Léxico crítico de estudios de género y feminismos

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.” Alejandra Pizarnik Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que...

2021-10-02 Idioma: es 127 términos
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Ambiente

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Nota de alcance

Existen diferentes definiciones con matices (restrictivas, intermedias y amplias). Se percibe una tendencia de evolución de ellas en el tiempo. Las restrictivas se refieren en general al conjunto de los elementos naturales que lo integran y destacan características estructurales y dinámicas del ambiente. Las intermedias son descriptivas y suman a los elementos condiciones y circunstancias naturales que influyen en los procesos de transferencia de energía y en los ciclos alimentarios de los seres vivos. Las amplias refieren al “ambiente natural” (biofísico) y al “artificial”, tanto “material” (obras humanas) como “inmaterial” (sistemas humanos). Antes la mayoría de las definiciones ponían énfasis en la enumeración de “recursos” (Estocolmo 1972); hoy en la integralidad, complejidad y armonía del sistema. Hay mayor consenso en la comprensión de lo biofísico y lo sociocultural (Río 1992). Las concepciones restringidas sobre el ambiente muchas veces se fundan en una perspectiva antropo/androcéntrica que fundamenta la explotación de los “recursos naturales” como si estos fueran infinitos. Desde una perspectiva ecofeminista no hay contraposición entre Naturaleza y humanxs, sino que somos parte de ella y debemos vivir en armonía. El ambiente no se circunscribe al entorno físico y a sus elementos naturales (agua, atmósfera, biósfera, tierra, subsuelo) sino que también comprende todos los elementos que los seres humanos creamos y que posibilitan la vida, la subsistencia y el desarrollo de los seres vivos. El ambiente es el conjunto de bienes comunes que integran la Naturaleza (mal llamados “recursos naturales”) y conforman un sistema, una unidad, con interacciones en un espacio determinado entre los mismos seres vivos y sobre el ambiente del que forman parte -ecosistema-, incluyendo los ingredientes culturales (patrimonio artístico, histórico y/o arquitectónico) y la intersección entre ambos, el patrimonio natural -dentro del cual está el paisaje-. Es un sistema de interrelaciones e interdependencias de carácter complejo y holístico entre elementos naturales, artificiales y socioculturales en permanente cambio que supone y lo hace más que la suma de sus partes.
Podemos observar a lo largo de la historia de la humanidad un proceso con diferentes etapas: 1) la de la indivisibilidad seres humanxs/Naturaleza (etapa de la simbiosis), 2) la de la separación/discriminación entre seres humanxs y Naturaleza (“frente a frente”), 3) la del alejamiento, el desconocimiento, la utilización mercantilista de la Naturaleza (etapa de la “dominación”/enfrentamiento) y 4) la de la reubicación de lxs humanxs como parte de la Naturaleza (nosotrxs con la Naturaleza) -etapa en cuya construcción inscribimos las reflexiones y aportes de nuestro trabajo- (E. Lucca 2016).
El ambiente es un bien colectivo o común, es de todos y de ningunx, en el sentido de que no es propiedad de ninguna persona. No pertenece al Estado ni a los particulares en forma exclusiva, no es susceptible de división ni de atribución de copropiedad para cada sujeto, pero reconocida jurídicamente su vulneración, aun en el supuesto de reclamo singular, la protección del derecho se extiende y beneficia por igual a todxs y cada unx de lxs integrantes del grupo social (Lorenzetti 2008).
La irrupción del concepto de “ambiente” como bien jurídico y del derecho al ambiente en el mundo político y jurídico es bastante tardía y no fueron pocas las resistencias que aun hoy perduran. Originariamente, la regulación en materia de “recursos naturales” estaba vinculada a su apropiación y explotación como cosas, y en el mejor de los casos había un debate sobre la distribución de la riqueza producto de esa explotación. Las preocupaciones de lxs ecologistas eran tratadas despectivamente como provenientes de un grupo fundamentalista que obstruía decisiones gubernamentales de un mundo en constante “evolución y desarrollo”. La historia del “ambiente” comienza con la toma de conciencia de la transformación de la Naturaleza por la “intersección” del ser humano y evoluciona en la inclusión en los documentos internacionales siendo hitos conceptuales la Conferencia de