadas del modelo patriarcal-capitalista. En su desarrollo se suelen reconocer dos afluentes: filosofías y teologías de la liberación en sentido amplio y la revaloración de las cosmovisiones originarias.
Es que por un lado han abierto su camino, la ya mencionada Ivone Gevara, teóloga y feminista de Brasil; Rosa Dominga Trapasso y el colectivo Talitha Cumi, en Perú; Safina Newbery y el colectivo Urdimbre de Aquehua en Argentina; Mary Judith Ress en Chile, Graciela Pujol y el colectivo caleidoscopio en Uruguay y Gladys Parentelli, Rosa Trujillo y el colectivo Gaia en Venezuela.
Por otro, se escuchan cada vez con más fuerza las voces de las mujeres de pueblos originarios, que si bien su visibilización es más notable en los últimos años, han sido y son las protagonistas de innumerables defensas de derechos y territorios. Es así, que junto con la conciencia ambiental y la equidad de derechos, las prácticas y manifestaciones en defensa de la soberanía alimentaria y el buen vivir (ver Buen Vivir) de los pueblos originarios llegan generando una nueva conciencia.
Cada día es más urgente la necesidad de despatriarcalizar y descolonizar la construcción de la historia y el conocimiento, lo cual exige un esfuerzo cotidiano para liberarse de las estructuras que inferiorizan el saber no académico. Y a la vez que la consigna “piensa globalmente, actúa localmente” se multiplica generando acción y cohesión en diferentes puntos del Abya Yala y del mundo; el calentamiento global, catástrofes ambientales y el planeta atravesando una pandemia, dan cuenta de que la explotación y el extractivismo deberían dejar de ser los pilares de nuestras sociedades.
Muchas veces se advierte que el ecofeminismo mal percibido corre el riesgo de ser funcional al pensamiento patriarcal, que históricamente ha impuesto un vínculo entre mujer y naturaleza, preservando su división sexual del trabajo. No se trataría de encerrar de nuevo a las mujeres en un espacio reproductivo, ni de responsabilizarlas de rescatar el planeta y la vida. Se trata de hacer visible el sometimiento, señalar las responsabilidades y corresponsabilizar a la humanidad en su conjunto en el trabajo de la supervivencia.
La naturalización de la mujer legitima el patriarcado. El ecofeminismo comprende que la alternativa no consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en “renaturalizar” al hombre y “reculturizarnos”. Es decir, construir una nueva cultura.
Para Shiva, el feminismo que no es ecologista es una reproducción del patriarcado, que busca el empoderamiento de las mujeres en la forma masculina que hemos recibido del capitalismo patriarcal. El ecofeminismo es un feminismo de solidaridad. No es individualismo. Muchas veces el feminismo estrecho es reducido a las trayectorias individuales de las mujeres. El ecofeminismo se trata del acceso de todo el mundo a la vida, a los recursos de la vida, incluyendo el conocimiento. Si el ambientalismo no es feminista es un ambientalismo espectral.
Es comprender que la liberación de las mujeres no puede lograrse de manera aislada.
Mies M. y Shiva V. (1993). Ecofeminism. Londres: Zed Books.
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P. Rodríguez M. y Herrero López Y. (2010) “Ecofeminismo, una propuesta para repensar el presente y construir el futuro”. En CIP-Ecosocial, Boletín ECOS Nº 10.
Santana Cova N. (2005). “El Ecofeminismo Latinoamericano, Las Mujeres y la Naturaleza como Símbolos”. Rev. Cifra Nueva N¨ 11, Universidad de los Andes-Trujillo.
Instituto de estudios ecologistas del Tercer Mundo (2010): “Diálogo sobre Ecofeminismo con Vandana Shiva”. Quito, Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo.
AIDA MALDONADO ZAPLETAL
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