Este léxico reúne conceptos que atañen a los estudios de género en un sentido amplio, es decir que contempla los paradigmas teóricos feministas, queer, cuir y transfeministas. Sabemos que el lenguaje nos hace sujetos mientras produce mundos, desde el feminismo se han develado sus matices sexistas, pero también el lenguaje es el que nos ha dado las herramientas para pensar otros mundos... posibles. Y allí, desde los feminismos contamos con un paradigma de pensamiento que tiene sus ideas, sus debates y sus polémicas. Las entradas contienen la heterogeneidad propia de un discurso que pendula entre lo académico y lo militante, además de que son entradas dinámicas, en constante actualización. Este léxico ha tomado como base el Nuevo diccionario de estudios de género y feminismos, coordinado por Susana Gamba y Tania Diz, en 2020 y editado por Biblos. Se realiza en el marco del proyecto Ubacyt Intervenciones feministas en la cultura literaria latinoamericana.
El concepto de "reproducción" tiene una larga y amplia historia en el pensamiento y la práctica política. Se originó en el siglo xviii en las ciencias naturales para explicar los procesos mediante los cuales los organismos se autoregeneran y producen una nueva vida. Este término fue rápidamente adoptado por los teóricos sociales y políticos de la Ilustración a partir de los estudios de los Fisiócratas, empezando por el economista francés François Quesnay (1694-1774).
Como hemos aprendido de Marx, los fisiócratas fueron los primeros economistas que intentaron comprender el funcionamiento de la producción capitalista, aunque operando dentro de un 'horizonte burgués' en el que el capital era considerado como una forma natural. Querían "establecer la economía política como una ciencia social". En este proceso - como lo describe David McNally - "construyeron un modelo de interdependencia económica organizado alrededor de un flujo circular", que describieron como la "reproducción" de la vida económica". Así, en sus tres ediciones del Tableau Économique (1759), Quesnay habló de 'gastos reproductivos' y de 'la reproducción anual de los ingresos'. Quesnay se lamentaba pues consideraba que los impuestos a los agricultores eran excesivos y disminuían 'la reproducción anual de la riqueza'. Distinguió entre 'circulación, distribución y reproducción', refiriéndose al proceso por el cual la riqueza de un país no solo se mantiene sino que se expande.
Es con este significado que Marx utilizó más tarde la palabra "reproducción" en El capital, vol. 1 y Vol. II para describir como se acumula el capital y se reproduce la fuerza de trabajo. El análisis de Marx de la reproducción - simple y ampliado - parece a veces estar relacionado con categorías puramente económicas, pero en realidad le presta mucha atención a terrenos potenciales de lucha, mostrando “cómo las transformaciones que se sufren en el proceso son cruciales tanto para la reproducción del sistema como así también para su eliminación ". En particular, muestra que la 'reproducción simple' (es decir, el proceso por el cual al final de un ciclo el capital 'reconvierte partes del producto en medios de producción y fuerza de trabajo') no es una opción para los capitalistas, porque el capital debe expandirse o perecer. También establece que la única fuente de valorización del capital es la explotación de los trabajadores y la producción obtenida de dicha fuerza de trabajo, por lo tanto, es un componente esencial del proceso de acumulación. Por último, demuestra que la acumulación de capital está asediada por muchas crisis potenciales, pues las relaciones entre producción, circulación y reproducción están constantemente en peligro de romperse.
Para Marx la palabra "reproducción", significa un proceso de gran importancia del cual se puede aprender mucho no solo sobre las "leyes" sino también sobre las vulnerabilidades del sistema capitalista y las tendencias históricas de la acumulación de capital.
Sin embargo, el análisis de Marx sobre la `` reproducción '' fue posteriormente criticado por Rosa Luxemburgo quien, en su libro La Acumulación del Capital, argumentó que Marx no podía explicar cómo el capital puede reproducirse en gran escala pues su modelo únicamente reconoce la existencia de dos clases (capitalistas y proletarios) y el dominio universal de las relaciones capitalistas.