Estocolmo de 1972, el Informe Brundlandt de 1987 y la Conferencia Mundial de Rio en 1992. Recién en la Declaración “El Futuro que Queremos” (Rio+20, 2012) se incorpora la perspectiva biocéntrica: “Reconocemos que el planeta Tierra y sus ecosistemas son nuestro hogar y que “Madre Tierra” es una expresión común en muchos países y regiones, y observamos que algunos países reconocen los derechos de la naturaleza en el contexto de la promoción del desarrollo sostenible. Estamos convencidos de que, para lograr un justo equilibrio entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras, es necesario promover la armonía con la naturaleza”. Para llegar a este texto que incorpora la perspectiva ecologista profunda se recorrió un largo camino de antecedentes, Foros y Cumbres de sociedad civil y movimientos sociales que fueron sistematizando estos postulados y consensuando globalmente principios, donde muchas organizaciones latinoamericanas, la teología de la liberación, nuestros Pueblos originarios y las ecofeministas tuvieron un rol relevante. Así, la Declaración “Carta de la Tierra” (2000) es un ejemplo de instrumento globalmente consensuado que reconoce derechos a la Naturaleza, a la humanidad como parte de ella y a la Tierra como nuestro hogar. También la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad (Foro Social de las Américas, Quito 2004) según la cual este es un derecho colectivo de lxs habitantes de las ciudades, en especial de los grupos vulnerables y desfavorecidos, que les confiere el ejercicio pleno de la ciudadanía, la gestión democrática y participativa de la ciudad y el uso socialmente justo y ambientalmente sustentable del espacio urbano. En la misma línea la Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad (2009/2010) que plantea que la Tierra forma con la Humanidad una única entidad, compleja y sagrada, y que, además, la Tierra es viva y se comporta como un único sistema. También establecen interesantes postulados sobre seguridad alimentaria, agricultura campesina y justicia climática: el Acuerdo de los Pueblos de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra (Cochabamba, 2010), el Proyecto de Declaración Universal del Bien Común de la Humanidad (2012), la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra (2012), la Declaración Final del Foro Alternativo Mundial del Agua (Marsella 2012), la Declaración de la Asamblea de los Movimientos Sociales del Foro Social Mundial (Tunez 2013) y la Declaración de la Asamblea de los Movimientos Sociales del Foro Social Mundial (Tunez 2015).
El fenómeno global de la constitucionalización de la cuestión ambiental fue “densificando” y “comprometiendo”, junto con otras prerrogativas de marcado corte social, el constitucionalismo contemporáneo. Así las nuevas constituciones latinoamericanas revalorizan los principios ancestrales con importantes derivaciones jurídicas. Especialmente la Constitución de Ecuador del 2008 “celebrando a la naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte, ...en diversidad y armonía con la naturaleza para alcanzar el buen vivir (o el pleno vivir), el sumak kawsay...” y la de Bolivia del 2009 donde “el Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ... suma qamaña (vivir bien), ñandereko (vida armoniosa), teko kaki (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble)” . Aquí el paradigma ambiental, más allá del de la sustentabilidad que se fue construyendo globalmente en las últimas décadas del siglo XX, viene a recoger la cosmovisión de los pueblos originarios y a ratificar a la Naturaleza como sujeto y al ser humano como parte de ella. Es interesante ver como en latitudes ajenas a estas tradiciones esta innovación constitucional resulta bien acogida en orden a reforzar una concepción menos antropocéntrica y de limitación de los derechos individuales en función del cuidado de los bienes comunes, de nosotrxs mismxs y las futuras generaciones (V. BUEN VIVIR). 
En el ámbito de las Naciones Unidas se advierte que el índice del Producto Interno Bruto no está concebido para medir el deterioro ambiental resultante de la actividad humana. Se ha comenzado a hablar de la Armonía con la Naturaleza desde el 2011 por iniciativa de Bolivia y la Asamblea General emite anualmente resoluciones y organiza paneles interactivos sobre la cuestión con un enfoque holístico. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible está atravesada por la preocupación ambiental. Incluye 17 ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible), entre ellos en especial el 6 (disponibilidad y gestión sostenible del agua y saneamiento), 7 (energía asequible, segura y sostenible), 11 (ciudades inclusivas, resilientes y sostenibles), 12 (consumo y producción sostenibles), 13 (combate al cambio climático), 14 (conservación y uso sostenible de océanos y mares) y 15 (gestión sostenible de bosques, lucha contra la desertificación, la degradación de las tierras y la pérdida de la biodiversidad).
Extractivismo. El extractivismo es una potente categoría que signa los debates sobre la realidad latinoamericana producidos al calor de conflictos socio ambientales emergentes con la profundización de esa matriz en la economía de la región. “Designa el proceso de sobreexplotación de recursos o bienes naturales no renovables o agotables y la expansión de las fronteras de producción hacia territorios antes considerados improductivos”(M. Svampa y E. Viale 2014). La sobreexplotación y la exportación de materias primas a gran escala son unos de los rasgos fundamentales, “a la vez que alimentan una dinámica de despojo o desposesión de bienes naturales, de territorios y, por ende, de derechos individuales y colectivos”. Así, en la megaminería, el fracking, el modelo sojero y el “extractivismo urbano” se pone de manifiesto el rol protagónico que las corporaciones económicas y los grandes propietarios cumplen en la definición de lo que es legítimo e ilegítimo, de lo que es posible realizar y lo que no lo es, de lo justo y de lo injusto en lo que concierne a actividades económicas, proyectos urbanos, estilos de vida e identidades colectivas. 
Antropoceno. Así llaman hoy a la actual época del período cuaternario de la historia de nuestro planeta debido al significativo impacto global de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres. Pone a la especie humana como principal -por no decir única -responsable de la crisis ecológica. Esto ocurre en un contexto de cada vez mayor acrecentamiento de las desigualdades. Se trata de una crisis sistémica, de conocimiento, ecológica, energética y alimentaria, pero también de valores y de cuidados. Vivimos en un mundo fragilizado. La “sociedad en riesgo” de la que nos hablaba Ulrich Beck hace más de un cuarto de siglo se ha vuelto aun más violenta ante los nuevos embates del capitalismo patriarcal y extractivista. Hemos superado los límites de la biósfera. Hemos roto las cadenas que sostienen la vida en el planeta. El 75% de la superficie terrestre está degradada. En el lapso de nuestras vidas va a perder su funcionamiento con la pérdida de los servicios ambientales -los bosques absorben impactos y proveen recursos-. Se llegará al 100% de degradación en 10 años de continuar esta tendencia neoextractivista. El 66% de los mares está degradado y el 70% de los vertebrados terrestres ya se extinguió. Por eso algunxs cintificxs hablan no solo de la sexta extinción masiva de especies sino de la primera aniquilación biológica de una dimensión comparable a un cambio geológico. Una sola especie -la humana- logró acabar con la mayor parte de la vida sobre la Tierra. El principal impulsor de esta catástrofe ha sido el cambio de los usos suelos, le siguen el cambio climático, el tráfico de especies y la introducción de especies invasoras exóticas, la contaminación y el uso directo que hacemos de otros organismos vivos (caza y pesca). La mayor parte de la superficie cultivada hoy no es para alimentar humanxs sino para alimentar animales en procesos de ganadería industrial para países emergentes que ahora están accediendo a consumos que antes no tenían (dieta occidental). El 83% de la superficie cultivable de la Tierra se destina a la ganadería industrial. No necesitamos ocupar tanta superficie con plantaciones para el consumo de esos animales. Si abasteciéramos de alimentos nutritivos, ricos en proteínas, a toda la humanidad y no se consumieran animales ni derivados se podría reducir el 75% de ese 83% que hoy se usa para ganadería avanzando sobre ecosistemas naturales. Solo el 18 % de las calorías del mundo se generan con animales para consumo humano y solo el 38% de las proteínas. El Informe Lancet 2018 recomienda reducir su consumo en un 90 % pero especialmente alerta sobre la producción ganadera intensiva como un peligro sanitario, dado que los animales en las granjas industriales son los principales consumidores de antibióticos y esto a su vez genera una resistencia bacteriana global. Esto resulta alarmante en la combinación de factores como