Rechazando la hipótesis de que el aumento natural de la población puede ser un factor suficiente de expansión del capital, Luxemburgo teorizó la necesidad del capitalismo de incorporar para luego destruir a las economías precapitalistas orientadas a la subsistencia, también puso el énfasis en la necesidad del capitalismo de conquistar nuevos territorios para colonizarlos, proporcionando mercados para los productos, y también materias primas y fuerza de trabajo para la producción.
Escrita en la década anterior a la Primera Guerra Mundial, en el apogeo del imperialismo europeo, la crítica de Luxemburgo extrajo su poder de su descripción precisa y vívida de las nuevas relaciones coloniales. Al mismo tiempo, pasó por alto la principal contribución del análisis de Marx sobre la reproducción e internacionalización del capital, así como su principal límite. Como demostró el difunto L. Ferrari Bravo en su introducción a Imperialismo y Clase Obrera Multinacional (1974), la metodología de Marx nos lleva más allá de la formación del mercado-mundo como lugar de intercambio de bienes, anticipando el desarrollo de un ciclo mundial de acumulación de capital , en el que todos los capitales nacionales se integrarían y el destino del sistema se calcularía sobre la base de una tasa de ganancia mundial general, que es la forma de acumulación capitalista en nuestro tiempo. Marx, sin embargo, nunca reconoció que el motor principal de la reproducción expandida del capital ha sido principalmente la lucha de clases.
Luxemburgo no fue la única marxista en revisar críticamente el modelo de reproducción de Marx, aunque fue poco tenida en cuenta por los teóricos marxistas de las siguientes cinco décadas, cuando los debates teóricos de izquierda se centraron en los fundamentos económicos del fascismo (en el período de posguerra) y en el neocolonialismo. Dichos teóricos se mostraban cada vez más desconectados de cualquier proyecto político. Sólo en la década de 1970, a raíz del mayo del 68 en Francia, la “reproducción “resurgió como un tema clave en la obra de Louis Althusser. En” Sur la Reproduction”, texto escrito en la década de 1970 pero publicado mucho después de su muerte, Althusser argumentó que el capital debe reproducir no solo su ciclo de producción (como lo postuló Marx) sino sus relaciones de producción, ya que estas son las garantes de su dominación.
Inspirándose en el surgimiento de los estudiantes como fuerza política, así como en el concepto de “hegemonía” de Gramsci, Sur la Reproduction pretendía demostrar que el capitalismo gobierna y se reproduce no solo a través de la contratación y explotación del trabajo, sino a través de una serie de normativas e instituciones tales como – leyes, religión, medios de comunicación y sobre
todo la escuela y la familia, que transforman la ideología en una fuerza material capaz de crear nuevas formas de dominación y de subjetividad. El punto de vista de Althusser cuya influencia se puede rastrear en las obras de Balibar, Rancier, Foucault- destacó el lado político de la reproducción, reinterpretándola esencialmente como una reproducción de las relaciones de clase, tesis que en Marx quedó implícita. También politizó al Estado, redefiniendo sus aparatos institucionales como órganos de la lucha de clases.
Aún así, “Reproducción” no se convirtió en una categoría explícitamente política hasta el surgimiento del movimiento de liberación de la mujer en los años 70 que, a diferencia de los movimientos feministas anteriores, comenzó como una revuelta contra el confinamiento de las mujeres a las actividades puramente reproductivas y al control estatal de la capacidad reproductiva de las mujeres. Desde los primeros días del movimiento, los “derechos reproductivos” y la “libertad reproductiva” han sido las piedras angulares del feminismo, inspirando las pancartas de cientos de mítines y de numerosas manifestaciones con consignas como “libertad reproductiva y justicia para todos” ; “mi cuerpo es mi elección”; “Nuestro derecho a decidir” y muchos otros eslóganes similares. La reproducción ha sido un ítem fundamental de la organización feminista y gay en torno a una amplia variedad de temas. Aunque se identifica el feminismo con la lucha por el aborto, el llamado feminista por los derechos reproductivos también ha desencadenado un poderoso “movimiento de autoayuda” que en 1975 tenía 30 centros de salud controlados por mujeres en todo el país, desempeñando un papel clave en la educación de las mujeres sobre sus cuerpos y situando la salud en el centro de la política feminista.