la deforestación que produce el desplazamiento de especies y los saltos zoonóticos hacia las personas cada vez más pobres en nuestro sistema inmune. Hacia 2050 4000 millones de personas vivirán en lugares donde no se podrán cultivar alimentos y con estrés hídrico permanente, según el Banco Mundial. Ya ingresamos en un proceso crítico, en un proceso de colapso ecológico (Informe 1.5º C del IPCC (Panel sobre Cambio Climático), octubre 2018 e Informe sobre Biodiversidad del IPBES (Panel Biodiversidad y ecosistemas), mayo 2019). De continuar así en 30 años la mitad de la población mundial estará ante una guerra por el agua y los alimentos. Esto es un apartheid climático según las propias Naciones Unidas. Las megaciudades son las que menos capacidad de adaptación tienen. Situación difícil de empachar con reformar parciales. Hay cambios radicales que deben llevarse adelante y las mujeres los estamos empujando.
Las mujeres en defensa del ambiente. Los impactos ambientales no son neutros al género y debemos visibilizarlos. Las mujeres, junto con lxs niñxs, somos víctimas de los más graves problemas ambientales del planeta y en nuestro país eso no es la excepción habiendo mujeres al frente de todas las luchas de resistencia frente al extractivismo (Merlinsky 2013 y 2016). América Latina es la segunda región del mundo donde más mujeres se asesinan, después de África (UNODC 2019) y donde más defensorxs del ambiente se matan (2018).
El ambientalismo, y en particular el ecologismo, no han aprovechado aún muchas de las reflexiones teóricas del feminismo y tampoco los aportes de la sabiduría popular de los Pueblos originarios y de los principios del Buen Vivir (Sumak kawsay (en kechwa), sumak kawasay (en kichwa) o suma qamaña (en aymara)) que el movimiento plurinacional de mujeres viene recuperando y poniendo en valor. Hacerlo ayudaría a acelerar la transformación del Estado hacia posturas decididamente ecologistas ecofeministas no biologicistas ni esencialistas. El movimiento de mujeres aporta claves para repensar la relación de la humanidad con la Naturaleza. Ser ecofeminista no implica afirmar que las mujeres estemos de manera innata más ligadas a la Naturaleza y a la Vida que los varones. Desde una perspectiva constructivista de la subjetividad de género podemos considerar que el interés que poseemos las mujeres por los temas ecológicos se vincula con nuestra sensibilidad cultural y la necesidad de deconstrucción de las múltiples opresiones que sufrimos (v. ECOFEMINISMOS).
Después de 100 años de historia del movimiento de mujeres, la masividad y efervescencia de las marchas en cientos de ciudades del planeta hoy interpelan a la humanidad. Nos movilizamos no sólo por nuestros derechos sino para cambiar un paradigma violento y de depredación. Si bien ha habido una lenta evolución en la inclusión de la perspectiva de género en los documentos internacionales en materia ambiental, ello es una conquista del movimiento global de mujeres. Así, la inclusión del Principio 20 en Río (“Las mujeres desempeñan un papel fundamental en la ordenación del medio ambiente y en el desarrollo. Es, por tanto, imprescindible contar con su plena participación para lograr el desarrollo sostenible”), pasando por los documentos de las Conferencias de Viena, Cairo, Beijing, hasta llegar a que en los actuales Objetivos de Desarrollo Sostenible la igualdad de género (ODS 5) atraviese los otros 16 de manera transversal. Por ello ambientalismo y gobiernos han tenido que incorporar estas variables y sus respectivos indicadores aunque no siempre lo hacen bien y muchas veces se incumplen.
Las mujeres no somos representantes privilegiadas de la Naturaleza. Venimos a expresar la necesidad de un pensamiento crítico, de pensar de otra forma y con otros parámetros y convocamos a una subversión cognitiva (Y. Herrero, 2020). Podemos contribuir a un cambio sociocultural hacia la igualdad que permita que las prácticas del cuidado, que históricamente fueron sólo femeninas, se universalicen, es decir, que sean también propias de los varones, y se extiendan al mundo natural no humano. Propiciamos un desarrollo regenerativo, en armonía con la Naturaleza, en paralelo a una democracia participativa. Proponemos cambiar patrones de consumo, energéticos y de producción, ciudades rururbanas, volver a la escala humana y un abordaje donde las comunidades ancladas en los lugares puedan decidir lo mejor para cada ellas y a partir de allí construir lo colectivo a escala nacional y regional.

Nota bibliográfica

N.A. Cafferata (Director) (2011), Summa Ambiental. Doctrina-Legislación-Jurisprudencia. 1era ed. Buenos Aires: Abeledo Perrot.
R.L. Lorenzetti (2006), El paradigma ambiental, en Revista de Investigaciones de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Buenos Aires, pp. 213 a 228.
M.J. Lubertino (Coord.) (2019), Derecho, Armonía y Felicidad. Principios de Derechos Humanos y Derecho Constitucional desde una perspectiva de diversidad, feminista y ecologista, Buenos Aires, Eudeba, Cap. XX y XXI 
M.J. Lubertino ( Coord.) (2020), Tratado Ecofeminista de Derechos Humanos. Derechos Humanos para el Buen Vivir. Igualdad en la Diversidad y Armonía con la Naturaleza. Buenos Aires, Eudeba (en imprenta).
M.J. Lubertino (2020),“Ambiente, Género y Derecho: hacia un Derecho ambiental ecofeminista y un Estado feminista de Derecho”, en Poder Judicial de la Ciudad de Buenos Aires. Consejo de la Magistratura. M.J. Lubertino (2020), “La ineludible agenda ecofeminista como política de Estado” en FARN, Informe Anual (IAF), Capitulo 2, Sección 2
M.J. Lubertino (2018), “Los Principios del Estado Ambiental de Derecho en la Argentina. Propuestas para garantizar su eficacia”, en N.A. Cafferata (Director), Revista de Derecho Ambiental Núm. 53, Enero/Marzo.
E. Lucca (2016), La Gestión de los Territorios. La cosecha escondida o la percepción ambiental de los espacios. Buenos Aires: Diseño Ed.
D. Maffia y otras (Comps.). Miradas Feministas sobre los Derechos. Tomo 2. (Colección Género). Buenos Aires, Jusbaires (en imprenta).
G. Merlinsky (Compil.) (2013). Cartografías del conflicto ambiental en Argentina. Buenos Aires, Fundación CICCUS y (2016), Cartografías del conflicto ambiental en Argentina 2. Buenos Aires, CICCUS-CLACSO.
M. Svampa y E. Viale (2014), Maldesarrollo. La Argentina del extractivismo y el despojo. Buenos Aires, Katz.

mención de responsabilidad

MARÍA JOSÉ LUBERTINO

Vista gráfica de relaciones

02/10/2021

Fecha publicación

12/06/2026

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