Gracias a que muchas mujeres aprendieron a “auto examinarse” hubo una ruptura en la práctica médica pues forzó tanto a los investigadores como a los médicos a estudiar los efectos específicos de las enfermedades de las mujeres. Las feministas radicales del movimiento “Centros de Salud de la Mujer” fueron las primeras en denunciar las políticas de control de la población y formaron una alianza con mujeres de color a fin de combatir la esterilización forzada. En un discurso pronunciado en Houston, Carol Downer (una de las fundadoras de la primera clínica de autoayuda en 1971) confrontó con los médicos de Planned Parenthood (Paternidad Planeada) declarando que las mujeres pueden controlar y controlan su reproducción siempre que se les permita hacerlo. Solo a fines de la década de 1970 se desarrolló un movimiento “pro-libre elección” que redujo los “derechos reproductivos” al control de la natalidad, contribuyendo indirectamente a legitimar, en nombre de la autonomía de las mujeres, la política antinatalista del gobierno de Estados Unidos en el ‘Tercer Mundo.’
Una nueva polarización en las políticas de reproducción feministas ha surgido a partir de la introducción de nuevas tecnologías reproductivas, como la IVF, y las “alternativas” que supuestamente hacen posibles la “sustitución” y la “crianza múltiple”. Mientras que las feministas liberales han afirmado que amplían los derechos de las mujeres, otras como Ángela Davis y María Mies las han denunciado como portadoras de un nuevo proyecto eugenésico [14] que permite a las mujeres más acomodadas de tener hijos más allá de las limitaciones biológicas, al tiempo que penaliza el embarazo entre las pobres.
En este contexto tanto la “libertad reproductiva” como los “derechos reproductivos” se han convertido en conceptos ambiguos, con intereses de clase opuestos, que van desde una defensa del derecho de las mujeres a decidir si desea o no tener hijos, a una defensa de la externalización de la procreación y la separación de la maternidad y de la “ gestación”. Cabe agregar que el surgimiento de un virulento movimiento provida, que no ha rehuido tácticas asesinas para evitar que las mujeres aborten, ha puesto aún más obstáculos al movimiento feminista, pues debe usar su fuerza en una batalla defensiva que reduce los espacios y prácticas que el movimiento necesita para garantizar que el control de la reproducción biológica esté en manos de las mujeres.
La “reproducción” ha sido la base de otro importante debate entre activistas feministas y académicas feministas. A principios de los años ‘70, las feministas marxistas comenzaron a buscar las raíces de la opresión de las mujeres en el trabajo doméstico no remunerado realizado por las mujeres en la sociedad capitalista. Asi se desarrolló una acalorada controversia sobre si el trabajo reproductivo debería o no ser remunerado. Una contribución clave a este desarrollo teórico y político fue el ensayo de la feminista italiana Mariarosa Dalla Costa, “Las mujeres y la subversión de la comunidad”, escrito en 1971 cuando la autora formaba parte de una organización feminista llamada Lotta Femminista.
Rompiendo con la tradición marxista que había presentado el trabajo doméstico como una forma de trabajo atrasado y un legado de relaciones pre capitalistas, Dalla Costa argumentó que (a) “el trabajo doméstico” es una condición previa para la producción capitalista, porque es la actividad que reproduce la fuerza de trabajo y, como tal, es una condición fundamental para toda forma de trabajo y para el proceso mismo de acumulación de capital; (b) se ha vuelto invisible como trabajo porque su devaluación es esencial para la devaluación de la fuerza de trabajo y porque aumenta la capacidad del capital para controlar a sus trabajadores. El trabajo reproductivo - en tanto que trabajo no pago, realizado en forma aislada - no solo ha subordinado a las mujeres a los hombres dentro de la familia, sino que ha socavado su vida social y su integridad física y emocional, pues incluso su vida sexual se ha transformado en una función de reproducción de la fuerza laboral.
El programa político que emanó de esta revolución copernicana fue una campaña internacional para pedir el salario per el trabajo doméstico. Esta estrategia política nació desde el rechazo de considerar que el camino de la liberación de la mujer es la emancipación a través del trabajo asalariado. Esto determinó el pedido al capital y al estado que paguen por todo el trabajo de reproducción no remunerado que las mujeres han hecho, que ha sido completamente invisibilizado y naturalizado, tanto que nunca ha sido considerado como un verdadero trabajo.
Esta campaña, que se ha desarrollado durante la década de los 70, en varios países fue precedida y inspirada por la lucha por el subsidio familiar en Gran Bretaña y la lucha por los derechos de bienestar social en los Estados Unidos. La campaña de “Wages for Housework” amplió el alcance de la teoría y organización feminista. Las feministas de la WFH lucharon contra los recortes en la asistencia social, por los derechos de las trabajadoras sexuales, apoyaron las luchas de las mujeres lesbianas, argumentando que casadas o no, lesbianas o heterosexuales, todas las mujeres hacen las tareas del hogar.
Si bien la campaña de la WFH no logró su objetivo principal, ejerció una importante influencia tanto en los movimientos sociales como en la política estatal que ha perdurado hasta el presente. En Venezuela las amas de casa fueron reconocidas como trabajadoras con derecho a una pensión. En algunos países de Europa, algunos aspectos del trabajo reproductivo, como el cuidado de las personas mayores, son en parte, aunque muy pequeña, remunerados, en algunos países, a través de subsidios estatales otorgados a los cuidadores, en otros por los subsidios que reciben las personas cuidadas.
La WFH también ha demostrado ser una perspectiva importante desde la cual negociar mejores condiciones de salario en el lugar de trabajo asalariado y luchar por servicios sociales, como el cuidado de los niños, no sólo para las mujeres que “salgan a trabajar”, sino como un medio para brindarles más tiempo y aliviar su trabajo. Más importante aún, la campaña de la WFH generó conciencia sobre el hecho de que el “trabajo doméstico” es un trabajo real. Esto es una condición previa para que las mujeres inicien una lucha en este terreno. En mítines, manifestaciones, las mujeres comenzaron a gritar: “No podemos permitirnos el lujo de trabajar por amor,“ No más trabajo gratis ”; “Todas las mujeres son trabajadoras del hogar”” ¿Primero de Mayo o Día de la Madre? “, “Siempre hemos trabajado, nunca nos han pagado, nunca nos jubilamos” “Queremos que nos devuelvan nuestro dinero!”. Se dio vuelta una la página sobre una historia de mistificación donde la reproducción de la fuerza de trabajo era considerada como un trabajo de amor.
Todavía, la concienciación acerca de la importancia del trabajo de reproducción se ha incrementado, a partir de los años 80, sobre todo por la lucha de las trabajadoras domésticas migrantes, que, con el ingreso de muchas mujeres en Europa y los Estados Unidos en el trabajo asalariado, y el empobrecimiento de muchos países de Africa, América Latina, Asia por la política neo-liberal, siempre han sido empleadas en casa particulares para el cuidado de lxs niñs y de lxs majores no autosufficientes.
Hoy la luchas de la mujeres migrantes trabajadoras del hogar, ha conseguido una dimensión internacional, es uno de los factores más importante que promueven la visibilización y la valorización de este trabajo y muestran su papel fundamental en la reproducción social.
En el mientras, el significado de “reproducción” se ha redefinido aún más, esta vez en el contexto de dos desarrollos en el campo de la política feminista que extendien el concepto de actividades reproductivas más allá de la esfera de la domesticidad.
Primero ha sido el crecimiento del Ecofeminismo, el cual ha llamado la atención sobre el hecho de que en muchas partes del mundo la reproducción de la familia incluye no sólo la cocina, la limpieza y el cuidado sino también la producción de alimentos, la recolección de plantas y hierbas medicinales, el cuidado del medio ambiente por ejemplo ríos, lagos y bosques, que son las principales fuentes de nuestros alimentos. Particularmente importantes, en este contexto, han sido las obras de María Mies y Vandana Shiva quienes escribieron, en 1993, el libro Eco-feminismo . En este libro se puso especial énfasis en los principios que inspiraron el movimiento. Mies, sin embargo, ha evitado el uso de la palabra “reproducción” porque en su opinión contrasta negativamente con “producción” lo que oscurece las características creadoras de vida del trabajo en cuestión.
Segundo, y más importante, ha sido el desarrollo de redes de mujeres indigenas y campesinas, en varias regiones y en particular en América Latina, que luchan contra la devastación de la naturaleza y la destrucción de su comunidades para las varias formas de extractivismo que las compania transaccionales imponen a sus países. Estas luchas, junto a las luchas de l@s pescador@s contra la contaminación de los mares y la pesca industrial son la mayor defensa de la reproducción de nuestra vida y la vidas de los animales que hay en el planeta.
Mientras en los movimientos feministas el concepto de reproducción siempre expresa el sentido político acerca del terreno estratégicamente más importante para el cambio social, varios autonomistas marxistas han argumentado que en la fase actual del desarrollo capitalista, en la cual la fábrica ha perdido su centralidad en el proceso de producción, cada articulación de la vida social se convierte en un punto de producción y producción, entonces la distinción de reproducción ya no tiene razón de existir.
Sin embargo, se ha objetado que, en la medida en que el trabajo de reproducción siga siendo un trabajo no remunerado y sea realizado principalmente por mujeres, debe ser tratado como una esfera diferente de actividad y relaciones sociales. Sólo en las sociedades donde la gente tenga el control sobre los medios de reproducción desaparece la diferencia entre la producción y la reproducción. Este es un proceso ya visible en los intersticios de la sociedad capitalista donde se está produciendo una reapropiación de los medios de nuestra subsistencia y se están desarrollando nuevas formas de cooperación, y están surgiendo nuevos “bienes comunes reproductivos” en este terreno. Pero estamos muy lejos de presenciar la desaparición de una división que parece, como han demostrado las feministas, constitutiva de la organización capitalista del trabajo.
Del mismo modo, debemos rechazar los intentos de atribuir a la “reproducción” un valor político inferior al atribuido a la producción, o imputarle connotaciones arcaicas, como si representara un mundo de prácticas y relaciones repetitivas.
Como lo demuestra la rica historia de la lucha de las mujeres, la reproducción de la vida en un mundo regido por las relaciones capitalistas requiere una invención constante, moldeada por los continuos cambios en el mercado laboral y por la configuración de las necesidades y deseos de las trabajadoras. Desde este punto de vista, si bien el concepto feminista de “reproducción” puede parecer una categoría más simple que el concepto marxista de producción, aparentemente devolviendo el término a sus connotaciones más ligadas a la naturaleza, ocurre lo contrario. Marx concibió la “reproducción” como el proceso con el cual el capital se reproduce en formas siempre más amplias y se acumula. Las feministas y los movimientos feministas populares lo han concebido como el proceso que nos reproduce como fuerza trabajo, y también como el proceso desde el cual luchar contra la desvalorización de nuestra vida y construir una societad donde la vida es “el centro.”
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Silvia Federici
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